Pasó el fin de semana y con él mi buen humor. Me había tirado los dos días del sofá a la cama. Sofía se había ido temprano el sábado, a hablar con Víctor, y no volvió hasta el domingo bien entrada la noche, yéndose directa a su habitación. Yo mientras tanto, tuve que aguantar el coqueteo entre mi hermano y Claudia, que cada vez era más notable y en esos días me sacaban más de quicio. Desde mi contestación, no había sabido nada más de Enzo. De ahí el único motivo por el que tuviese un humor de perros. Intenté distraerme viendo la tele, pero todo eran películas románticas de sobre mesa, y cuando me hartaba, me metía en mi dormitorio a escuchar música o leer un libro que tenía a medias desde vete a saber cuándo. Siempre que lo abría me tocaba volver a leer el capítulo donde había puesto la marca para acordarme de que trataba. No había manera de concentrarme. A la mínima echaba un vistazo a mi teléfono que descansaba sobre la mesilla, y maldecía por dentro al no tener ningún mensaje o llamada.
Así pasaron mis dos días de descanso y llegó el lunes. De vuelta a la oficina, esta vez intentando concentrarme en redactar una demanda de divorcio, sin mucho éxito.
-Buenos días Carolina – me saludó mi jefe acercándose a mi mesa.
-Buenos días Ricardo. ¿Qué tal la comida?
-Agotadora.
-¿Mucho trabajo?
-Mucha familia.
-Ah.
Me llamó para decidir que se ponía en una comida familiar. ¿Y su mujer no podría aconsejarle? Al final creerá que su marido y yo tenemos una aventura.
Dios me libre –pensé.
-¿Cómo va esa demanda?
-Bien –contesté mirando hacía los papeles de mi mesa. –En un rato la tendrás en tu despacho.
-Perfecto. Cuando termines avísame que tengo otro informe que has de preparar.
-¿Recuerdas que mañana tienes el juicio de la Sra. Antúnez?
-De ahí el informe Carolina.
-Ya, claro.
¿Por qué no me sorprenderá? –me pregunté a mi misma.
-Me voy a mi despacho que tengo asuntos que resolver, –y se giró sobre sus pasos en dirección a la puerta. -No tardes -dijo antes de cerrar.
¿Asuntos que resolver? Seguro que se dedica a revisar las fotografías de su fondo de armario… En fin, mi trabajo es así. Yo lo hago todo, y él… Él no hace nada.
A mitad de mañana decidí hacer un descanso, por lo que me encaminé a la cocina a por un café y de paso, llamar a Sofía.
Al segundo timbrazo contestó:
-Dime Carol.
-Hola a ti también.
-Perdona, pero llevo una mañana de locos en el bufete.
-¿Mucha faena?
-Agobiante.
-Bueno, mejor tener faena que mirar al techo.
-Sí. Supongo. Pero dime, ¿querías algo?
-Invitarte a comer.
-Vaya. Que sorpresa.
-Déjate de sarcasmos guapa, que no es la primera vez.
Mi amiga soltó una carcajada al otro lado de la línea. –No mujer no es eso.
-Entonces, ¿te animas?
-Está bien, ¿dónde quedamos?
-Podemos ir a la tasca como siempre.
-Uhmm. Suena genial. ¿A las dos allí?
-Perfecto. Nos vemos en un rato.
-Un beso Carol.
-Chao.
Cuando corté la comunicación revisé mi móvil por enésima vez.
Sin noticias de Enzo…
Respiré hondo y me guardé el teléfono en el bolsillo del pantalón con frustración.
Sabía que tenía que olvidarme de él. No tenía tiempo para pensar en hombres, y mucho menos para complicarme la vida.
De pronto, una idea cruzó mi mente y cogí mi móvil de nuevo para marcar un conocido número.
-Que sorpresa cariño –me contestó al descolgar.
-La sorpresa te la daré en unos días. Voy a ir a verte.
-¿Enserio? Qué alegría más grande.
-Sí. El viernes me cogeré el día libre e iré para allí.
-Perfecto. Tengo muchas ganas de verte.
-Y yo. Un beso mamá.
-Un beso mi niña.
No había nada mejor para olvidar lo que no había empezado, que yéndome unos días al pueblo.
De vuelta a mi mesa, y tras haberme espabilado con el café, me concentré en mi faena. A las dos de la tarde, ya había terminado la demanda y tenía medio preparado el juicio para el día siguiente. Antes de que mi jefe pudiera encargarme algo más, cogí el bolso y la chaqueta y me encaminé hacía la puerta.
Cuando entré en la tasca, que estaba repleta de gente, visualicé a Sofía sentada en nuestra mesa de siempre.
-Hola guapa –me saludó desde el otro lado de la barra el dueño del bar.
-Hola Toni –le contesté con una sonrisa, y me dirigí hacía donde Sofía estaba esperándome.
Enseguida que tomé asiento, apareció junto a nosotras uno de los camareros a tomarnos nota. Una vez anotado lo que íbamos a pedir: Unas bravas y un chivito para compartir, acompañado de una caña y una clara; puse toda mi atención en mi amiga.
-¿Y bien?
-¿Y bien qué? –me miró extrañada.
-Que me cuentes lo de Víctor.
-Ah.
-¿Cómo que “Ah”? Suelta ya lo que hablasteis.
-Hablar, lo que se dice hablar…
-Sofía –le recriminé levantando la voz más de la cuenta, pues me percaté que algunas personas se giraron a mirarnos. –Cuéntame que pasó. Menos los detalles escabrosos, por favor. Apiádate de mí.
-¿Pero no te tiraste al Doctor?
-No.
-¿Qué? –Ahora era mi amiga la que levantaba la voz.
-Shh… Que la gente nos mira.
-Me da igual. ¿Qué pasa contigo?
-¿Qué pasa conmigo de qué?
-Oh Carol… Tienes a un hombre que está tremendo a tu alcance, y no has hecho nada.
-Eso no viene al caso. Hemos venido a hablar de ti y Víctor.
-No. Tú me invitabas a comer pero sin decirme el porqué de esta invitación.
-Estaba claro Sofía. El viernes llegaste fatal a casa y no te he visto en todo el fin de semana.
-No hay mucho que contar.
-Tú cuéntame lo que haya que contar, y ya decidiré yo si es mucha o poca información.
Pasados tres cuartos de hora, entre bocado y bocado, escuché con atención cómo Sofía me narraba el fin de semana con su jefe. Ella había ido hasta él para darle a elegir entre su mujer y ella, y después de un fin de semana de cama y cena a la luz de las velas, había vuelto a casa el domingo sin tener claro si la había elegido a ella, o la había entretenido para no darle una respuesta.
Cuando terminó de hablar me miró esperando una respuesta. Respiré hondo y me tomé mi tiempo hasta que dirigí mi mirada hacía ella.
-No sé qué decirte Sofía.
-Pues lo que pienses. No es tan difícil.
-Para mí sí.
-¿Por qué?
-Porque igual no te gusta.
-Vaya –dijo sin más antes de cambiar la dirección de su mirada.
-Sofía –la llamé poniendo mi mano encima de la suya. –Sinceramente, deberías haber evitado acostarte con él. Solo haber ido a hablar.
-¿Y eso cómo se hace?
-¿Perdón?
-Carolina tú no estás enamorada. No lo has estado nunca joder -retiró su mano. -No sabes lo que es tener frente a ti al hombre de tus sueños y mantenerte fría como el hielo cuando él te acaricia. Yo quiero su amor. No alejarlo de mí.
-Estás muy equivocada. No hay que estar enamorada para dejarte pisotear. No te va a querer más porque te acuestes con él en cuánto te lo pida. Se trata de que le hagas ver que te puede perder, porque su amor, aunque te duela lo que te voy a decir, ahora está dividido entre tú y su mujer.
-Si no me tiene a mí, se irá a por ella.
-Eso es de ser egoísta. ¿Realmente mereces un hombre así?
-No lo sé –me contestó abatida, mientras apoyaba los codos en la mesa y se tapaba la cara.
-Vamos cielo. No te vengas abajo. A los ojos de cualquier hombre eres maravillosa. Podrías tener al que quisieras.
-Eso no es verdad. Al que quiero tener no lo tengo como yo quisiera.
Touché…
Mi amiga me había dejado sin palabras. No sabía qué contestarle para animarla, y por dentro deseaba que Víctor ardiera vivo por lo que le estaba haciendo pasar.
Le acaricié el brazo con suavidad, mientras buscaba en mi interior como animarla.
-Sé fuerte cielo. Encontraremos una solución a todo esto.
Levantó la cabeza y me miró con los ojos vidriosos.
-Gracias Carol. Eres la mejor amiga que un día pude encontrar.
-Si yo misma me di cuenta de cuánto merece la pena tenerte a mi lado, si no Víctor, cualquier otro lo verá también.
Terminada la comida y un poco más animadas, nos despedimos en la puerta de la tasca para dirigirnos cada una a su despacho.
La semana se me pasó volando. Había estado tan sumergida en mi trabajo que los días me habían parecido simples horas despierta, y llegaba tan exhausta a casa, que dormía del tirón, sin sueños ni pesadillas que me desvelasen a media noche.
Mentiría si no dijese que los tres primeros días había revisado mi teléfono con frecuencia a la espera de recibir noticias de Enzo que no llegaron. Hasta le hice a la pobre Irene en dos ocasiones, que me mandase un mensaje por si no me funcionaba correctamente. El móvil estaba en perfectas condiciones, era mi cabeza la que empezaba a fallar.
Llegó el viernes y me invadió una sensación de plena tranquilidad. No solo porque me había pedido el día por asuntos propios y me fuera al pueblo, sino porque desde que me había levantado esa mañana, mi móvil descansaba en la mesilla de noche, sin interrupciones por mi parte.
Ya tenía la maleta hecha y estaba despidiéndome de mi hermano que seguía con la pierna en alto, cuando oí la melodía de mi móvil anunciando un mensaje nuevo. Me quedé petrificada.
-¿Carol estás bien?
La pregunta de mi hermano me devolvió a la vida real.
-¿Qué?
-Me preocupas hermana. Llevas una semana que apenas hemos hablado. Andas como sonámbula por la casa y vuelves muy tarde del despacho.
-He tenido mucha faena esta semana –le contesté con una tímida sonrisa.
-¿Solo eso?
Mi hermano era difícil de engañar.
-Si claro. Por eso me voy unos días fuera. Necesito desconectar.
-¿Y a dónde vas?
Por un momento pensé en decirle que iba a ver a nuestra madre, pero lo descarté en seguida de mi cabeza. No sabía si mi hermano había superado ya lo de su ex. Lo que empezaba a tener con Claudia parecía muy intenso, pero no quería tantear a la suerte, y por otro lado, estaba Enzo. No sabía si seguían ellos en contacto, y después de esa semana, quería romper cualquier trato con él. Pensaba que contra menos supiese de mi vida, y por lo visto, yo de la suya, sería mejor para mí.
-Me voy a una casa rural que he alquilado en un pueblo perdido -mentí.
-¿Qué dices? Tú no estás bien.
-¿Por qué?
-¿Te vas sola?
-Claro. Ya te he dicho que quiero desconectar.
-¿De quién?
-¿Cómo que de quién? De mi trabajo Álvaro, de mi jefe.
-La verdad es que no sé por qué sigues trabajando para él.
-Pues porque me paga las facturas y puedo comer.
-Pero te mereces algo mejor. Joder Carol, que estás licenciada en Derecho.
-Pero si no hay trabajo, ¿qué quieres que haga? No puedo quedarme aquí sentada esperando que venga a mí y tampoco tengo dinero para ejercer por mi cuenta.
-Supongo que tienes razón, pero me revienta como te trata.
-Soy secretaria hermanito. Esa es mi función.
-Dentro del horario laboral sí, pero fuera…
-No le des más vueltas. Yo no lo hago y vivo feliz conmigo misma.
-¿Y no quieres ser más feliz?
No sabía si esa pregunta iba con segundas intenciones, pero preferí no indagar.
-Vivo el presente y me tengo que ir ya –le dije mirando con descaro el reloj de mi muñeca.
-Llámame cuando llegues.
-Está bien, pero disfruta del fin de semana y no te preocupes por mí –me agaché a darle un beso en la mejilla y me encaminé hacia mi habitación.
Entonces, recordé que mi teléfono había sonado.
Me senté en la cama y lo cogí sin interés, imaginando que era Irene la que me había escrito.
Cuánto patinaba a veces…
“Te invito a cenar esta noche.”
Mi mente se bloqueó y tuve que releer el mensaje tres veces, a la vez que comprobaba otras tres, el remitente del mensaje.
No me lo podía creer…
Pegué un bote de la cama cuando mi móvil anunció la entrada de otro mensaje nuevo.
Pulsé el icono y lo abrí:
“¿No vas a contestar?”
¿Y qué quieres que te conteste? -le dije a mi móvil como si éste me fuera a responder.
Respiré hondo un par de veces y escribí:
“Ya tengo planes para este fin de semana. Cuídate.”
Pulsé enviar y acto seguido recibí una respuesta a mi mensaje:
“¿Con quién?”
Y a ti que narices te importa. Me habría encantado responder. Sin embargo escribí:
“Tengo prisa. Ya nos veremos.”
Me quedé unos segundos mirando la pantalla de mi teléfono, pero ya no obtuve respuesta.
No lo pensé dos veces, para no echarme atrás y poder seguir con mi plan. Apagué el teléfono y lo guardé en el interior de mi bolso, me cargué al hombro la mochila con la ropa que horas antes había guardado, y salí de mi habitación dispuesta a marcharme.
Cuando entré en el salón mi hermano estaba hablando por teléfono, así que decidí no molestarle y le lancé un beso al aire con mi mano. Él me devolvió la despedida con un guiño de ojo, y salí de casa en dirección a mi coche.










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