-¿Qué haces tú aquí?
-Yo también me alegro de verte periquita.
-No vuelves a llamarme así en tu vida.
-Vale pelirroja.
-Ni eso tampoco. Para ti soy Carolina.
Levantó las manos a modo de rendición sin dejar de mirarme.
-Tu hermano me ha invitado.
-¿Y dónde está? –pregunté echando un vistazo por el salón.
-Está en el baño.
-¿Y a que has venido tú?
-Ya te lo he dicho, Álvaro me ha invitado.
Los dos nos quedamos mirándonos fijamente, retándonos con la mirada sin abrir la boca, hasta que apareció mi hermano dando saltos a la pata coja apoyado en el hombro de Claudia.
¿Y estos dos vienen del baño?-me pregunté.
-Hermanita ¿has visto que sorpresa te traigo?
-Tienes un concepto de la palabra sorpresa muy distinto de su definición.
-No seas arisca Carol. Tenemos invitados.
-Es mi casa y puedo ser como me dé la gana.
-Que susceptible estás -nos interrumpió Enzo.
-No estoy hablando contigo -me encaré de nuevo a él.
-Venga chicos haya paz. He invitado a Enzo a cenar por lo bien que se ha portado conmigo en el hospital.
-Es su trabajo Álvaro.
-No seas borde Carol. Una cena no hace daño a nadie -concluyó mi hermano molesto.
Ante eso no tenía argumentos, por lo que decidí callarme. No entendía porque mi hermano había invitado a Enzo, ni porque yo me comportaba así al verle. ¿Sería verdad que tuvo un trato especial con mi hermano en el hospital? Pero que trato iba a ser ese, ¿ponerle doble ración de galletas en el desayuno?
Pensé en el momento que me cogió antes de caer al suelo en el pasillo y suspiré. En el fondo él no hacía nada malo salvo defenderse de mis comentarios mordaces.
-¿Y qué vamos a cenar? -pregunté con una sonrisa forzada.
-Así me gusta hermanita.
-Hemos pedido comida china –dijo Claudia que como siempre se había mantenido en un segundo lugar.
-Está bien. Voy a darme una ducha y a ponerme algo más cómodo -dije señalando mi indumentaria -¿Y Sofía?
-Ha llamado para decirme que cenaba fuera.
-¿Otra vez?
Claudia asintió a modo de respuesta.
-Bueno –me encogí de hombros y me dirigí a mi habitación. –Ahora vuelvo.
Cuando salí minutos después duchada y cambiada me dediqué, desde el umbral de la puerta, a mirar la estampa que daban mi hermano, Claudia y Enzo.
La mesita del salón estaba repleta de platos de comida asiática. Mi hermano y Claudia estaban sentados en el sofá y pude percatarme a simple vista de su proximidad, Enzo estaba frente a ellos sentado en un cojín en el suelo y habían dejado a conciencia un cojín al lado de él. Algo había dicho mi hermano que los había hecho reír a todos, y entonces me fije en la risa de Enzo. Era divertida, tan contagiosa que no pude evitar sonreír. No recordaba haberlo visto tan natural en las veces que nos habíamos cruzado.
Eché a andar hacía ellos antes de que alguno pudiera volverse y verme ahí parada mirándolos.
Me senté en el cojín que me habían preparado y sonreí a Enzo que me miró esperando algún comentario por mi parte, sin embargo me puse a cenar sin decir nada y vi por el rabillo del ojo como el médico fruncía el ceño dudoso. Había tomado la decisión de dejarme llevar por esa noche e intentar pasarlo bien con ellos.
Estábamos terminando de cenar charlando animadamente y ya nos habíamos bebido dos botellas de un Rioja que había traído nuestro invitado cuando la estúpida canción de mi móvil, anunciando que era mi jefe, cortó nuestra conversación. Me levanté tan cabreada que me tropecé con el cojín. Estaba a punto de dejarme los dientes en el suelo cuando los reflejos de Enzo, una vez más, evitaron mi caída. Con una rapidez asombrosa se recostó hacía atrás, lo que hizo que en vez de pegar mi cara contra el suelo, quedase a escasos centímetros de la suya.
Tenía la mirada fija en mis ojos y yo en los de él, hasta que mi subconsciente dirigió mi vista hacía su boca. Por la proximidad entre nosotros, pude ver que tenía unos labios carnosos y muy sensuales, y mi cuerpo reaccionó con el deseo de besarlos, hasta que lo oí hablar y las ganas se esfumaron con la misma rapidez que habían llegado.
-¿Estás cómoda? -Sus labios se curvaron en una sonrisa
Aparté mi mirada y me incorporé rápido poniéndome de pie.
-Gracias –contesté escueta y me dirigí hacía mi dormitorio para contestar mi maldito teléfono que seguía sonando una segunda vez. Así era Ricardo: insistente y absorbente.
Pasados unos minutos colgué y volví al salón.
-¿Qué quería ese pesado?
-¿Qué pesado? –preguntó Enzo mirando a mi hermano.
-Hablar de trabajo –me adelanté antes de que Álvaro dijese nada.
-¿Y no puede esperar al Lunes?
-Así es Ricardo.
Si supieran que me había llamado para decirme que mañana tenía una comida importante y necesitaba que le aconsejase que ponerse -pensé.
Me fijé que Enzo fruncía el ceño por segunda vez.
¿Qué más le dará a él quién me llamé? -pensé.
Continuamos una hora más sentados alrededor de la mesita con los restos de comida aún en ella, y terminándonos una tercera botella vino, sin incidentes ni comentarios malintencionados.
-Brindemos –dijo mi hermano levantando su copa.
-¿Porqué? –pregunté.
-Por el presente y el futuro –concluyó guiñándome un ojo para acto seguido mirar a Claudia.
Tras chocar nuestras copas, mi hermano y Claudia decidieron salir al balcón a tomar el aire y despejarse un poco, dejándonos a Enzo y a mi ahí sentados.
-Creo que debería irme a casa.
-¿Ya? –solté sin pensar debido a la ingesta de alcohol en mí sangre.
-¿Quieres que me quedé? –me preguntó con esa media sonrisa ya habitual.
-Yo… No… Sí… Esto… -balbuceé
-No creía que fueras tan indecisa.
Su respuesta sonó con segundas.
-Si crees que debes irte, yo no te lo voy a impedir -me puse en guardia.
-¿Qué me propones para quedarme?
-Nada. No seas vanidoso.
-¿Vanidoso yo? ¿Qué estás pensando pelirroja?
-No estoy pensando nada. Eres tú el que has hecho la pregunta.
-Mi pregunta puede significar cualquier cosa. Todo depende de cómo tú la interpretes.
Puse los ojos en blanco.
-¿Nunca te han dicho que estás sexy cuando haces eso?
Lo miré… Me miró… Ambos nos miramos sin decir nada…
Acercó su cara hacía la mía y yo guiada por el momento, torcí mi cabeza hacía la derecha y separé mis labios. Él se dio cuenta del gesto y se fue acercando cada vez más. Noté su aliento y aspiré de nuevo su olor. Seguíamos mirándonos mientras nuestras bocas se buscaban…
-¡Eh, chicos! ¿Ponemos música?
Ambos pegamos un bote y me separé lo más lejos posible de él cuando la voz de Claudia nos sorprendió acercándose a la mini cadena.
Maldije por dentro cuando vi la sonrisita puesta en la cara de mi hermano.
-Voy a ponerme una copa –dije mientras me incorporaba. -¿Alguien quiere una?
-¿Qué tienes de beber? –me preguntó Enzo.
-Ginebra.
-Está bien.
Asentí -¿Y vosotros?
-También –contestó mi hermano por los dos.
Cada vez veía más claro que entre él y Claudia había o habría algo en muy poco tiempo. La verdad es que ahora que me fijaba en ellos, no me incomodaba. Más bien, lo contrario. Mi hermano merecía volver a enamorarse de una mujer y Claudia necesitaba que alguien la cuidase. Podría irles muy bien juntos.
No pude evitar sonreír ante mis pensamientos.
Sin embargo, Enzo y yo…
La sonrisa se me congeló en los labios.
No. No funcionaría…
Habíamos cambiado el vino por el Gin-tonic y nos lo estábamos pasando bien. La música sonaba en el salón y mi hermano hacía piruetas con su pierna escayolada para bailar con Claudia. Enzo estaba sentado en el sofá mirándonos y yo bailaba sola, cerré los ojos y con mi copa en una mano, moví mis caderas al son de “Titanium” de David Guetta.
Cuando la canción terminó empezó otra. Está vez era Bruno Mars el que se oía por los altavoces instalados del salón, y su canción “Treasure“. Sin darme cuenta Enzo apareció detrás de mí, y me quitó la copa de la mano para dejarla en el mueble bar, mientras que con su mano libre puesta en mis caderas, me giró hacía él y me susurró:
-¿Bailas conmigo?
Asentí mientras tragaba el nudo de emociones que se había formado en mi garganta y pasé mis manos alrededor de su cuello. Iba bastante ebria y la luz tenue del salón combinada con el olor del médico me estaba nublando la cordura. La canción era bastante movidita, y Enzo tenía la destreza de pegar su pelvis a mi cuerpo y hacerme bailar a su son. Me dejé guiar por sus movimientos mientras la canción se colaba en mis oídos. Decía tanto la letra en ese preciso instante que volví a cerrar los ojos e imaginé que Enzo estaba cantándome.
“…Tú eres mi tesoro… Dulzura, eres mi estrella de oro…
Sé que puedes hacer que mi deseo se haga realidad…”
Cuando terminó abrí los ojos y vi que Enzo tenía la mirada fija en mí, esa mirada azabache que se colaba en lo más hondo de mi alma. Estábamos tan pegados el uno al otro que podíamos fundirnos en un solo cuerpo. Pasé mi lengua por mi labio inferior humedeciéndolo, instándolo a que me besase. Algo que deseaba mi parte irracional desde que lo conocí, pero cuando parecía que captó el mensaje y su boca rozó la mía, la puerta de entrada se cerró de golpe y las luces se encendieron.
-Qué bonito –espetó Sofía.
Los cuatro nos giramos a mirarla. Por las pintas que traía diría que iba el doble de borracha de lo que podía estar yo en ese preciso instante. Me separé de Enzo y me acerqué a mi amiga.
-¿Estás bien?
-¡Oh tranquila! Sigue con tu jueguecito que yo no os voy a interrumpir.
-¿Sofía que pasa? –le pregunté cogiéndola del brazo.
-Suéltame -contestó apartando su brazo de un tirón. -Me voy a la cama -y se encaminó hacia el pasillo.
Me giré hacía los otros tres que estaban pasmados y sin moverse desde que Sofía había entrado en casa.
-Lo siento pero creo que la fiesta ha terminado.
Todos asintieron y Enzo cogió su chaqueta para irse. Cuando pasó por mi lado sin esperármelo, me dio un casto beso en la mejilla, y con un simple: “gracias” se despidió del resto, para dirigirse a la puerta.
Me encaminé hacía la habitación de mi amiga dejando en el salón a mi hermano y Claudia.
Llamé varias veces a la puerta y al final decidí entrar sin ser invitada.
Sofía estaba tirada en la cama llorando.
-¿Cielo que pasa?
-Nada. Márchate.
-Y un cuerno –le contesté y me senté a su lado en el borde de la cama. –No me muevo de aquí hasta que me lo cuentes.
Mi amiga lloraba y yo esperé en silencio hasta que sus sollozos se fueron calmando poco a poco.
-Es Víctor.
-¿Qué ha pasado?
-Él… Yo… Nosotros…
-Si no fuera porque es un momento delicado te soltaría una burrada.
Conseguí hacerla reír.
-Nos hemos liado.
-Pero eso es bueno, –dije con efusividad y al ver su cara cambié el gesto -¿o no?
-No lo sé Carol. Hemos pasado una semana viéndonos al salir del despacho. Nos hemos acostado y… – Las lágrimas comenzaron a aflorar de nuevo por el rostro de mi amiga.
-Y… ¿Qué? Continúa.
-Hoy me ha dicho que tenía que sincerarse conmigo, que su ex le había pedido volver.
Me quedé callada.
-¿Qué voy hacer Carol?
-Por partes, -cogí aire -ella le ha dicho de volver, ¿pero él que quiere hacer?
-No lo sabe. Dice que siente algo por mí, pero que ella le da pena y…
-Sofía, si Víctor decide volver con su ex por pena, es que la madurez en él brilla por su ausencia. Por ti siente algo y por ella no. Dale tiempo. Espacio. Que él sopese y decida, pero déjale claro que tú no vas a estar esperándole siempre.
-Supongo que tienes razón.
-Claro que la tengo. Ahora descansa y mañana habla con él. Como una mujer madura que eres dile que le das tiempo para que se aclare, pero que tenga en cuenta que el tiempo pasa y tú no vas a estar sentada toda la eternidad, y sobretodo mientras se decida no te acuestes con él. Deja que te eche de menos.
-Vale.
-Así me gusta -dije dándole un beso en la frente -y ahora duerme. Yo también me voy a acostar.
-Carol –me llamó cuando ya estaba en la puerta para salir. –Gracias por estar siempre ahí. Siento haberte fastidiado la noche.
-No seas tonta. No has fastidiado nada –concluí guiñándole un ojo.
Cuando me acosté en mi cama en la más absoluta oscuridad, vi que mi teléfono móvil parpadeaba.
Tenía un mensaje nuevo.
“Si Mahoma no va a la montaña… Buenas noches, pelirroja.”
Leí tres veces el mensaje con una sonrisa dibujada en mi cara.
Decidí contestarle:
“Te faltan narices para según qué cosas… Buenas noches doctor. “










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