Se acercaba a mí despacio. Su mirada oscura penetraba en lo más hondo de mi ser. Yo no me atrevía a apartar los ojos de él mientras me humedecía el labio inferior. Notaba como el sudor inundaba mis manos, solo deseaba que rodeara mi cintura con esos musculosos brazos y me aproximase a su cuerpo. ¡Qué cuerpo! Estaba tan cerca de él y tan caliente. Podía percibir su aliento a escasos centímetros de mi boca y yo, como si fuera inexperta en la materia, se me aceleró el pulso y empecé a jadear. Me excitaba sobremanera el simple pensamiento de lo que estaba a punto de pasar en esa habitación. Mi cuerpo se estremeció cuando colocó cada una de sus manos en mis mejillas y con calma y delicadeza, fue acercando sus labios a los míos…
‑“Pipipiiií, pii, piiiii… Pipipiiií, pii, piiiii…”
Giré mi cara para descubrir, de donde provenía el irritante sonido que nos había perturbado el momento, cuando al volverme, el hombre desconocido había desaparecido. Se había esfumado.
‑“Pipipiiií, pii, piiiii… Pipipiiií, pii, piiiii…”
Solté un taco al descubrir que el maldito ruido no era otro que mí diabólico despertador. Volví a blasfemar al abrir un ojo y darme cuenta que todo había sido un sueño. Pero lo peor de todo, fue cuando con mi único ojo puesto en la realidad, veía la hora parpadeando en la pantalla del reloj. Las 8:30 del miércoles. ‑¡¡Mierda!!
Salté de la cama como alma que lleva el diablo. No quería prestar atención al dolor de cabeza que me nublaba la mente, debido a la noche de borrachera que había pasado con mis alocadas compañeras de piso. Como pude me enfundé en unos vaqueros elásticos, y sin pensar en lo arrugada que pudiera estar, me abroché una camisa blanca. Los botines fue una tarea más complicada. Parecía que me habían crecido los pies durante la noche. Solo dando saltos por toda la habitación, con su consiguiente caída al suelo, conseguí ponérmelos. Había unos 20 minutos hasta llegar a mi trabajo y ya me faltaban 30 para llegar a la hora correcta.
Una vez frente al espejo, me apliqué un corrector para intentar cubrir los surcos, que se habían formado bajo mis ojos y me concentré al máximo para utilizar el eyeliner sin que mis párpados parecieran la carretera de Cuenca. El pelo era tema aparte. No me lo replanteé y me hice una coleta a fin de apaciguar el desastre natural de mis rizos. Me faltaba mi riguroso café matutino, así como los treinta minutos que he mencionado antes, para poder afrontar otro día más en el bufete.
Cuando salí al salón y vi a Claudia tirada en el sofá viendo una repetición de Sálvame Deluxe, mi cuerpo tembló de rabia.
Claudia era una de mis compañeras de piso. La conocí cuando ella trabajaba en la cafetería de la Universidad y yo estudiaba la carrera de Derecho. Pasé tantas horas allí metida, entre café y café mientras estudiaba, que al final nos hicimos amigas. Con solo mirarla te enamorabas. Tenía unos modales dignos de una señorita. Según parecía, su madre había dedicado más tiempo a la apariencia y saber estar de su hija, que a su propia educación escolar. Solo ella sabía coquetear con un hombre por beneficio propio y cuando ser agradable de verdad. Era una dulzura de cabeza a pies, pero su forma de ser, conseguía sacarme de mis casillas con una facilidad incalculable. Mientras yo me mataba a trabajar, ella disfrutaba de la vida. Cuando Sofía, mi otra compañera de piso y yo, decidimos vivir juntas, Claudia estuvo toda una semana, día y noche, llamándonos a cada una para instalarse con nosotras. Hacía un año que había decidido dejar su trabajo en la cafetería y todavía estaba encontrándose a sí misma. En este tiempo, había pasado por mil empleos temporales y, o bien la despedían al mes por falta de responsabilidad y motivación, o bien se despedía ella alegando que aspiraba a encontrar algo mejor. Venía de una familia adinerada, por lo que no tenía problema en ayudarnos con los gastos del piso. Algo que a Sofía y a mí nos empujó a aceptarla en aquella época. Pero su manera tan descarada de holgazanear. De no mostrar aspiraciones, todo el día cara a la televisión viendo reality shows y sabiéndose la vida de los famosos al dedillo, superaban mi capacidad de tolerancia y hacía que en más de una ocasión perdiera los papeles con ella, como en ese preciso instante.
‑ ¿Se puede saber por qué narices no me has despertado?
La miré… La miré… ‑ ¡Claudia! –grité.
Se giró hacía mi.
‑Pero Carol, ¿qué pintas llevas?
Entrecerré los ojos como contestación.
‑Llego tarde al trabajo Claudia. Muy tarde. Y tú estás ahí tirada sin haberte dignado a despertarme.
‑Por favor no me grites que me duele la cabeza. No sabía que hoy trabajabas.
‑ ¿Qué te duele la cabeza? ¡¡ ¿Qué te duele?!! –respiré hondo. En el fondo sabía que no podía culparla. Yo era la irresponsable por trasnochar teniendo que madrugar al día siguiente.
-Shh… -me mandó callar poniéndose el dedo índice en sus labios, a la par que giraba la cabeza para volver a prestarle atención a la televisión.
La mato… Hoy la mato…
‑Me voy a trabajar. Cuando vuelva tu y yo hablaremos. No puedes seguir así. Tienes que hacer algo con tu vida.
No sé, si se lo decía a ella o a mí misma.
Me miró encogiéndose de hombros y volvió a prestar atención al programa.
Solté otro taco. Desde hacía un tiempo me estaba haciendo muy mal hablada.
‑Podéis dejar el momento mercadillo para otro día. Intento dormir.
Miré a Sofía que había aparecido por la puerta del pasillo.
‑ ¿Qué narices haces en pijama?
‑Intentando dormir si me dejáis –contestó como si nada.
‑ ¿No trabajas hoy?
‑Le he mandado un mensaje a Vic. Le he dicho que he cogido un virus mortal y no podía ir a trabajar.
Levanté mi ceja derecha incrédula. Así era ella. Una morena de rasgos asiáticos, que con su carisma y hermosura conseguía lo que se proponía. No existía para ella rival femenino ni masculino en su vida personal y/o profesional. Nos conocimos en la Universidad, pues ambas nos habíamos decantado por la misma carrera, y hacia cosa de dos años que habíamos decidido compartir piso. Al igual que yo, trabajaba en un bufete de abogados. La diferencia entre nosotras es, que ella trabajaba como abogada de divorcios en un conocido bufete del centro, y su jefe te alegraba la vista con cada paso que daba, mientras que yo, era la secretaria de Ricardo Olivas, un abogado cincuentón, mezquino y con mal carácter. Tenía facilidad para evadir cualquier responsabilidad y no hacía nada a derechas. Siempre me buscaba para todo. Hasta cuando no se la encontraba para mear. En sentido figurado, claro.
Cada vez que mi amiga se emborrachaba a Gin tonic’s, le mandaba un mensaje a Víctor, su jefe, diciéndole que había cogido algún virus de nombre impronunciable. O el hombre era rematadamente idiota para creérselo siempre, o como yo sospecho, está tan colado por ella, que es incapaz de llevarle nunca la contraria. Pero quién conoce a mi amiga, como la conozco yo, sabe que siempre consigue lo que se propone. Solo hay que moverse en nuestro mundo para conocer su fama. La de casos que ha ganado. La de hombres que ha dejado sin blanca para beneficio de sus clientas.
De pronto la canción Rabiosa de Shakira inundó la estancia. Estaba agobiada buscando mi móvil en el bolso cuando habló Claudia:
‑No entiendo porque llevas esa absurda canción de tono de llamada.
‑Fácil. Porque así es como se siente cuando la llama su jefe. –Sofía respondió por mí.
Fulminé con la mirada a mis dos compañeras que se reían del comentario tan acertado y me encaminé hacia la puerta descolgando el teléfono.
‑ ¡Que tengas un buen día! –soltaron ambas al unísono.
De espaldas a ellas, levanté mi dedo corazón a modo de despedida y cerré de un portazo.
Tras despedirme de mi jefe y colgar el teléfono, me encaminé rápidamente hacía el coche. Ya me había dejado claro que no tenía su café encima de la mesa de su despacho, ni a mí en mi sitio esperándolo.
Estaba empezando a ponerme nerviosa, hasta que una bombilla se encendió en mi interior y encontré el vehículo dos calles más abajo. Accioné el mando y me deslicé hacía el interior, giré la llave y oí como arrancaba el motor, dispuesta a afrontar el tráfico matutino de Valencia.
Estaba escuchando los 40 principales cuando mi móvil comenzó a sonar. No habían pasado ni diez minutos, y ya me estaba llamando otra vez.
¡Qué hombre más insufrible!
Como pude, introduje la mano en mi bolso intentando palpar el dichoso teléfono, mientras prestaba atención a la carretera. Rocé mi móvil con las yemas de los dedos, cuando me vi empotrada contra el volante. Todas las pertenencias del interior fueron a parar al suelo. Parpadeé dos veces y me incorporé en el asiento. Solté nuevamente un taco, ya iban cinco en menos de una hora, y me toqué la frente dolorida. Torpe de mí y con las prisas, no me había puesto el cinturón.
‑ ¡Menuda leche me he dado! –grité a mi solitario coche. Acto seguido unos golpes en la ventana hicieron que me girase.
El hombre que me miraba desde el otro lado, tenía una expresión de susto y movía los labios sin parar. Pero entre el tortazo, la radio y mi maldito móvil sonando, no podía escucharle. A simple vista, era muy atractivo. Más alto que yo. Si mi precisión no fallaba, debía de medir casi un metro noventa, y yo más bien mido uno sesenta. Iba vestido muy formal, con un traje azul marino pero sin corbata. Un moreno de ojos grandes y negros. Infinitamente negros. Pero su mirada trasmitía calidez y seducción. Demasiada para mí, si pienso en mi falta de sexo del último año.
Bajé la ventanilla cuando le escuche decir:
–Sangre.
Entonces me percaté de que mi mano y mi camisa estaban manchadas con motitas rojas. No me había dado cuenta de que un reguero de sangre me recorría la cara. Al parecer, el golpe contra el volante me debía de haber partido una ceja.
Me puse a hiperventilar. Sangre. Toda yo estaba cubierta de gotas rojas. Odio la sangre.
El hombre abrió la puerta y se acercó a mi cara:
‑ ¿Estás bien? –me preguntó en un acento que revelaba no ser del todo español.
Silencio.
‑ ¿Hola? –insistió de nuevo.
Oscuridad.
Mi hombre musculoso volvía a estrecharme entre sus brazos, mientras notaba su duro miembro aplastando mi bajo vientre, dentro de aquellos pantalones desgastados. Empezó a jugar con su lengua en el lóbulo de mi oreja y un cosquilleo recorrió todo mi cuerpo. Me moría por desnudarlo en ese momento y que me hiciera suya. Que me hiciera gemir de placer.
¿Sirenas? ¿De dónde provienen esas sirenas?
Mi hombre se había vuelto a esfumar. ‑ ¡Joder! –Abrí los ojos de par en par y unos ojos negros me observaban fijamente. Pero no, no eran los ojazos del moreno de mi sueño. Aunque tampoco tenían mucho que envidiar.
‑Veo que has vuelto al mundo de los vivos.
‑ ¿Perdón?
‑Te has desmayado. Y parecía que soñabas y… jadeabas –dijo en tono burlón.
No le contesté. Fui a tocarme la ceja al recordar la sangre pero el susodicho, me cogió la mano antes de llegar a su destino.
‑No te toques o empeorarás.
‑ ¿Y tú que sabrás? –bufé.
‑Me llamo Enzo y soy médico.
Pasó una eternidad mientras me empanaba con su sonrisa. Al parecer el golpe había sido demasiado fuerte y me había derretido las neuronas.
‑ ¿Y tú eres…?
‑Carolina –conseguí contestar escuetamente. ¿Pero qué me pasa?
‑Encantado Carolina.
Asentí con la cabeza. Mi mente me estaba jugando una mala pasada.
De pronto, un joven uniformado de la SAMU apareció al lado de Enzo y nos miró primero a mí y luego a él. Un chico rubio que no tendría más de 21 o 22 años. Muy delgado y desgarbado. Se le apreciaban pequeñas marcas de acné en la cara y al hablar pude ver que llevaba aparato en los dientes.
‑ ¿Todo bien Enzo? –le oí preguntar mientras estrechaba la mano del médico, que le devolvió el saludo con un apretón, pero sin apartar la mirada de mí. Su forma tan directa de mirarme me incomodó y decidí apartar la mía para mirar hacia delante.
‑Si. Hemos chocado y Carolina –dijo levantando un dedo en dirección a mi cara. ‑ Se ha roto la ceja por el golpe.
Uhmm. Sonaba tan bien mi nombre en sus labios.
¡Por dios Carol! Te voy a regalar un consolador –me recriminé a mí misma.
‑Deberíamos llevarla al clínico. –dijo el joven de la ambulancia, cuando Rabiosa inundó mi coche y nuevamente mi vida.
‑ ¡Joder! –grité. Y ante la mirada de asombro de los dos, palpé el suelo de mi coche en busca de mi maldito teléfono.
‑Dime Ricardo –respondí tras encontrarlo.
Mi jefe empezó a gritar fuera de sí. ¿Qué donde narices estoy? ¡Qué ya son las 9y30! ¡Qué precisamente hoy decido llegar tarde cuando es la reunión con la familia Soriano! ¡Que qué poca profesionalidad…! Así continuó cinco minutos con su verborrea, hasta que aproveché un momento en el que cogió aire y pude contestar:
‑Ricardo he tenido un accidente de coche.
Silencio.
‑Estoy bien, no te preocupes. Intentaré no tardar.
Silencio… Silencio…
‑ ¿Cuánto crees que tardarás? –me preguntó al fin.
¡Será desgraciado! Vale. Vale que sea mi jefe. ¿Pero un mínimo de consideración por todas esas infinitas veces que llevo salvándole el culo de cualquier aprieto, no?
Respiré hondo antes de contestarle y momentáneamente mi mirada volvió a cruzarse con la del médico. ¡Qué día!
‑No tardaré demasiado. Quince minutos a lo sumo.
‑Ni un minuto más –me espetó antes de colgarme.
Volví a respirar hondo.
‑Tienes que ir al hospital. –me dijo Enzo tajante.
Me giré a mirarlo con toda esa mala leche que me caracteriza, y que mi jefe acrecienta cada día, y de un empujón abrí la puerta dispuesta a salir del vehículo.
Ambos se apartaron de un salto hacia atrás y yo pude incorporarme
Por un segundo noté que las rodillas me flaqueaban e iba a caerme al suelo, pero antes de poder llegar a apoyarme en mi coche, el médico me sujetó por la cintura
– ¿No te das cuenta que podría ser grave?
‑ ¿Y tú no te das cuenta que no me importa tu opinión? –le contesté bastante cabreada ya por la mañana tan desastrosa que llevaba.
‑Eres mi responsabilidad.
‑Yo no soy nada tuyo.
Nos quedamos mirándonos fijamente, retándonos con la mirada, mientras el pobre uniformado del SAMU seguía a su lado sin abrir la boca.
Al final desistí y me solté discretamente de su brazo para acercarme a la parte trasera de mi micra. ‑ ¡Mi coche! –grité cuando vi el guardabarros medio tirado en el suelo y un bollo del tamaño de una pelota, con la consiguiente luz trasera rota. Entonces me percaté que el deportivo de detrás apenas tenía una rozadura al lado del faro derecho. Me giré para encararme de nuevo a él:
‑ ¿Pero se puede saber donde aprendiste a conducir?
‑Mi buen manejo del volante no tiene nada que ver con que tu lleves un vehículo no apto para la circulación.
‑ ¡Serás capullo!
Nos retamos nuevamente con la mirada…
Ninguno dijo nada más hasta que yo conseguí recomponerme.
‑Mira, no tengo tiempo para hacer los papeles –le dije mientras me dirigía a la puerta del copiloto. Abrí y me agaché a coger mi monedero. Cuando encontré lo que buscaba, cerré de un portazo y me acerqué de nuevo a los dos hombres que seguían de pie mirándome. –Toma –le tendí la tarjeta del bufete.- Dile a los de tu seguro que me llamen y les daré los datos del mío para que se pongan en contacto.
‑ ¿Te vas? -preguntó elevando las cejas.
¡Pero bueno, este chico es tonto! Santa paciencia…
‑Si. Me voy. –dirigí la mirada al joven:
‑ ¿Podrías curarme esto dentro de la ambulancia? -estaba señalándome la ceja.
Se me quedó mirando para después dirigir su atención al médico. ‑ ¿Tú qué dices Enzo?
No le dejé contestar:
‑Pero vamos a ver. ¿Qué tiene él que decidir? Te estoy hablando yo.
Mas cabreada ya no podía estar. Los habría matado ahí mismo. A los dos.
‑Hazlo Rubén. Cúrala –por su mirada y el tono de su voz, noté que estaba enfadado.
¡Pero bueno! ¿Quién se cree que es? Me pega él el golpe con su coche y encima se cabrea. ¡Es para flipar!
El tal Rubén asintió y se dirigió a mí: ‑Venga señorita. Acompáñeme.
Me encaminé con él hacía la ambulancia y sin poder remediarlo me giré sobre mis pasos. ¿Por qué no dejaba de mirarme?
‑Hasta nunca medicucho. –En seguida me di cuenta de lo ridícula e infantil que había sonado mi despedida.
No me contestó. Se quedó de pie junto a mi coche taladrándome con la mirada.
Puse los ojos en blanco y giré sobre mis pasos para acompañar al chico del SAMU al interior de la ambulancia…










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