¿Qué nos queda cuando no queda nada?
Soy joven y en muchos aspectos inexperta, en algunos otros estoy demasiado puesta y en otros se más de lo que me habría gustado saber.
He aprendido mucho tanto de personas cercanas a mi entorno como de mi misma. Me he ilusionado y he sonreído con los pequeños detalles. También me he enfadado y he llorado en momentos que jamás pensé que lo haría. Siempre lo he dicho: no hay que arrepentirse de nada, todo en esta vida es un pellizquito de experiencia, tanto si es para bien como si es para mal. Las personas, los momentos, las circunstancias nos enseñan a soñar despiertos y/o a abrir los ojos antes o después de pegarnos la torta contra la pared. Pero se trata de eso, de asumir riesgos, de comprometerse, de pegarse la leche y después aprender a levantarnos. Es muy fácil decir que yo no voy a tropezar de nuevo, pero ya os digo que en la práctica todo se vuelve contra ti. Lo digo de primera mano. Que yo soy muy bocas de: «Esto me ha pasado una vez y no más» y me he comido (porqué lo mío es de nivel superior a tropezarme) la piedra una media de entre cinco y seis veces. Quiero matizar que no hablo de relaciones personales (aunque también), mis piedras no son sólo hombres, cualquier ser viviente que me ha defraudado en algún momento del camino ha hecho tragarme mi orgullo y volver a confiar creyendo que podría ir bien. La gente que me conoce de hace muchos años y me ha hecho daño a lo largo del camino tiene una imagen bastante equivocada de mi y se quedan con esa imagen para no culparse a si mismos. Sólo mi yo interior sabe a quienes y cuántas veces he perdonado y cuánto he abierto mi alma exponiendo el daño recibido por miedo a perder a esas personas. Considero que la envidia está de más y te hace un daño terrible. Que tire la primera piedra quién nunca haya sentido celos de un familiar, amigo, compañero o conocido, porque siempre, en algún momento de tu vida, ese sentimiento ha aparecido. Y no me vale eso de: «Que envidia sana te tengo». Por que es la manera sutil de disfrazar: «Como me jode que te esté pasando a ti.» He perdido gente por culpa de ambas partes: quizás me cansé de luchar, quizás no quisieron perdonarme a mi. Sé que aún perderé a más personas por esta misma razón. Por que es muy fácil ver la paja en el ojo ajeno, es muy fácil echarnos flores de lo que un día hicimos por ellos, pero leñe, que difícil es reconocer cuando la tortilla estaba del revés. Eso se olvida con facilidad. Y yo pienso: «¿No es triste alejarse de una persona por el simple echo de que le vayan bien las cosas?» Porque como siempre he dicho: todos ven lo que tu quieres enseñar. Sólo los que de verdad están ahí han conseguido que les muestres como realmente eres, y de verdad que hay gente que me conoce bien poco. A veces ni yo misma me reconozco. Y duele. Duele ver como eras antes y en lo que te vas convirtiendo por interés propio. He perdido personas muy importantes para mi porque la vida me las ha arrebatado y sé, por mucho que digan, que sólo quien lo vive es capaz de llegar a comprenderte. Y yo pienso: ¿Merece la pena perder a esa persona por voluntad propia? Yo perdí por voluntad propia a alguien porque pensé (egoistamente) que cuando quisiera podría volver a recueperarla, y la vida me ha dado la lección más grande del mundo. Esa persona se fue y nunca pude despedirme. Tengo tanto guardado en mi interior que ahora no vale de nada sacarlo. Los minutos y las horas pasan, los días comienzan y acaban… Creo que deberíamos valorar más a las personas cercanas o a es@s amig@s que siempre han estado ahí y que ahora guardamos en el fondo de armario porque estamos ocupados o hemos conocido gente nueva. Porque esas personas un día se irán y te quedarás con la espina clavada de todo lo que pudiste haberle dicho o compartido.
Me he quedado con varias páginas en blanco sin destinatario donde voy escribir muchos sentimientos para después quemarlos.
Feliz domingo!
Ava.










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