• Inicio
  • Sobre mí
  • Relatos Cortos
  • Un sueño inesperado
  • El mundo de Ava
  • Contacto
La Habitación de Ava
Un sueño inesperado 6

CAPITULO 4

Por Ava Tamsen @@ava_tamsen · On 14 febrero, 2016


De pronto, estoy de espaldas a él. Sus fuerte manos rodean mi cintura y empiezan a subir despacio hacía mis pechos. Estoy desnuda, salvo por mi culotte negro. Y sus dedos comienzan a hacer círculos en mis pezones. Éstos reaccionan con rapidez a su contacto, tensándose, y yo, siento como mi bajo vientre se contrae. Su lengua juguetea con el lóbulo de mi oreja derecha y puedo notar la dureza de su entrepierna a través de sus calzoncillos, apretándome la curva de mi espalda. Estoy ansiosa de devorarlo con mi boca y me giro hacía él.
En ese momento, mi corazón dio un vuelco. ¿Enzo?

Mis ojos se abrieron de par en par y me encontré tumbada y jadeando en mi cama. Eché un rápido vistazo a mi dormitorio y comprobé que había sido un sueño. O una pesadilla, según lo mirase. Ya habían pasado más de dos semanas desde que tuve el accidente con él, y las únicas noticias que había tenido, habían sido de mi seguro, para decirme que Enzo corría con todos los gastos de la reparación de mi coche. ¿Qué me pasaba? ¿Por qué tenía que pensar en él? No lo conocía. A penas tuvimos una breve, y no muy agradable, conversación. ¿Dónde estaba mi moreno de los sueños? ¿Por qué había tenido que cambiarlo por él?

Cuando mi respiración volvió a normalizarse, miré el reloj de mi mesita que marcaba las seis de la tarde, del sábado. Menuda siesta me había echado. Decidí levantarme y darme una ducha. Esa noche tenía una cena de negocios con Ricardo y los socios de Abama, por lo que necesitaba estar completamente despejada.

Me dirigí al armario, cogí ropa interior limpia, y entré en el cuarto de baño. Una vez allí, dejé correr el agua mientras me desvestía despacio, aún mareada por el sobresalto. Cuando comprobé que estaba a la temperatura deseada, me deslicé dentro de la ducha y cerré la mampara. Estaba masajeándome la cabeza, para que mi pelo se empapase bien de la mascarilla cuando la mirada de Enzo volvió a pasar fugaz por mi mente. Sin pararme a pensarlo, cogí el mango de la ducha y dándole la vuelta a la alcachofa, dirigí el chorro del agua hacía mi vulva. Con la mano que tenía libre, despegué mis labios inferiores para que diese directo en mi clítoris, y me deje llevar. Estaba a punto de llegar al orgasmo cuando unos golpecitos en la puerta me distrajeron. Decidí hacer caso omiso, pero entonces recordé que no había echado el pestillo. ‑ ¡Joder! –maldije

Frustrada, deposité el mango de la ducha encima del grifo y lo cerré. ‑ ¿Qué queréis? –pregunté malhumorada.

Una voz masculina y muy conocida me contestó: ‑ ¿Piensas salir algún día?

‑ ¿Álvaro? –pregunté asombrada de que mi hermano estuviese al otro lado de la puerta.

‑ ¿Quién voy a ser si no? Venga, sal ya.

‑Dos minutos –le grité, y volví a encender el grifo, pero esta vez, para quitarme la mascarilla del pelo.

Quise salir tan rápido de la ducha que trastabillé, y con acto reflejo me agarré a la pila para no golpearme en la cabeza.

-Uf. -respiré hondo al imaginarme el golpe que podría haberme dado. Me coloqué la ropa interior, y me enrollé la toalla al cuerpo.

En cuanto abrí la puerta, vi a mi hermano sentado a los pies de mi cama. Me tomé un minuto para contemplarlo, pues hacía más de un mes que no nos habíamos visto. Su duro trabajo en la construcción, había hecho de él un hombre. Me sacaba una cabeza en altura, tenía la espalda ancha y unos brazos y pectorales muy definidos. Con la piel tostada, debido a las horas que pasaba expuesto al sol en su trabajo. Y cuando sonreía, unos sexis hoyuelos, aparecían en cada lado de sus mejillas. ¿En qué nos parecíamos? En el azul de los ojos.
Todas las mujeres besaban el suelo por donde pisaba, y sin embargo, él seguía enamorado de la hija del Alcalde de Burriana, nuestro pueblo. Hacía ya año y medio que habían roto, después de casi cinco años de relación. Y aunque ella había superado con creces su ruptura, él seguía viniendo a verme cuando se le hacía doloroso verla por las calles del pueblo. Decidió quedarse en el pueblo a vivir con mi madre, cuando la conoció hace ya algunos años, y a pesar de que había sufrido mucho, y lo seguía haciendo, era incapaz de dejar a mi madre sola tras la pérdida de nuestro padre. Era de las pocas personas, a las que yo admiraba de la cabeza a los pies.

Cuando se percató de mi presencia, me miró divertido de arriba abajo: ‑Lo que estás pensando es incesto, ¿lo sabías?

Entonces recordé que llevaba anudada la toalla y me reí.

‑Veo que estás de buen humor, hermanita –me dijo, y levantándose se acercó a mí para darme un abrazo.

‑Cuanto me alegro de verte, Álvaro –le dije cuando nos separamos. –Ves a la cocina y prepara café. En cinco minutos me visto y estoy contigo.
Asintió y tras darme un casto beso en la mejilla, salió de mi cuarto cerrando la puerta tras de sí.

Tardé más de diez en salir y cuando me vio aparecer por el salón, mi querido y complaciente hermano silbó: ‑ ¿Dónde vas tan guapa?

‑Tengo una cena de negocios.

Su cara se volvió de un gris ceniciento: ‑ ¿Estás de broma?

‑No.

‑Pero si acabo de llegar.

‑Para algo existe el teléfono guapo. Tendrías que haberme avisado.

Hizo un puchero mientras me miraba.

‑No me hagas esto. Tengo una cena con mi jefe y unos socios. ¿Cuánto tiempo te quedas?

‑Mínimo una o dos semanas. La abuela está en el pueblo visitando a mamá, y yo he terminado la obra en el chalet de Arturo. Hasta que me llamen, estoy libre de responsabilidades.

‑ ¿De Arturo? –le pregunté haciendo caso omiso del resto.

Asintió sin decir nada.

‑ ¿No había otro que le reformara el chalet?

‑Ya sabes que Arturo confía en mí, Carol.

‑Y también sé que es el padre de tu ex. ¿La has visto no?

En ese momento, entendí su larga visita. Nunca se había quedado en Valencia más de tres días.

‑Claro que la he visto. ¿Y qué? Ya ha pasado mucho tiempo, no tienes de que preocuparte.

‑Como me gustaría creerte.

‑No seas pesada hermanita. Y alégrate de que he venido a verte. –Puso fin a nuestra conversación abriendo los brazos.

Como buena hermana, callé y me acerqué a él para darle un abrazo. Si supiera las noches que después de una borrachera, lo había oído llorar en ese sofá, que ahora había detrás de él, cuando Álvaro creía que todas dormíamos. O la de veces que lo había pillado a escondidas, viendo la foto que guardaba de ella en su cartera.

 

Nunca entendería por que el ser humano llegaba a ser tan complicado. No era experta en relaciones largas. Nunca había tenido una pareja que me hubiese durado, a lo sumo, más de cuatro o cinco meses, pero lo que si entendía es, que cuando la otra persona no te respeta, y se mete en la cama con uno de tus mejores amigos, es ahí, en ese preciso instante, cuando el sentimiento, amor, o como queráis llamarlo, se acaba. Y con él, la relación. Fue mi hermano quién cortó con ella cuando su mejor amigo le confesó lo que había pasado, y ella con toda la arrogancia que siempre la había caracterizado, ni se inmutó. Sin más le espetó, que había pasado porque tenía que pasar. Del mismo modo, que semanas después, y hasta la fecha, se había pavoneado con otros hombres, delante de las narices de mi hermano. Ella tenía la suerte que, de las veces que había ido a Burriana a ver a mi madre, no me la había cruzado por la calle. Porque el día que me la encontrase, sinceramente, no respondería de mis actos.

‑Y dime, ¿Hay algún hombre en esa reunión por el que te hayas puesto tan espectacular? –me preguntó cogiéndome de la mano y dándome una vuelta delante de él.

Miré mi vestimenta y encogí los hombros. Me había puesto una falda de tubo negra por encima de las rodillas. En la parte superior llevaba una blusa de seda blanca, quizás un poco escotada, pero para mí se cerraba en el momento justo, para dejar paso a la imaginación. En los pies, llevaba unos elegantes zapatos negros de punta con un tacón de 10 cm. Y tras varias indecisiones frente al espejo, me había rizado el pelo con espuma y me había maquillado los ojos con sombra negra y rímel. Dando a mis mejillas un toque rosado de colorete, y los labios me los había pintado con un brillo natural.

‑Me veo sofisticada –le contesté.

‑Yo te veo sexy a rabiar.

‑Tú siempre me ves con buenos ojos.

Sonrió y sus mejillas mostraron esos hoyuelos que tanto me gustaban.

‑ ¿Y las chicas? –pregunté al darme cuenta que no las había oído en todo el tiempo.

‑Pues verás. Me han abierto la puerta, y nada más verme, las dos lobas que tienes por compañeras de piso, se han abalanzado sobre mí, y después de darme cientos de besos y chillar locas de la emoción, han cogido sus bolsos y me han dicho que iban a comprarse unos modelitos para esta noche.

Solté una carcajada. –Ya te conocen. Álvaro en Valencia significa noche de fiesta y alcohol.

‑Joder que fama.

‑Pues la que tú solito te has creado, y la que te gusta.

‑Te mentiría si dijese lo contrario.

Volví a reírme. Estar con mi hermano, era estar constantemente divirtiéndose. No había persona que no conociese, que a los dos minutos ya le caiga bien Álvaro. Siempre le decía que debería dedicarse a ser comercial o relaciones públicas, y siempre me contestaba que para ser un hombre de verdad, había que sudar en todos los aspectos posibles. Así era Álvaro.

Cuando estábamos en el sofá tomándonos el café y conversando sobre el estado anémico de nuestra madre, mi odioso teléfono comenzó a sonar. Solté un taco,  y me apresuré hacia mi habitación para descolgar.

Pasados unos minutos volví al salón emanando rabia por cada poro de mi piel. Claudia y Sofía ya habían regresado y estaban sentadas en el sofá, una a cada lado de mi hermano.

‑Diría por la cara que traes, que era el maravilloso de tu jefe –me dijo Álvaro a modo de guasa.

‑No lo soporto más –grité.

‑ ¿Qué ha pasado esta vez? –me preguntaron Álvaro y Sofía al unísono.

‑No os lo vais a creer –empecé ‑Lo de este hombre es de juzgado de guardia. Y va a terminar cavando mi tumba.

‑No seas bruta –me reprendió Álvaro.

‑El muy perturbado, me tuvo ayer tres horas. Oírme bien. ¡¡Tres horas!! –les dije levantando tres dedos de mi mano derecha. –Eligiéndole en el despacho un traje para la cena de esta noche.

‑ ¿Qué tiene el armario en la oficina? –preguntó Claudia.

‑No. Tiene un collage con fotos de todos los trajes, camisas, corbatas y zapatos, que guarda en su casa. Carol lo ha contado, cientos de veces –le contestó Sofía.

‑Así es. Y después de tirarme ayer tres horas –repito. -Mirando foto por foto, y elegirle el traje completo para esta noche, da la maldita casualidad que le elijo una puñetera corbata que no tenía en casa.

‑Y si no la tiene en casa, ¿por qué está en el collage? –preguntó Claudia.

‑ ¡Por que se la dejó hace unas semanas en el despacho!

‑Pues que elija otra. ¿Cuál es el problema?

‑Que quiere esa corbata.

‑No lo entiendo –prosiguió Claudia.

‑Yo creo que sí –continuó Sofía. –Te ha pedido que vayas al despacho antes de la cena para recogerla.

Asentí con la cabeza, y mi queridísimo hermano empezó a reírse a mandíbula batiente.

Lo fulminé con la mirada, y el muy descarado no cesaba en sus carcajadas. Eran tan sonoras, que mis dos amigas, acabaron riendo también con él.

‑Iros un poquito a la mierda –les grité, y me giré dispuesta a recoger mi bolso del perchero para salir de la casa.

De pronto, los tres dejaron de reírse de mí y fue mi hermano el que habló: ‑No te enfades, boba. No merece la pena. Disfruta de la cena, y cuando termines llámame. Te diré dónde estamos y acudes. Verás cómo tu noche termina mucho mejor de lo que empieza.

Le lancé un beso con la mano, algo más calmada y salí de casa dispuesta a afrontar la noche que me esperaba.

 

Una vez terminamos de cenar, en un selecto restaurante de la Av. de Aragón, decidieron que fuésemos a tomar una copa en un local que había en la calle de atrás. Ernesto, uno de los socios de Abama, y mi jefe, estaban enfrascados en una conversación sobre el asesoramiento del negocio. Yo captaba al vuelo pequeñas frases de lo que hablaban, pues estaba más concentrada en seguir los movimientos de Pedro, que no dejaba de tocarme la pierna, según él, “involuntariamente”, entre trago y trago.

Abama, iba a ser un pequeño Pub‑Karaoke en un céntrico barrio de Valencia, que estaba repleto de locales nocturnos. Ernesto y Carlos, los socios capitalistas del Pub, eran antiguos conocidos de mi jefe, y éste, por la vieja amistad que les ataba a ellos, y según mi opinión, el dinero que se iba a embolsar con el negocio, les asesoraba de las licencias y permisos que necesitaban para abrirlo. El local ya lo habían comprado, y estaba en plena reforma. Les oí comentar que colocarían dos barras, una a cada extremo. Algunas mesitas con pequeños pufs de piel negro en los rincones, y una gran pista de baile. Al fondo, querían poner un pequeño escenario de madera forrado en poli piel negra, donde la gente cantase Y a la parte derecha del mismo, estaría la cabina del DJ.

En varias ocasiones, Ernesto me había preguntado que si no querría dejar a Ricardo y ser la encargada de su negocio. Tenía que reconocer, que en dos de esas ocasiones, había llegado a pensármelo con detenimiento. Un karaoke. Con lo que me gusta a mi cantar. Y bueno, según mucha gente, a parte de mi madre, decían que no se me daba nada mal. Pero no, con mis 30 años, no me veía yo dedicándome solo a la noche valenciana. Eso sí, le había comentado a Ernesto, que se lo diría a Claudia, para que se pasase por allí, y le hiciesen una prueba. No creía que fuese muy difícil para ella. Servir copas tras una barra, aunque bueno, Claudia era un cúmulo de sorpresas, y no siempre todas eran agradables.

Estaba en mi cuarta vez de retirar con discreción la mano de Pedro de mi rodilla, cuando mi bolso, que estaba tras mi espalda, empezó a vibrar. Miré la pantalla del teléfono y vi que era Álvaro quién me llamaba, por lo que decidí colgar.

No eran ni las dos de la madrugada. Ya los llamaría cuando terminase la reunión. Pero cuando estaba volviendo a meter el móvil en el interior de mi bolso, volvió a vibrar en mis manos. Tras colgar una segunda vez, y ver que insistía en llamarme una tercera, decidí disculparme de los cuatro hombres y salí a la calle para contestar la llamada.

‑ ¿Qué pasa? –pregunté. ‑ ¿Ya vas bo…? –La palabra se congeló en mi garganta cuando lo que oí al otro lado de la línea no era mi hermano, si no los sollozos de Sofía.

Me asusté.

‑ ¿Sofía? ¿Sofía que ha pasado? –dije levantando tanto la voz, que unos jóvenes que habían a mi derecha fumando, se callaron y me observaron.

No contestó.

‑ ¿Sofía? –volví a insistir, esta vez con la voz neutral, aunque mi cuerpo tiritaba con un mal presentimiento.

‑Carol…

‑ ¿Sí? Sofía, por el amor de dios. Dime que ocurre.

‑Estamos en el hospital. Se trata de Álvaro.

El teléfono se me cayó al suelo y la batería salió disparada. Reprimí mis lágrimas que amenazaban con salir y me agaché rápido para volver a montar el móvil. Lo encendí con las manos temblorosas, y fui consciente de que el grupito de antes, estaba atento de mis movimientos, pero no me importaba.

Mi hermano… Mi hermano…

Mi cabeza daba vueltas. Seguí de cuclillas en el suelo, con el móvil ya encendido de nuevo, y la mirada perdida cuando una chica se acercó a mi lado.

‑ ¿Estás bien? -me preguntó.

Supuse que pensaría pobre chica borracha.

Volví a la realidad y la miré, mientras me enderezaba: ‑Si. Gracias. Estoy bien. Una mala noticia –dije enseñándole el móvil.

‑Si es por un hombre, mándalo a paseo. Hay mil peces en el mar.

Asentí sin hacer más hincapié en el asunto.

¿Por qué todo tenía que estar relacionado con un hombre? Las personas no saben vivir si no es en pareja. Yo no tenía un hombre a mi lado y no me iban mal las cosas. Vale. Vale que tenía una sequía sexual que me nublaba la mente hasta cuando dormía. También era verdad que echaba en falta que alguien me abrazase de vez en cuando. Pero, ¿para qué servía el sexo semanal, o los arrumacos diarios? ¿Para dar explicaciones constantemente? ¿Para qué no pudieras hacer lo que te apeteciera cuando te apareciera? ¿Para que un buen día te rompiesen el corazón? No es que siempre haya sido así, todo lo contrario. Yo creía en el amor. En el amor de verdad. En la sinceridad, en el respeto, en la comunicación. Ese amor lo veía a diario y me hacía soñar despierta con mi príncipe azul, con mi final de: “Y comieron perdices…” Hasta que un buen día, a ese amor le llegó el turno de: “Hasta que la muerte los separe…” Así es. No he conocido amor más real, que el amor que sentían mis padres el uno por el otro. Sin embargo un buen día, ZAS, te lo quitan. Pierdes a tu otra mitad para siempre. ¿Y qué te queda? La soledad.

No gracias, prefería no conocer el amor, si luego tenía que sufrirlo.

Di un brinco cuando mi móvil comenzó a vibrar de nuevo en mis manos.

‑Sofía –dije nada más descolgar. ‑ ¿Dónde estáis?

‑En el Clínico. Ven lo antes que puedas.

‑Cinco minutos –le contesté antes de colgar.

Volví rápido al interior del local, y recogí mis cosas, mientras me disculpaba una y otra vez, de los hombres que me acompañaban. Les expliqué que mi hermano estaba en el hospital, y por un momento, me quedé sin habla cuando me preguntaron que le había pasado.

No lo sabía…

Pedro se prestó a acercarme en su coche, pero decliné la oferta.

Preferí coger un taxi. Pedro siempre me había parecido un hombre atractivo y agradable, pero esa noche, con tanto descaro por su parte, se me había atragantado.

Me despedí de Ernesto y Carlos con un apretón de manos, prometiéndoles que sería la primera en ir a la apertura del local, y como alma que lleva al diablo, salí escopetada hacia la calle para parar un taxi.

 

Relacionado

Compartir Tweet

Ava Tamsen

También Te Puede Interesar

  • Un sueño inesperado

    CAPÍTULO 16

  • Un sueño inesperado

    CAPITULO 15

  • Un sueño inesperado

    CAPITULO 14

6 Comentarios

  • MAR dice: 14 febrero, 2016 at 2:05 pm

    Me ha gustado mucho. No te demores en poner el siguiente capítulo!!

    Responder
    • Ava Tamsen dice: 14 febrero, 2016 at 2:28 pm

      Me gusta que te guste. 😉 intentaré poner prontito el siguiente

      Responder
  • Mary dice: 14 febrero, 2016 at 2:07 pm

    Me sabe a poco y nos dejas a mitad jajaja knd mas interesante esta la cosa…

    Responder
    • Ava Tamsen dice: 14 febrero, 2016 at 2:27 pm

      Jajaja. Me alegro! Eso son buenas noticias para mi. Ya verás el siguiente… xD

      Responder
  • Lilalolailo dice: 14 febrero, 2016 at 7:13 pm

    Pero no pares ahí!! Sigue!! Deseando leer el siguiente capítulo. Me tienes enganchada!

    Un besete!

    Responder
    • Ava Tamsen dice: 14 febrero, 2016 at 8:12 pm

      El siguiente es mejor, ya verás. ;D y me emociona que os guste, de verdad.

      Responder

    Responder Cancelar respuesta

    Redes sociales

    Follow @@ava_tamsen

    Suscríbete al blog por correo electrónico

    Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir notificaciones de nuevas entradas.

    Últimas Entradas

    • Dolor…

      1 febrero, 2021
    • Pretérito imperfecto…

      26 enero, 2021
    • Que reactiven el mundo, que yo me subo!

      25 enero, 2021
    • CAPÍTULO 16

      18 octubre, 2018
    • SELFIES PELIGROSOS

      16 octubre, 2018

    Encuéntrame en Facebook

    • Contacto
    • Sobre mí

    Sobre La Habitación de Ava

    La habitación de Ava es ese pequeño rincón en nuestra cabeza donde se juntan la vida real con la imaginaria, donde los pensamientos se pasean a su antojo, donde nos creemos más fuertes y a veces, muy débiles. Donde nacen los personajes para contar su historia.

    Categorías

    • El mundo de Ava
    • Relatos Cortos
    • Sin categoría
    • Un sueño inesperado

    Últimas Entradas

    • Dolor…

      1 febrero, 2021
    • Pretérito imperfecto…

      26 enero, 2021
    • Que reactiven el mundo, que yo me subo!

      25 enero, 2021
    • CAPÍTULO 16

      18 octubre, 2018
    • SELFIES PELIGROSOS

      16 octubre, 2018

    Buscar en el sitio

    © 2015 lahabitaciondeava.com - Todos los derechos reservados