El sol del mediodía entraba por mi ventana y sin darme tregua me despertó. Era la una y media de la tarde y tirada en mi cama, sentía todo el cuerpo pesado. Me costó tanto dormirme cuando llegué y luego mis sueños no me habían ayudado nada. Cada vez que me despertaba sobresaltada intentaba en vano recordar que había perturbado mi sueño, pero todo era negro en mi subconsciente. Estaba tan abatida de todo lo ocurrido horas atrás, que ni mis sueños habían querido hacerme agradable lo que quedaba de noche y el resto de mañana.
Me levanté y arrastrando los pies me dirigí a la cocina para prepararme un café. La casa estaba en absoluto silencio por lo que imaginé que mis dos compañeras habían tenido más suerte que yo a la hora de conciliar sus sueños.
Estaba preparando la cafetera cuando el ruido de una puerta al cerrarse me sobresaltó. Me giré y segundos después, Sofía apareció por el final del salón con el pelo revuelto y abriendo la boca por un bostezo.
-¿Quieres un café?
-Si por favor.
-¿Has dormido bien?
-Como un tronco.
-Qué suerte.
-¿Tú no?
-No demasiado la verdad.
-Imagino que lo ocurrido a tu hermano no es algo que te ayude a descansar.
-Estás en lo cierto.
-Y eso que el guapetón del médico podría haberte hecho tener sueños calientes y húmedos.
-¿Pero qué tonterías dices?
-¿Tonterías? Vi como os mirabais.
-No veas fantasmas donde no los hay Sofía.
-No seas mentirosa Carol.
Ambas nos miramos y nos echamos a reír.
-¿Qué os hace gracia de buena mañana? –preguntó Claudia saliendo de su habitación.
-¿De buena mañana? Son casi las dos de la tarde.
-¿Te hemos despertado? –le pregunté.
-No. Llevaba rato despierta esperando oír algún ruido para levantarme.
-¿Tú tampoco has dormido bien?
-No mucho.
-¿Y eso? –preguntó Sofía.
-No sé. Supongo que por el susto de anoche.
-Álvaro está bien. No te preocupes.
-Ya. Pero me siento culpable.
-¿Pero qué dices? Tú no tienes la culpa de nada.
-Si le hubiera dicho de quedarnos en el local no habría pasado nada de esto. –contestó tapándose los ojos con las manos y comenzó a llorar.
-Pero Claudia –le dije acercándome a su lado –tú no sabías que iba a pasar. No te culpes y deja de llorar.
-Todo a mí alrededor se tuerce. Todo me sale mal.
Me partía el alma ver a Claudia llorando de esa manera. Ahora entendía su silencio en el hospital. La pobre se estaba machacando por dentro, culpándose de lo que le había pasado a mi hermano.
La abracé e intenté consolarla.
-Cálmate Claudia. Deja de culparte y por favor deja de llorar. Viste a Álvaro y está de una pieza, tan risueño como siempre.
Mis palabras parecieron animarla y se limpió las lágrimas que habían quedado en sus mejillas.
-Tan risueño como siempre…
-Claro boba. No te preocupes. Álvaro ha salido de peores situaciones.
-Tiene razón Sofía. Mi hermano es un hueso duro de roer.
-Gracias chicas.
-Venga vamos a tomarnos un café y a disfrutar de las horas de domingo que nos quedan.
-¿Vas a ir al hospital ahora?
-Claro. En cuánto me tome el café y me duche.
-¿Puedo acompañarte?
Me sorprendió la pregunta de Claudia. Para el tiempo que la conocía, nunca la había visto tan preocupada por algo que no fuera alguna ruptura, protagonizada por algún famosillo de la prensa rosa.
-Eso no se pregunta. Claro que puedes venirte.
-¿Verás al médico? –la cotilla de Sofía volvía a la carga con sus preguntitas.
-Pues no lo sé.
-¿De qué lo conoces? –Ahora era Claudia la que indagaba.
-De nada.
-Carol. ¿Nos ves cara de tontas? –dijo haciendo un círculo con su dedo alrededor de su ovalado rostro.
-Hombre ahora que lo mencionas…
-No te hagas la escurridiza y desembucha.
-No tengo nada que contaros.
-Te recuerdo que las dos estábamos presentes cuando te quedaste como una piedra en la entrada de la consulta.
-Y no te olvides de lo borde que fue con él.
-Exacto. Suéltalo ya.
-No fui borde.
-Joder Carol. Voy a perder mi paciencia y a preguntarle directamente a él.
-Está bien –dije levantando mis manos a modo de rendición. -¿Os acordáis del golpe que tuve con el coche? ¿Cuándo me partí la ceja?
-Claro –chilló Claudia dándose un pequeño golpe en la frente. –Fue el médico que te atendió.
-Se nota que no has dormido bien. No era el médico que me atendió.
-Si lo era.
-No. No lo era. Yo estaba allí Claudia. El hombre que me atendió debía tener más de cincuenta años.
-Ese no. El primero.
La miré extrañada.
-Coño, es verdad –intervino Sofía.
-Me estáis rayando.
-Cuando te llevamos al hospital. Tú estabas inconsciente. Él estaba en recepción y se giró al vernos entrar gritando contigo. Un celador te había depositado en una camilla y él en seguida se aproximó y te llevó dentro a hacerte las pruebas.
Me quedé muda.
¿Enzo? Y yo inconsciente…
-Ves como tenía razón.
-¿En serio? –pregunté al fin.
-Sí. Salió minutos después y nos dijo que te había dado puntos en la ceja y que solo habías sufrido un mareo. Que te había suministrado algo, que no recuerdo su nombre, y que pronto despertarías. Nos dijo que pasáramos a verte y él desapareció.
Mi mente giraba en círculos cada vez más rápidos.
-¿Y ya está?
Ambas se miraron y asintieron.
-Pero sigo sin entenderlo –continúo Sofía.
-¿El qué?
-Si tú no te diste cuenta de que te atendió. ¿Por qué has reaccionado así?
-Fue él con quién tuve el accidente de coche. Su deportivo se estampó contra mi pobre Micra.
-Qué bonita casualidad –soltó Claudia.
-¿Bonita? Te aseguro que el encuentro que tuvimos no fue más agradable que el que habéis presenciado vosotras.
-¿Y eso porque?
-Porque es un prepotente.
-Pero si está buenísimo.
-Vamos a ver Claudia, su físico no acompaña a su personalidad. Es fácil de entender.
-Pues a mí me pareció muy majo.
-Y a mí también. Un encanto.
-Bueno pues será que a vosotras se os nubla la mente cuando veis a un hombre que está bueno.
-Perdona pero yo soy una chica muy racional y se separar las cosas.
-Permíteme que lo dude.
-A ti lo que te pasa es que ese chico te pone.
-¿Tú te has dado un golpe durmiendo o qué?
-No me engañas Carol, son ya muchos años.
-Mirar paso de perder mi tiempo discutiendo con vosotras dos. Tengo otras cosas que hacer.
-Y ahora te pones a la defensiva.
-Me agotáis. Me voy a duchar.
Di por finalizada esa estúpida conversación y me dirigí a la ducha dejando a mis amigas cuchicheando a mis espaldas.
Cuando salí del baño veinte minutos después, duchada y vestida, me sorprendí al oír mi teléfono sonar. Por el tono supe que era mi jefe antes de contestar. ¿Será posible que se preocupe por el estado de mi hermano? Sería un acontecimiento único en la historia que se preocupe por alguien que no sea el mismo.
Me acerqué corriendo a la mesita de noche donde estaba mi teléfono y descolgué.
-Hola Ricardo.
-Espero que mereciera mucho la pena que te fueses anoche y nos dejases tirados.
Ya me extrañaba a mí… Intenté no perder la calma.
-Disculpa Ricardo, pero como dije al despedirme, mi hermano estaba en el hospital.
-¿Y no podías esperar para ir hoy?
Respiré hondo tres veces antes de contestar.
-Tuvo un accidente. Debía ir y conocer su estado de su salud.
-Vaya. Otro accidente. ¿Se puede saber dónde os sacáis el carnet de conducir tú y tu familia?
1, 2, 3… Yo me calmaré.
-Lo atropelló un coche –contesté con los labios apretados.
-En fin. Supongo que mañana vendrás a trabajar y no te pedirás el día libre. Tenemos mucho trabajo y lo que no me puedo permitir ahora son ausencias tuyas.
-Tranquilo, pensaba ir al despacho.
-Mejor.
Cogí una bocanada de aire y la expulsé muy despacio…
-¿Algo más Ricardo? Tengo cosas que hacer.
-No. Ya está todo.
-Bien. Hasta mañana –colgué el teléfono antes de que pudiera perder los papeles con él.
-¿Ya estás lista? –me preguntó Claudia desde el umbral de la puerta.
-Cinco minutos. Me calzo y nos vamos.
Fuimos a buscar mi coche que estaba aparcado en la calle del despacho desde la noche anterior y maldije cuando nos tiramos quince minutos dando vueltas para encontrar un sitio donde aparcar una vez llegamos a la zona del hospital.
Miré a todos los lados cuando entramos por la puerta y algo en mi interior se removió
¿Qué se supone que buscaba?
Pensé en la habitación de Álvaro y moví mi cabeza de un lado a otro.
-¿Todo bien?
-¿Qué? -me sobresalté. Claudia me miraba con intensidad. Decidí no comentar nada y pasé mi brazo alrededor del suyo.
-Venga. Vamos a ver a Álvaro.
Nos encaminamos al ascensor, y al igual que la noche anterior, tardamos varios minutos en llegar a la habitación 301.
Cuando entramos, mi hermano estaba riéndose a carcajadas, dirigí mi mirada en dirección a lo que le hacía tanta gracia y vi que veía un absurdo programa televisivo.
-Veo que te encuentras como en casa.
-Hombre -exclamó. -Que dos bellezas han venido a ver a un pobre desvalido.
-¿Cómo estás? –le preguntó Claudia.
-Mejor ahora que estáis aquí –contestó mi hermano guiñándole un ojo.
-Veo que el accidente no te ha privado de tu fanfarronería.
-Yo también te quiero periquita.
-No me llames así.
-¿Te ha visto el médico?
Me sorprendió que Claudia se interesase por el estado de mi hermano.
-Ha venido Enzo hace un rato y dice que estoy bien. Que mañana ya podré volver a casa. Y que reposo absoluto.
Al oír su nombre me estremecí. Deseché cualquier pensamiento de mi cabeza y pregunté:
-¿Y a qué hora te darán el alta?
-No lo sé. Me ha dicho que mañana pasará de nuevo a verme y me lo dirá con exactitud.
-¿Mañana? ¿Hoy ya no te verá más?
-Hermanita… Hermanita… ¿Qué quieres ver al médico?
Por un momento me agobié. ¿Era por eso por lo que le había preguntado?
-No seas idiota Álvaro. Lo digo por ti.
¿Seguro? -me pregunté a mi misma.
-Lo que tú digas periquita.
Lo fulminé con la mirada y decidí sentarme en el sofá que había bajo la ventana. Al pasar reparé que el hombre de la noche anterior no estaba en su cama pero preferí no preguntar. Claudia para mi sorpresa, se sentó a los pies de la cama de mi hermano y comenzaron a hablar animadamente.
Vaya dos. Si no fuera por qué son tan distintos harían buena pareja -pensé mientras los observaba.
Pasamos la tarde en la habitación hasta que se hizo de noche y le dije a Claudia que debíamos volver a casa. Aunque me dolía en el alma dejar allí a mi hermano, mañana tenía que trabajar y necesitaba descansar.
Durante las horas que pasamos allí, Enzo no había aparecido por la habitación y sin saber por qué yo estaba malhumorada. Solo quería llegar a casa para meterme en la cama y dormir hasta la mañana siguiente. Eso era lo que quería, pero mi mente no estaba dispuesta a concedérmelo.
A la mañana siguiente me desperté de peor humor. Durante toda la noche, cada vez que cerraba los ojos, sentía en mi cintura las manos de Enzo. Mi nariz aspiraba su aroma, notaba su oscura mirada puesta en mí y mi cabeza viajaba a mil por hora. Estaba cabreada conmigo misma. Si no podía soportar estar más de cinco minutos en la misma habitación con él, ¿por qué tenía que vagar su imagen libremente por mi mente? No dejaba de maldecirme a mí misma. Reconozco que es muy atractivo, y que mi sequia sexual me estaba pasando factura, pero… Pero entre Enzo y yo nunca iba a pasar nada. Se notaba que la animadversión era mutua, estaba perdiendo mi tiempo con sueños innecesarios.
Con un suspiro de frustración, me levanté de la cama y cogí lo primero que vi en mi armario para dirigirme a la ducha. Me esperaba un nuevo y resentido día en el despacho y encima era lunes. Menudo comienzo de semana.










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