Eran las nueve de la noche cuando por fin, pude recoger mis cosas para irme a casa. Que día más lento había tenido, y que infierno de dolor llevaba en la cabeza. Por un momento pensé que debería pasarme por el hospital, pero estaba tan agotada, que solo quería llegar y meterme en la cama.
En la oficina ya no quedaba nadie salvo yo, como de costumbre. Hasta mi jefe se había ido con la excusa de que su hijo pequeño tenía partido. Eso sí, dejándome a mí al cargo, de terminar el dossier para la reunión del día siguiente con los Abama. Para mi jefe, una nueva empresa a la que asesorar. Para mí, más cargo de faena.
Cuando llegué a casa, mis dos compañeras estaban discutiendo por algo, pero se callaron nada más verme entrar.
‑ ¿Qué pasa? –pregunté.
Ambas me miraron sin decir nada, hasta que Claudia rompió el silencio y empezó a gritar:
‑Dios mío, ¿Qué te ha pasado?
‑ ¿Perdón?
‑Carolina, tu frente… Tienes un apósito enorme y…
‑Ah esto –dije tocándome la ceja.- He tenido un pequeño accidente esta mañana. No es nada. –Y fue con la última palabra, cuando me di cuenta que tenía los dedos manchados de sangre.
Sofía, que me conocía lo suficiente, para saber cómo reaccionaba ante la sangre, se aproximó a mi lado en dos zancadas y me sujetó del brazo cuando empezó a nublárseme la vista.
‑Claudia corre, acerca esa silla –la oí decir antes de desplomarme.
Cuando abrí los ojos, estaba tumbada y una luz muy potente me cegaba. Por un momento, pensé que estaba muerta, pero supongo que sería del género idiota, morirse por un golpecito en la ceja.
‑Mira Sofí, Carolina vuelve con nosotras.
‑ ¿Cómo te encuentras? –me preguntó mi otra compañera.
‑ ¿Dónde estoy? –les respondí con otra pregunta, intentando incorporarme.
‑Estate quieta. Te hemos traído al Clínico -me frenó con la mano para que volviera a acostarme.
‑Pero vamos a ver… Qué ha sido un mareo tonto… Sois unas melodramáticas –bufé
‑No me fastidies. Llevas todo el día fuera de casa y vuelves con un apósito enorme en la cara, del que traspasa la sangre. Y a consecuencia, te caes redonda. ¿Qué esperabas? Además, has tardado más de la cuenta en reaccionar. Ni te has enterado de que te hemos metido en mi coche y de que ya te ha visto un médico.
Ambas nos mantuvimos la mirada sin decir nada.
‑Y que médico… –nos interrumpió Claudia.
La miré…
El rostro de Enzo reapareció en mi mente. Noté como empezaban a sudarme las manos y me puse nerviosa. Esperaba, que de todos los médicos que pudieran estar de guardia aquella noche, no fuera justo él, quien me hubiese visto y tratado en el estado en el que me encontraba. No sé qué aspecto podría tener al perder el conocimiento, pero por normal general, dudo mucho que desprendiera sensualidad.
De pronto, un hombre con bata blanca, descorrió la cortina del Box donde nos encontrábamos. Al comprobar que no era mi médico, solté el aire que sin percatarme, estaba reteniendo.
¿Mi? El golpe en la cabeza había sido más fuerte de lo que esperaba.
‑ ¿Cómo se encuentra señorita Sánchez? –me preguntó.
Era un hombre bastante atractivo. Su voz y movimientos desprendían amabilidad, mientras se acercaba a mi frente. Dada mi propia experiencia, suponía que debía ser el único médico de toda la Seguridad Social, que atendía a sus pacientes con dulzura.
‑Estoy bien, gracias. ¿Ya puedo marcharme?
‑Si. Había empezado a infectársele la herida, pero estas chicas la han traído a tiempo y hemos podido curárselo y ponerle tres puntos.
‑¡¡¿PUNTOS?!! –grité. Y dando un salto me levanté de la camilla.
‑Tranquila. Estaba inconsciente. Vuelva en un par de semanas y miraremos de quitárselos.
Empecé a marearme otra vez… ¿Puntos? ¿Por qué a mí?
‑Gracias –levanté mi mano para estrecharla con la que me tendía el médico.
‑Un placer chicas –se dirigió a mis amigas con un movimiento de cabeza.
‑Es una pena –dijo Claudia, cuando estábamos saliendo por la puerta del hospital.
‑¿Una pena el que?
‑Que no hayas conocido al médico.
La miré levantando mi ceja derecha y maldije por el pinchazo que sentí. Ya no recordaba lo de los puntos.
‑Claudia, cariño. Se ha despedido de nosotras… ‑A veces, esa rubia me descolocaba.
‑Carolina, ¿Te encuentras mal? Ese no era el médico que te atendió al llegar –me contradijo mirándome como si estuviera loca.
‑Ah –me limité a contestar y volví a visualizar esa mirada oscura en mi mente.
En ese instante, tuve la sensación de que alguien me vigilaba y me giré veloz. Pero solo vi enfermos esperando a ser atendidos y médicos moviéndose por la sala. No había rastro de él.
A la mañana siguiente, me desperté temprano. Había tomado un calmante la noche anterior y descansado lo suficiente. Esa vez sin sueños. Decidí ponerme un vestido negro sin mangas y entallado, a juego con unos zapatos negros de tacón. Una vez arreglada, entré con sigilo en el comedor para no despertar a Claudia. Pues su habitación era la única que daba al salón y tenía la mala costumbre, de no cerrarse la puerta.
El piso que compartíamos no era muy grande, pero lo habíamos personalizado a nuestro gusto. Cerca de la entrada estaba la cocina, con los electrodomésticos justos, que separaba el salón con una barra de madera. En el salón colocamos un sofá de cuatro plazas en color berenjena, a juego con la pared del fondo. El resto de paredes las habíamos pintado de color crema, para contrarrestar. Había una mesita pequeña en el centro que siempre estaba llena de revistas y una estantería a la otra parte del sofá que hacía tanto de guarda libros como de mini bar. A mano derecha, teníamos un pequeño mueble donde se encontraba la televisión. Y justo al lado, estaba la habitación de Claudia. Entre las tres decoramos el salón, dejando a cada una, sus respectivas habitaciones. La mía, al contrario que mis amigas, decidí pintarla toda blanca. Tenía una cama de metro y medio, donde al lado se hallaba una pequeña mesita con una lámpara. Mi único capricho era dormir a mis anchas. Además había un armario empotrado de madera, y por suerte para mí, un pequeño cuarto de baño que se accedía desde mi dormitorio. Mi habitación estaba a la derecha del recibidor, opuesta a la cocina, mientras que la de Sofía se encontraba en un pequeño pasillo que había justo detrás del sofá. Donde además de su dormitorio, había otro cuarto de baño más grande, que mis dos compañeras compartían.
Estaba preparándome el café en la pequeña cocina, cuando la canción infernal volvía a sonar a través de mi móvil.
¡Este hombre no me deja vivir!
Descolgué el teléfono y durante quince minutos, aguanté la indecisión de mi jefe. Dudaba en que traje ponerse para la reunión, y me preguntó tres veces si había terminado el dossier el día anterior. Tres veces le contesté que sí, y otras tres, que lo tenía encima de su mesa.
Cuando colgué, maldije. Había gastado mis quince minutos de desayuno hablando con él. No me quedó otra que apagar la cafetera cabreada, mientras olía el café recién hecho.
Resoplé y fui a por mí bolso.
Vuelta al trabajo. Otro día más…
Cuando por fin acabó el día, casi daba saltos de alegría. Empezaba mi fin de semana.
Y eso que creía que el viernes no iba a llegar nunca.
La reunión con Abama había ido como la seda. Lo que había conllevado que fuéramos a comer todos juntos y que mi jefe se pasase con el vino y los chistes. Daba gusto pasar tiempo con el socio de mi jefe, era tan atractivo y varonil, que te ruborizaba. En más de una ocasión lo había pillado mirándome las piernas y me lo había imaginado dentro de ellas.
Ya empezaba a ser grave mi falta sexual. Cualquier día tendría pensamientos eróticos con Ricardo.
¡OH! Dios me libre. -Sentí un escalofrío aterrador al pensarlo.
Cuando volvimos de la comida, tres horas después, no tenía ganas de trabajar y me había tirado la tarde mandándome mails internos con Irene. Hasta que mi jefe salió de su despacho, para decirme que tenía que ir a Massimo Dutti a comprarle un traje para esa noche. Se había acordado que era su aniversario de bodas. Algo que llevaba un mes recordándole. Así que a última hora, decidió que era momento de acordarse, por lo que hizo que perdiera más de media hora buscando mesa en un restaurante caro y aguantase diez minutos de cola en la tienda, soportando la conversación de dos niñas de papá.
“Que si este pintauñas es muy claro. Que si esta camisa me hará gorda. Que si Juanlu vendrá con el BMW o con el MERCEDES a recogerme esta noche…”
Y yo mientras, mirando su extremada delgadez y sus uñas rosa chicle. Maldiciendo que una Barbie como esa pudiera disponer de dos coches, y que yo tuviera un micra a punto de pasar a mejor vida.
Llegué a casa agotada, pero no pude evitar sonreír cuando vi que mis queridas amigas habían surtido la barra de la cocina con pollo con almendras, cerdo agridulce, tallarines con salsa de ostras, wan‑tu frito, pan de gambas y dos lambruscos.
‑ ¿Qué celebramos? –les pregunté al entrar.
‑Pues verás… ‑contestó Sofía. – Que es viernes, que somos amigas, que estamos independizadas, que… Que nos apetece y punto.
Empecé a reírme y las otras dos se unieron a mí. –Voy a cambiarme –les dije dirigiéndome a mi dormitorio.
Mientras devorábamos la comida china y bebíamos vino, Claudia decidió sorprendernos una vez más con sus teorías de la vida:
-Yo creo que me voy a quedar para vestir santos, como dice mi abuela.
-No exageres Claudia. Eres joven y guapa – le dije
-Te lo digo en serio Carol. A veces pienso en nosotras tres.
-Eso me asusta –contestó Sofía entre risas.
Claudia le sacó la lengua y prosiguió: -Pienso en nosotras dentro de unos años. Y me veo a mi misma soltera rodeada de gatos, pero en vez de gatos me veo con vosotras.
-¿Nos estás llamando felinos? –preguntó Sofía.
-Es metamorfosico.
-Se dice metafórico –la corregí.
-A ti, Sofí, te veo triunfando en la vida con tu carrera.
-Vaya, parece que me gusta tu forma de ver el futuro –dijo a modo de guasa.
-Y a ti. –Se dirigió hacia mí. –Te veo como yo. Atascada en el terreno profesional y viviendo juntas.
La miré con los ojos como platos mientras Sofía se descojonaba.
-Gracias Claudia –le contesté algo molesta.
-No te enfades. Son visiones.
-Ah, ¿pero que realmente crees que predices el futuro?
-Pues claro. La otra noche vi en la tele a un hombre que se dedica a ello y me concentré y pensé en nosotras y lo vi claro.
-¿Y viste que puedes dedicarte a ello? –le pregunté aun sabiendas de su respuesta.
-Eso es. Creo que he encontrado mi vocación.
Sofía continuaba riéndose mientras yo miraba a mi otra amiga y resoplaba. A esta chiquilla la inteligencia le brillaba por su ausencia.
-¿Y qué pretendes hacer?
-Pues veras… He decidido ir a la tele a conseguir mi propio programa y ayudar a la gente.
-¿Estás de broma? –le pregunté asustada. Sabía que tenía contactos para hacerlo.
-No. Ya tengo nombre para el programa. Se llamará, Regreso al futuro –contestó abriendo las manos para visualizar un cartel.
-Eso es una película Claudia.
Sofía seguía riendo sin participar en la conversación.
Estaba convencida de que se atragantaría con el último bocado que se había llevado a la boca.
-¿En serio? Ya decía yo que me sonaba de algo.
No podía creer que a veces fuera tan limitada de mente.
-¿Igual es que de pequeña predijiste ese nombre? –se mofó Sofía.
-No metas cizaña –la recriminé.
-Eres una envidiosa porque a mí se me ocurren muchas cosas y a ti no.
-Oh sí. Desearía tener tu imaginación, de verdad. –dijo con sarcasmo.
-Chicas haya paz, por favor. –Siempre tenía que lidiar entre las dos. –Si quieres dedicarte a ello, como has querido dedicarte a otras veinte mil cosas más, inténtalo.
-Eso. Tú encima dale coba –me contestó Sofía.
La miré entrecerrando los ojos y decidí cambiar de tema. -¿Qué tal te va a ti en el despacho?
-Bueno, ha venido Paloma por allí.
-¿La mujer de Víctor?
-Ex mujer. -Hizo hincapié en la primera palabra.
-¿Y qué quería?
-Yo creo que quiere recuperarlo. Vino contoneando sus caderas. Toda arreglada y muy maquillada y se encerró en el despacho con él.
-¿Y qué pasó?
-No lo sé. El estor estaba echado.
-No fastidies, ¿lo bajó?
-No. Ya lo tenía él así antes de que esa petarda llegase.
-¿Petarda?
Me miró y puso los ojos en blanco.
-Es que no soporto a las mujeres que se rebajan tanto. Además, le fue infiel. Va lista si piensa que Víctor volverá en sus brazos.
-Mejor que vaya a los tuyos, ¿no?
Me fulminó con la mirada lo justo hasta que Claudia decidió participar en la conversación: – ¡OH! ¿Te gusta tu jefe?
-Claudia, que Sofía y Víctor se gusten, es un secreto a voces. – Me reí.
-¿Y porque no estás con él?
-Eso. ¿Por qué no os dejáis de tonterías y salís de una vez?
-Porque no es fácil. Es mi jefe. Y sí, siento algo por él. Pero… ¿Y si sale mal? No puedo buscarme otro trabajo. Mírate a ti. –Me señaló. – Perdóname, pero no quiero ser una simple secretaria.
Sus palabras me sentaron como una patada, pero tenía razón, así que preferí callarme y no rebatirle.
-¿Y si funciona? –insistí
-¿Y si no?
-Sofía, no puedes regir tu vida con condicionales.
-Chicas. –nos interrumpió Claudia. -¿Y si yo predigo tu futuro con él?
-No, gracias. Estoy bien así.
-No seas cenicienta.
-Se dice ceniza.
Había perdido la cuenta de las veces al día que me dedicaba a corregir a mi amiga.
-Vamos a probarlo.
-¿El qué? –preguntamos las dos al unísono.
-Coger esas velas del mueble y las cartas que hay al lado. Hagamos un círculo las tres con las luces apagadas, y dejar que me concentre.
Sofía y yo nos miramos.
-¿No estás hablando en serio?
-Muy en serio.
-Está bien. Creo que ya has bebido demasiado vino –le dije quitándole la copa de su alcance.
Pasada media hora, estábamos las tres sentadas en el suelo, con las velas encendidas, haciendo un círculo y bebiendo Gin tonic, mientras Claudia esparcía las cartas.
-No me puedo creer que hayamos consentido esto –me dijo Sofía en voz baja.
-Bebe. Igual ves la situación de otro color –le contesté, y di un trago largo a mi copa.
Claudia estaba concentrada en las cartas cuando me percaté que eran auténticas cartas de esoterismo.
‑ ¿De dónde las has sacado? –le pregunté señalando las cartas.
No se molestó en contestarme, seguía absorta mirando los dibujos de las cartas, que había puesto boca arriba.
‑ ¡Oh! –exclamó de pronto, y Sofía y yo nos miramos, hasta que ésta última le preguntó: ‑ ¿Has visto algo?
Claudia seguía sumida en un silencio sepulcral, cuando sin esperárnoslo, se tumbó boca arriba en el suelo y con la mirada fija en el techo, todo su cuerpo empezó a temblar.
Sofía y yo nos miramos brevemente y nos lanzamos a socorrer a nuestra amiga. Una a cada lado, intentaba que reaccionase tocándole la cara y los brazos.
‑ ¡Claudia! –gritaba yo, cada vez más asustada.
‑ ¿Qué hacemos? –me imploraba Sofía.
No le contesté. Solo pensaba en Claudia, en hacerla reaccionar.
Había perdido a mi padre hacía 10 años de un cáncer, y todavía recordaba amargamente, como intenté en vano que despertase en aquella lúgubre habitación de hospital, una vez que los médicos nos dijeron que había fallecido.
De pronto, Claudia comenzó a reírse. Soltaba sonoras carcajadas mientras se incorporaba.
La miré fijamente, e invadida por la rabia le solté un bofetón.
‑Carol –me reprendió Sofía.
Me levanté sin decir nada, y me fui directa a mi habitación.
Segundos después, unos golpecitos sonaron al otro lado de la puerta. ‑ ¿Puedo pasar? –me preguntó Sofía.
Asentí con la cabeza, y ella se acercó a los pies de la cama, mientras que yo estaba apoyada en el cabezal rodeándome las rodillas con los brazos.
‑Lo ha hecho sin pensar –empezó Sofía.
‑Ese es el problema. Que ella nunca piensa.
‑No te lo tomes como algo personal Carol, quería gastarnos una pequeña broma.
La miré sin decir nada y prosiguió:
‑Venga. Si ella no llega a montar ese numerito, habríamos sido tú y yo las que nos habríamos reído de ella.
‑A veces me supera. Es como tratar con una niña de 10 años.
‑Ella siempre lo ha tenido muy fácil en la vida. No podemos culparla. A cada una nos educaron de una manera, y cada una ha lidiado con su propia vida.
‑No me puedo creer que seas precisamente tú, quién la defiendas.
‑Siempre lo haces tú, porque yo no tengo tu paciencia, pero está muy arrepentida, por eso he venido yo.
‑ ¿Y porque no viene ella? ¿Por qué te manda a ti?
‑Te tiene miedo…
Con esa frase, me olvidé de lo sucedido hacía tan solo unos minutos y empecé a reírme. Cada vez más alto, mientras Sofía me miraba confundida.
Cuando me recompuse, le dije ‑Está bien. Voy hablar con ella y continuaremos nuestra noche.
Sofía se levantó de la cama dando un aplauso y me tendió su mano para que la acompañase.
Una vez volvimos al salón, vi a Claudia que seguía sentada en el suelo, con las piernas cruzadas y mirando sus cartas.
Me abalancé sobre ella y le di un beso en la mejilla.
‑Lo siento –me dijo. Y me di cuenta cuando me separé de ella, que tenía los ojos rojos de haber llorado.
‑No. Perdóname tú a mí. No debería haber reaccionado así. Era una broma. Venga, sigamos.
Claudia asintió, y volvió a fijar su vista en los dibujos.
‑Veo… Veo…
‑ ¿Qué ves? –se mofó Sofía, como si jugáramos al popular juego infantil.
‑Veo un tórrido romance.
‑ ¿Sabe lo que significa tórrido? –me preguntó Sofía cerca del oído.
‑Sofia, cariño, ¿Cuánto has bebido ya, que estás tan graciosa?
‑Pues más que tú seguro, así que bebe -me incitó, acercándome mi copa de antes, que por arte de magia estaba nuevamente llena.
‑Continúa –le dije a Claudia, que al ver que no era el centro de atención, había vuelto a callarse.
Ella asintió dispuesta a proseguir: ‑Veo amor. Amor del bueno. De caricias… Ternura… Y sexo. Mucho sexo.
‑Claudia, ese amor no existe –le dije riéndome.
‑Oye. Que Víctor, puede ser todo eso –me contestó Sofía.
‑ ¿Víctor? ¿Qué Víctor? –preguntó Claudia, que se había quedado absorta.
‑ ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? –se cachondeo Sofía. –Mi jefe. Claudia, ibas a echarme las cartas para ver si podía haber algo entre mi jefe y yo.
Estaba riéndome a carcajada limpia, hasta que oí decir a Claudia: ‑Yo hablaba de Carolina. –Casi me atraganto.
‑ ¿Carolina con Víctor? –preguntó Sofía mirándonos a ambas.
Yo me encogí de hombros, ya que no entendía de lo que estaba hablando.
‑A ver, Sofía céntrate. No estoy hablando de tu jefe. Hablo de Carolina, con otro hombre.
‑Claudia, céntrate tú. Ibas a decirme algo a mí, sobre mi relación con Víctor.
‑ ¿Otro hombre? ¿Qué hombre? –pregunté desconcentrada.
‑No lo sé. Solo veo que vas a tener un gran amor y… ‑De pronto, se calló.
‑Y… ¿Qué?
‑Nada. Déjalo. Seguro que no lo estoy interpretando bien.
‑ ¿Y qué Claudia? –le insistí. Entonces me di cuenta de la carta que miraba mi amiga. ‑ ¿Por qué sale el dibujo de la muerte?
‑Eso es lo que me asusta –me miró al fin.
‑¿Qué te asusta? –pregunté levantando la voz.
‑Carol, no seas tonta. Es un juego al azar –me tranquilizó Sofía.
En ese momento, sopesé lo que me dijo.
¿Seré idiota? Estamos hablando de Claudia. Es su nueva novedad. ¿Qué conocimientos puede tener ella sobre el tema? Está claro que Sofía tiene razón. Han salido esas cartas porque sí, no porque signifique nada.
‑Bueno, ya hemos jugado bastante. Ahora juguemos a otra cosa.
‑ ¿A qué? –pregunté, mientras observaba como Claudia recogía la baraja en silencio.
Algo en mi interior se revolvió, pero preferí callarme y no hacer hincapié en el asunto. Era viernes noche, y quería pasármelo bien con mis dos compañeras de piso.
Sofía se levantó y se dirigió a la nevera. –Ronda de chupitos –dijo sacando una botella de tequila.
Me reí y levanté los pulgares a modo de confirmación. Eso era precisamente lo que necesitaba.
Claudia volvió en sí, y animada se acercó a la mini cadena que teníamos en el mueble. Rebuscó entre los CD`s y cuando encontró el que quería, lo introdujo y pulsó el play. Una canción de electro latino, de las que estaban tan de moda, comenzó a inundar la estancia. Divertidas las tres, comenzamos a bailar en medio del salón. Así, canción tras canción, chupito tras chupito, pasamos el resto de la noche, bailando y riendo.
Tras unos cuantos bailes, mis dos amigas estaban tiradas en el sofá, exhaustas y algo ebrias. Decidí cambiar el CD, y la voz de Pharrell Williams, comenzó a sonar con la canción “Happy”. Sin pensármelo dos veces, agarré el mando de la televisión, y simulando que era un micrófono, me puse delante de ellas a cantar, mientras las otras dos, movían los brazos a modo de coro, divertidas. Una vez hubo terminado la actuación, ambas aplaudieron y me vitorearon, mientras yo con una reverencia ponía fin a nuestra noche de juerga y me iba a dormir.










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