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La Habitación de Ava
Un sueño inesperado 0

CAPITULO 5

Por Ava Tamsen @@ava_tamsen · On 18 febrero, 2016


‑Por favor que no sea nada. Por favor, no te lo lleves a él también –imploraba una y otra vez, dentro del taxi que me acercaba hasta el hospital.

En cuanto llegué a la puerta de Urgencias, pagué al amable taxista. El pobre hombre durante el trayecto, había estado escuchando mis plegarias y me había regalado palabras de esperanza, diciendo que todo quedaría en un susto. Él también se extrañó cuando no pude explicarle que era lo que le había pasado a mi hermano.

Entré veloz en el Hospital y me dirigí hacia el mostrador de información.

‑Por favor, han traído aquí a mi hermano –le dije el nombre completo, a la auxiliar que estaba al otro lado.

‑Un momento –me contestó y se puso a teclear en el ordenador.

Mi pie derecho estuvo golpeando el suelo durante cinco segundos, que para mí, fueron una eternidad, cuando la auxiliar levantó de nuevo la cabeza y me miró: ‑Si. Aquí está. Ahora mismo lo están atendiendo, por lo que deberá esperar en la sala. Gire por ese pasillo a la derecha y verá unas butacas donde sentarse –me dijo, señalándome con el dedo uno de los pasillos que había tras de mí.

‑ ¿Pero cómo está? –le pregunté sin moverme del sitio.

‑No lo sé. Ya le he dicho que deberá esperar a que salga el médico y le informe.

‑Está bien –asentí abatida, y me dirigí hacia la sala de espera.

Nada más entrar, visualicé a Claudia y Sofía. Ambas sentadas, estaban cogidas de la mano, mientras que Claudia con la que le quedaba libre, se mordía las uñas, y Sofía se limpiaba una lágrima, que en ese instante recorría su mejilla.

Me paralicé. La escena de mis dos amigas era desoladora. Y pensar en la causa de esa escena… Mi hermano. Hacía que un fuerte dolor me oprimiese el pecho.

Me aproximé a ellas muy despacio, y Sofía fue la primera en percatarse de mi presencia. Rápidamente soltó la mano de Claudia, que en ese momento levantaba la cabeza y me veía. La primera, sin esperármelo, se abalanzó sobre mí llorando descontroladamente.

Mi impulso fue abrazarla. Consolarla, como tantas otras veces, sin pararme a pensar, que era mi hermano quién estaba siendo atendido. Y que debería ser a mí, por una vez, a la que alguien consolase.

Le acaricié el pelo y la espalda despacio, mientras le susurraba con cariño que se relajase.

Pasados unos minutos sin decirnos una palabra, los sollozos de Sofía fueron menguando. La invité a que se sentase de nuevo, para yo poder sentarme en el asiento vacío de su lado. A veces, me sorprendía a mí misma, de la capacidad de entereza que tenía frente a algunas situaciones.

‑ ¿Qué ha pasado? –pregunté mientras ponía mi mano en su pierna.

‑Verás –consiguió articular entre hipos, causados por el berrinche que había cogido. –Estábamos divirtiéndonos en un pub, bebiendo y riendo, hasta que tu hermano dijo que saliéramos fuera a tomar el aire. Claudia lo acompañó, puesto que yo había entablado conversación con un chico.

‑Era un macizorro rubio y alemán, ¿A que sí Sofía? –interrumpió Claudia. ‑El caso es que estábamos fuera tu hermano y yo –continuó. –Estaba contándome un chiste muy gracioso. Vaya, ahora no recuerdo que chiste era -se quedó mirando al vacío pensativa.

No me podía creer que me estuviesen contando toda la historia desde el principio, pero decidí hacer de tripas corazón y no interrumpirlas.

‑Cuando de pronto. No sé cómo. Todo ha pasado muy rápido, e íbamos algo borrachos. Álvaro ha dado un traspiés en la acera y… Y un coche… Lo ha lanzado por los aires… ‑Ambas, comenzaron a llorar de nuevo, y yo me uní a ellas. Mientras mis dos amigas sollozaban, y media sala se giraba para mirarnos, mis lágrimas caían silenciosas y en tropel por mi rostro. No me paré a limpiarlas. Simplemente las dejé salir.

Claudia y Sofía se percataron de mi estado y dejaron de llorar. Se miraron entre sí, sin saber qué hacer. No estaban acostumbradas a verme así. Yo siempre era la que mantenía la balanza de los problemas y quién las consolaba con cada pequeño golpe que la vida les daba. Pero esa vez se trataba de mi hermano. Una parte de mí, estaba sufriendo lo que pudiese haber sufrido él en el instante del atropello. Y yo no había estado a su lado. Mi mente me reprochaba una y otra vez, que no me hubiese marchado antes de la cena de negocios. Quizás podría haberlo evitado.

Fue Sofía, la que reaccionó. Me pasó un brazo alrededor de los hombros, a la vez que me tendía un clínex, mientras yo, seguía sumida en mis pensamientos. Echándome la culpa, por no haber estado al lado de mi hermano.

Al cabo de una hora eterna, con sus lentos minutos y sus interminables segundos, mirando el reloj continuamente, por fin, oímos por megafonía la típica frase de los hospitales: “Familiares de…, acudan a la consulta número 3.”

Como un espectro arrastré mis pies, en dirección al pasillo donde estaban todas las puertas de consultas, acompañada de mis dos amigas, una a cada lado sujetándome del brazo.

Una vez llegamos a la puerta de madera donde un número tres estaba pegado en el centro, giré el pomo sin pensar en llamar primero. Estaba hecha un manojo de nervios por lo que pudiera haberle ocurrido a mi hermano. Nada más entrar en la estancia, me detuve de golpe, lo que ocasionó que Sofía que iba detrás de mí, se estampase contra mi espalda.

La miré primero a ella y luego dirigí la mirada a la consulta vacía. Efectivamente, no había nadie allí dentro.

-¿Era la tres, verdad? –les pregunté desconcertada, una vez nos hayamos dentro y comprobamos una por una, que no había nadie esperándonos.

-Sí. Yo he leído en la pantalla. Ponía la consulta tres –contestó Sofía.

-Igual se han equivocado –dijo Claudia encogiendo los hombros.

Tenía que hacer algo, no podía quedarme ahí plantada como un pilar, mientras mi hermano danzaba, a saber en qué estado, por ese hospital.
-Hagamos una cosa –me dirigí a las dos. -Quedaos aquí, por si viene alguien, y yo me acerco al mostrador de información a preguntar.

Ambas asintieron y se dirigieron a las dos sillas, que había frente a un pequeño escritorio, para sentarse.
Salí disparada de allí y me tropecé con un médico, que en ese momento iba en mi dirección. Ni siquiera levanté la cabeza. Grité un lo siento y seguí mi camino, en pos al mostrador, donde dos jóvenes auxiliares atendían a personas, que querían saber el estado de sus familiares enfermos. Había una cola de unas cinco personas delante mío, y yo maldije por lo bajo, mientras mi pie izquierdo no dejaba de dar golpecitos en el suelo.

Pasados unos minutos llegó mi turno, me acerqué con un solo paso y le expliqué a la joven que me atendió, que no había nadie en la consulta que habían anunciado. Me miró y soltó un suspiro, mientras tecleaba en su ordenador. Supuse que no tenía que ser muy gratificante, aguantar la impaciencia de los que nos hallábamos al otro lado. De esas personas, que como yo, maldecían en silencio, por no poder acompañar a los enfermos, al otro lado de esa gran puerta.

Al final volvió a dirigirse a mí:

-Disculpe, pero es la correcta. El médico tendrá que haber llegado allí mientras usted estaba aquí esperando.

-Gracias –le dije, y volví sobre mis pasos, a la consulta con el número tres pegado en la puerta.

Cuando volví a entrar, me quedé paralizada. Mis pies se sellaron al suelo, en el umbral de la puerta y mi cara debió ser un poema, porque mis dos amigas me miraban con cara preocupada. Sofía en seguida se levantó, y se dirigió a mí:

-Tranquila Carol. El médico nos está explicando que tu hermano está fuera de peligro -volvió a sentarse.

A penas la oí. Solo podía mirar esos ojos negros, que me devolvían la mirada, sentado en la silla del otro lado del escritorio.

-Buenas noches -se dirigió a mí. Su voz era firme y su mirada me taladraba en lo más hondo de mi ser, como la última vez que nos vimos.

Mis palabras y con ellas mi educación, se murieron en mi garganta. Tenía que reaccionar o acabarían pensando que la enferma era yo. Pero en vez de contestar como esperaban, le espeté secamente:

-¿Qué haces tú aquí?

-Hola a ti también.

Estaba jugando conmigo, lo notaba en la pequeña curvatura de sus labios.

Hice una mueca en contestación.

-Trabajo aquí, ¿recuerdas?

-¿Y porque tendría que recordarlo? –No sabía que me ocurría. Tantos años de buena educación en el colegio y en mi casa, y en ese preciso instante, me di cuenta de que no habían servido para nada.

-Ya veo. Igual que veo que te ha cicatrizado bien la ceja.

Involuntariamente acerqué mis dedos índice y corazón, a la pequeña marca que me había quedado en la piel gracias a él, y su torpeza como conductor, pero la retiré veloz.

-Es algo que a ti no te incumbe.

-¿Siempre eres tan agradable, o es que hoy estoy de suerte?

Por un momento me di cuenta por el rabillo del ojo, que mis dos amigas nos miraban contrariadas. Como si esto fuera un partido de tenis.

-¿Quieres que te dé las gracias por fastidiarme el coche?

-Ya te expliqué que yo no tengo la culpa de que conduzcas un coche no apto para la seguridad vial, o tu propia seguridad.

-Mi seguridad, es de nuevo, algo que a ti no te incumbe. Y deja ya de menospreciar mi coche. Yo no voy por la vida con un BMW, como si fuera la reina de la carretera, y quitándome del medio al primero que se cruza en mí camino.

-Yo tampoco.

-Mi micra no piensa igual.

-¿Y desde cuando un coche piensa?

-¿Eres exasperante lo sabías?

-Me han dicho cosas mejores, pero supongo, que viniendo de ti, eso es todo un halago.

-No te digo algo peor por educación.

-En mi país, por educación, se saluda al entrar en un sitio.

Touché…

Lo miré furiosa. En verdad, no sabía porque estaba tan furiosa. No sé si el cansancio y la incertidumbre de no saber de Álvaro, o el hecho de volver a encontrármelo tan guapo como la otra vez.

-Tú eres el médico y yo familiar de un paciente. Ciñámonos a eso y dime el estado de salud de mi hermano.

-Por fin, empezamos a entendernos.

Que ganas me entraron de abofetearlo. Pero me contuve, y en su lugar, inspiré una gran bocanada de aire. Seguí de pie, bastante alejada de él y crucé los brazos alrededor de mi pecho, para que supiese que por mi parte, la lucha entre nosotros no había terminado.

-Empieza –le dije escueta.

Dirigió la mirada a mis dos amigas y curvó los labios en una sonrisa. Desde mi posición pude oír el latido de esas dos tontas acelerarse. Estaban como hechizadas.

Puse los ojos en blanco.

-Como les decía a tus amigas. Tu hermano está estable. Ha sufrido un par de contusiones en la cabeza por el golpe y tiene una pierna rota. Le hemos suministrado, un calmante para el dolor y ahora duerme como un tronco. Esta noche la pasará aquí, aunque el golpe no ha sido fuerte, es mejor tenerlo en observación. Mañana podrá irse a casa si todo va bien.

Álvaro… Por un momento pensé en mi hermano, y en lo egoísta que había sido discutiendo con el médico, en vez de preocuparme por él desde el principio. Las lágrimas amenazaron con salir de nuevo, pero parpadee fuerte para retenerlas, y no quitarme el escudo frente a Enzo.

Al parecer se dio cuenta de mi reacción involuntaria, pues su actitud defensiva cambió hacía mí y me habló con dulzura:

-No te preocupes Carolina. Tu hermano está bien. Solo ha sido un susto.

-Gracias –conseguí articular con la mirada agachada. -¿Puedo ir a verlo? –le pregunté, todavía mirando al suelo. O salía de allí pronto, o mis malditos ojos anegados en lágrimas me delatarían.

-Claro. Está en la habitación 301. Tercer piso a la derecha cuando sales del ascensor. ¿Si quieres puedo acompañarte?

-No –respondí rápida. –No hace falta. Sofía y Claudia querrán venir también – le dije dirigiendo la mirada a mis dos amigas, implorándoles en silencio que levantasen su bonito trasero de las sillas y saliéramos de allí de una vez por todas.

-Está bien. Adiós –me espetó él con voz fría.

Ni siquiera le contesté, me di la vuelta para salir de allí, mientras oí a las dos embobadas, como se despedían de él con un adiós acaramelado.

Que empalagosas las tías…

Cuando llegamos a la habitación, varios minutos después… Porque mira que hay cosas malas en un hospital, pero coger un ascensor, está claro que encabeza la lista. Que si está lleno cuando se abren las puertas, y te toca esperar otro, y ese otro tarda una eternidad en llegar. Por no hablar del recorrido que hace, parando planta por planta, subiendo y entrando gente en cada una de ellas, y ese olor… El olor para mí, y seguro que para la mayoría de personas que visitan antes o después un hospital, es insoportable.
Una vez dentro de la habitación 301, el paisaje era desolador. Un hombre, entrado en años, agonizaba en la cama de enfrente a la de mi hermano. Estaba conectado a una máquina y lo oí gemir de dolor y derrumbarse por el llanto. Mi hermano, por el contrario, dormía a pierna suelta. Si no fuera por el yeso blanco, que le cubría desde su tobillo hasta la pantorrilla, parecía que estuviera en casa. Tenía una vía en el brazo, que reposaba sobre su estómago, y la boca entreabierta. Aún en su estado, era encantador.

Y lo miré… Ladee mi cabeza y contemplé a mí hermano. El corazón se me encogió y me faltó el aire. Noté como Sofía se acercó a mí y apoyó su mano en mi espalda. En el fondo, eran buenas amigas. Desde que salimos de la maldita consulta, ninguna de las dos, se había atrevido a decirme nada al respecto de lo escuchado allí dentro, minutos antes. Fue Claudia la primera en romper el silencio:

-El médico tenía razón. Tu hermano está bien.

-Claro. Seguro que en unos días ya está dándonos con las muletas, para que le acerquemos alguna cosa –continuó Sofía acariciándome la espalda.

Las miré agradecida y asentí -¿Podéis quedaros aquí? Necesito salir un momento –les pregunté.
Necesitaba salir de la habitación, de la imagen de mi hermano en esa cama, y del desgarrador llanto del pobre anciano, que yacía en la otra. Empecé a notar que la cena de esa noche, subía hacía mi garganta, y de un momento a otro, podía montar un espectáculo.

-Anda despéjate. Aquí estaremos cuando regreses -me dijo Sofía con una dulce sonrisa.

Salí en volandas de la habitación, con la mano tapando mi boca, pues una arcada estaba amenazando con sacar fuera, lo que había en mí estómago. Miré hacía ambos lados del pasillo y al final, encontré un cartel en lo alto, con el dibujo de los baños. Corrí hacía allí, sin reparar en la gente que se cruzaba en mi camino.

Cuando salí del baño después de vomitar dos veces y refrescarme la cara con el agua del lavabo, no me podía creer lo que veía. Ahí estaba Enzo, apoyado en la pared de enfrente, con los brazos cruzados y dando golpecitos al suelo con su pie izquierdo.

Me  miró.

En dos zancadas se plantó a escasos centímetros de mi cara, y con una mirada indescifrable para mí, me preguntó:

-¿Estás bien?

Asentí sin articular palabra, mientras miraba esos ojos oscuros, que parecían penetrar en lo más hondo de mi ser. Consiguió intimidarme con su mirada y nerviosa, pensando que podía ver en mi interior, y descubrir el sueño que tuve con él, miré hacia otro lado.

-¿Seguro que estás bien?

-Sí.

-Estás muy pálida.

-Estoy bien.

-Creo que debería verte un médico.

No pude evitar soltar una carcajada ante su comentario.

-¿Qué te hace tanta gracia?

-Creía que ya me estaba mirando uno.

Por su expresión, me di cuenta de que el médico no tenía sentido del humor y puse los ojos en blanco.

-Por eso mismo. Porque soy médico. Uno de los mejores además. Te digo que no tienes buen aspecto.

-Vaya. Además de prepotente sabes regalarle los oídos a una mujer.

-No estoy de broma Carolina.

-¿Y quién te dice que yo lo esté?

-¿Siempre eres tan borde?

-¿Y tú tan halagador?

-Me preocupo por ti.

-¿Y cuántas veces voy a tener que decirte yo que lo que a mí me ocurra, no es de tu incumbencia?

-Eres una arisca.

-Y tú un impertinente.

-¿Vamos a estar así toda la noche?

-La verdad es que no. Tengo cosas más importantes que hacer que perder mi tiempo contigo.

Sus ojos se abrieron de par en par, para a continuación, fulminarme con la mirada.

Me quedé esperando una respuesta por su parte, pero no llegó. Me sentía idiota ahí parada, frente a su insistente y dura mirada. Decidí echar a andar, hacía la habitación de mi hermano y olvidarme de ese momento, pero cuando moví el píe, todo el pasillo se movió conmigo. Noté que las piernas me fallaban y estaba a punto de caer al suelo, cuando las manos de Enzo rodearon mí cintura y me sujetó en el aire. Volví en sí y lo miré. Estaba tan cerca de mi cara, que mis fosas nasales se inundaron con su olor. Era un olor fuerte y tan varonil, que cerré los ojos y aspiré su aroma. Cuando los abrí, Enzo seguía mirándome con intensidad. Tenía la respiración acelerada y yo me estremecí. Recordé lo que minutos antes hacía en el cuarto de baño y me avergoncé al pensar que podía olerme el aliento, por lo que intenté zafarme de él sin éxito. Me tenía sujeta tan fuerte… Pero su roce era tan delicado… Me sentía a gusto entre sus brazos.

 

Sin darme cuenta, en dos pasos me acercó a una silla que había a escasos metros de nosotros y me sienta en ella. Mi corazón dio un vuelco al separarme de él, y eso que se arrodilló frente a mí.

¿Pero se puede saber qué narices me pasa? Vale que físicamente esté muy bien, pero no soporto su forma de hablarme. No debería babear por él. No tengo tiempo en mi vida para babear por él, ni por ningún otro -discutía conmigo misma.

-¿Mejor? –le oí preguntar con una voz más dulce.

-Sí. Gracias.

-Deberías hacerme caso. Si no quieres que yo me encargue de ti, puedo decirle a algún compañero que te haga algunas pruebas.

-Estoy bien. Ha sido un pequeño bajón de tensión. No he tenido muy buen día, y solo hay que ver dónde está mi hermano, para saber que la noche aún ha sido peor.

-No estaría de más que te vieran.

-Enzo no insistas –le dije poniendo mi mano en su hombro. Él miró mi mano y yo la retiré veloz. Volvió a centrar su mirada en mí. -Solo quiero ir de nuevo a la habitación de Álvaro. –

-Está bien. Te acompaño –me dijo mientras se incorporaba.

-No tienes por qué hacerlo. La habitación está ahí al lado.

-Deja de decir que no a todo Carolina. Voy a acompañarte y punto.

Me quedé boquiabierta. En las pocas veces que habíamos coincidido nunca me había hablado con esa rotundidad, y no me quedó más remedio que asentir.

Me levanté de la silla sin prestar atención a la mano que me tendía. Se dio cuenta y la retiró sin decirme nada.

Andamos en silencio uno al lado del otro, pero cuando llegamos a la habitación y oí la risa de mi hermano dentro, no pude evitar mirar a Enzo y sonreír. Él me devolvió la sonrisa y abrió la puerta para que pasase yo primero.

Una vez dentro, miré a mi hermano y toda la tensión acumulada se disipó. Estaba sonriendo por algo que contaba Sofía y a pesar de los dos moratones que tenía en la cara, su rostro era relajado. Supuse que el calmante tendría algo que ver en eso.

De pronto, se percató de mi presencia y ensanchó su sonrisa haciendo que los hoyuelos apareciesen en ambas mejillas. Me acerqué a su lado y le cogí la mano.

-Hombre periquita. Dichosos los ojos.

-Te voy a perdonar que me llames así porque estás convaleciente.

Mi hermano soltó una carcajada y tragué el nudo de emociones que tenía en mi garganta. Ni siquiera una situación como esa, hacía que mi hermano perdiese su alegría.

-Veo que vienes muy bien acompañada.

En ese instante reparé en Enzo. Había entrado conmigo a la habitación y se mantuvo en un segundo plano a los pies de la cama.

-Es el médico que te ha atendido. –Dijo Claudia.

-¿Y de dónde venís vosotros dos juntos? –Insistió mi hermano.

Note que mis mejillas empezaban a arderme, pensando en las manos de Enzo rodeando mi cintura y tosí para disimular mi estado.

-Me he encontrado con tu hermana en el pasillo. Venía a ver como estabas.

-Y yo vengo del lavabo.

-Está bien periquita. Parece que lo teníais ensayado.

Mi hermano siempre tan inoportuno cuando se lo proponía, y yo no pude evitar fulminarlo con la mirada. Sabía que cuando se curase, ese gesto por mi parte me supondría un interrogatorio, pero pecaba mucho de mis actos involuntarios.

Álvaro volvió a reírse. Está vez de mí. Ambos nos miramos hasta que Enzo tomó la palabra:

-Veo que el calmante ha hecho efecto.

Se acercó al gotero por detrás de mí y se me erizó la piel al notar su mano en la espalda. Si no pensase que era para tener más espacio y poder mirar mejor el gotero, diría que lo había hecho adrede.

-Está casi terminado. Ahora le diré a una enfermera que te lo cambie –dijo mientras volvía a su sitio inicial.

-Gracias tío. No sé qué es, pero me siento flotar.

Enzo sonrió y yo me quedé embobada mirándole.

-Si no te suministrásemos este calmante estarías gritando del dolor. La fractura de la pierna es muy seria. Y te has librado de la operación. Si llega a salírsete el líquido de la rodilla, habría sido todo más complicado.

El estómago se me encogió al oír las palabras tan serias de Enzo y apreté la mano de mi hermano.

-Periquita me vas a romper la mano.

Rápidamente la solté como si me quemase.

-Estoy bien Carol. Deja ya de poner esa cara de preocupación. Todo ha sido un susto. No hay nada que acabe conmigo y lo sabes.

Mis lágrimas amenazaban con salir de nuevo y tuve que hacer un gran esfuerzo por retenerlas.

-Creo que será mejor que os vayáis a casa a descansar –dijo Enzo mirando el reloj de su muñeca. –Son casi las cinco de la mañana y Álvaro necesita dormir también.

-Yo me quedo.

-Aquí no puedes dormir.

-Hay un sillón ahí –dije señalando bajo la ventana.

-En ese sillón no se puede descansar bien.

-He dicho que me quedo –contesté de nuevo.

Enzo iba a replicar de nuevo pero mi hermano se le adelantó:

-No seas cabezona Carol y vete a casa con Sofía y Claudia. Duerme todo lo que puedas y vuelve mañana.

-Claro cielo –Intervino Sofía. –Vámonos a dormir. Además no creo que esa falda que llevas, te permita moverte mucho en ese minúsculo sofá.

Ni me acordaba de mi ropa.

¿Qué impresión le habré causado a Enzo?

Pero qué narices estoy pensando…

-Tu amiga tiene razón. Vete a casa –insistió Enzo.

Todos me miraron y decidí aceptar e irme a casa. No quería más discusiones con nadie ese día.

-Venga Carol. Hemos de salir y pedir un taxi –dijo Claudia, que hasta el momento se había mantenido callada.

Qué raro… -Pensé

-Está bien. Vámonos.

Me acerqué a mi hermano y le di un beso en la mejilla.

-En unas horas nos vemos.

-Aquí estaré preciosa.
Los cuatro salimos de la habitación para que Álvaro pudiese dormir y Enzo se paró frente a nosotras.

-¿Queréis que os acerque?

-No. Gracias.

-No me importa.

-¿Tú no tienes que trabajar?

-Mi guardia ya ha terminado hace un par de horas.

-¿Y porque sigues aquí?

No respondió a mi pregunta.

-Si no queréis que os acerque entonces me voy.

-Adiós.

Él asintió y se marchó sin volver la vista atrás.

Me quedé mirando mientras se alejaba. ¿Por qué se habrá quedado si ya hacía horas que había terminado de trabajar? ¿Tanto se preocupa por sus pacientes? ¿Por qué ha perdido el tiempo esperando, apoyado en la pared en frente del baño?

Claudia me dio un pequeño empujón y me sacó de mi ensoñación.

-Periquita vámonos a casa que estoy reventada.

-Como vuelvas a llamarme así te mato.

-Vale. Tranquila.

-Odio ese mote.

-Pero si es muy cariñoso.

-No lo es. Mi hermano lo hace para molestarme.

-¿Y porque iba a hacer algo así Álvaro?

-Cosas de críos.

-Ahm…

-Venga vámonos –di por finalizada la conversación y las tres nos encaminamos hacia la salida del hospital, para pedir un taxi y volver a casa

 

 

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