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La Habitación de Ava
Un sueño inesperado 0

CAPITULO 10

Por Ava Tamsen @@ava_tamsen · On 14 abril, 2016


Tres cuartos de hora después, me encontré con mi madre esperándome en la puerta de su casa.

Su cálida bienvenida acompañada de un fuerte abrazo hizo que me entrasen unas incontrolables ganas de llorar, que conseguí frenar a tiempo.

-Mi niña pero que guapa estás.

-Gracias mamá. Tú también estás genial y más delgada.

La miré de arriba abajo. Mi madre, aunque es normal que yo lo diga, era maravillosa. Se preocupaba tanto por la gente que la rodeaba, que a veces llegaba a ser asfixiante, pero lo hacía tan desinteresadamente que te ablandaba el corazón. Era bastante más alta que yo, y a sus 50 años era toda una señora de la moda. Su pelo castaño estaba cubierto de finas mechas rubias y sus gafas de pasta moradas la hacían más juvenil. Siempre iba maquillada y arreglada, pero no en exceso. Lo que le hacía no pasar desapercibida allá donde iba, ni entre los hombres, ni entre las mujeres de su edad, que por sus miradas, podías darte cuenta de cuánto la envidiaban, pero mi madre era tan guapa por fuera como por dentro. Cuando perdió a mi padre, creía que nunca se recompondría, pero demostró tanta entereza con mi hermano y conmigo que me asombró, y aunque mi hermano decidió quedarse a vivir con ella, yo dentro de mí sabía que mi madre ya había aprendido a vivir por sí misma.

-Vamos dentro que tengo una botellita de vino esperándonos. Quiero que me cuentes todo lo que te haya pasado desde la última vez que estuviste aquí.

-Mamá en dos meses mi vida no ha cambiado lo suficiente.

-Yo creo que sí.

Con esa frase, mi madre se dirigió hacia la cocina y yo me senté en el sofá con el ceño fruncido. ¿Qué había querido decir?

Cuatro horas y media después, con la botella de vino vacía en la mesita, mi madre ya me había sonsacado el accidente de mi hermano y el encuentro con Enzo. La capacidad de las madres para averiguarlo todo nunca dejaría de sorprenderme. A mi parecer es como un chip que adquieren al dar a luz con el que consiguen averiguar de ti hasta tú más diminuto secreto con solo mirarte a los ojos.

Estaba tan callada que empecé a preocuparme.

-Mamá, lo de Álvaro ha sido un pequeño susto. Solo tiene una pierna rota y entre las tres lo estamos cuidando muy bien. Es más, creo que alargará su estancia allí –le dije con una sonrisa en los labios pensando en Claudia.
De momento, era algo que mi madre no me había conseguido sonsacar. No quería que se hiciera ilusiones, pues ambas sabíamos cuánto habíamos padecido por la obsesión de mi hermano con su ex.

Silencio…

-¿Mamá? –insistí

-Cariño tengo algo que contarte.

Entonces la que se preocupó fui yo.

-¿Qué pasa? –pregunté intentando que no notase el temblor de mi voz.

-Verás…

Más silencio.

-Por favor mamá suéltalo ya.

No me miraba. Tenía la vista fija en un punto del televisor apagado.

-He conocido a un hombre.

Como un jarrón de agua fría venido de ninguna parte, me congeló cualquier palabra que pudiera articular. En ese momento, mi madre dirigió su mirada hacía mí. Tenía los ojos llorosos y eso me preocupó todavía más. Ese hombre a mi madre le importaba, y mucho.

-¿No vas a decir nada?

Ahora el silencio venía de mí.

-Dime algo por favor –insistió.

-¿Vais en serio? -conseguí hablar al fin.

-Supongo que sí.

-¿Desde cuándo?

-Hace seis meses.

-¿QUÉ? –grité y me incorporé veloz del sofá mirándola acusadoramente.

-Cariño siéntate.

-No quiero.

-Te estás excediendo.

-Y una mierda.

-No digas tacos, jovencita. –Ahora era mi madre quién levantaba la voz.

-No me fastidies. Hace seis meses que me mientes.

-Yo nunca te he mentido.

-¿Cómo qué no? Hace seis meses que sales con un hombre.

-Tú nunca me preguntaste.

-No seas hipócrita mamá. Vengo aquí, te cuento todo de mi vida y tú omites algo así.

-No te lo conté porqué sabía cómo ibas a reaccionar y no iba a hacerte pasar por esto hasta que lo tuviera claro.

-Y ahora ya lo tienes, ¿no?

-Estás siendo muy egoísta.

-¿Egoísta yo? Que no se crea el ladrón que todos son de su condición.

-¿Qué querías que hiciera? ¿Vivir sola eternamente? ¿Morir sola?

Una vez más, mi madre sin proponérselo me cerró el pico.

-Siéntate por favor. Vamos a hablar como personas adultas que somos.

Le hice caso, pero me senté lo más alejada suya posible.

-Cariño…

-Omite los apelativos ahora.

-Surgió sin más. Francisco es…

-¿Así se llama?

-Es el dueño de la Pacheca.

-¿Paco? Pero si nos ha visto crecer…

-Y era amigo de tu padre, y también viudo.

-¿Y habéis decidido consolaros mutuamente?

-No seas arisca, ¿quieres?

-¿Y por qué me lo cuentas ahora? Oh no… ¿Os vais a casar? –pregunté horrorizada.

-No Carolina. No vamos a casarnos. Solo…

-¿Solo qué?

-Va a venirse a vivir aquí.

-¿Y Álvaro?

-A Álvaro no le importa.

En ese momento mi madre, al ver el gesto de mi cara, se dio cuenta tarde que había echado más leña al fuego.

-¡¿Qué Álvaro lo sabía?! –levanté la voz de nuevo.

-Vive aquí cielo.

-¿Qué pasa que si no vives aquí no eres parte de la familia?

-No digas eso. Carolina se objetiva. Yo a tu padre siempre lo he querido y siempre lo querré, pero Francisco hace que mis días sean más llevaderos. Los dos hemos sufrido en la vida y ambos empezamos ayudándonos mutuamente. El roce hace el cariño y al final, no se ha podido evitar lo inevitable.

-Estoy cansada mamá. Me voy a echar un rato.

Mi madre que, como madre que es, siempre lo entiende todo. Asintió con la cabeza y no dijo nada más.
Me levanté del sofá y me dirigí a mi antigua habitación para tumbarme en la cama, pero no tenía ganas de dormir, solo quería dejar aflorar mis lágrimas libremente.

Cuando me desperté ya había amanecido de nuevo. Oí ruido en la cocina y decidí levantarme. Esa noche, entre lágrima y lágrima, estuve pensando antes de que me venciera el sueño y había tomado una determinación. Era hora de ponerla en práctica.

-¿Se puede? –pregunté en el umbral de la puerta.

Mi madre estaba en el fregadero de espaldas a mí y noté como se tensaba al oír mi voz. Se giró despacio y me miró. Entonces comprobé que no había sido la única que había estado llorando en esa casa.

No lo pensé dos veces, me envalentoné y en dos pasos me puse frente a ella. Alcé mis brazos y la abracé ante su mirada aturdida.

-Perdóname mamá. Tanto papá, como Álvaro, como yo queremos que seas feliz. De la forma y con la persona que sea.

Después de diez años mi madre volvía a llorar abrazada a mí. La última vez que viví esa situación, estábamos en el mismo lugar y de la misma postura. La diferencia era que por aquel entonces, acabábamos de enterrar a mi padre después de que el cáncer venciera sus fuerzas, y ambas llorábamos desconsoladamente. Ahora yo mantenía mis lágrimas firmes para poder consolar a mi madre como se merecía.

Pasada la reconciliación entre madre e hija, el sábado pasó entre confidencias y risas.

Tuve que hacer de tripas corazón para no exteriorizar mis sentimientos, mientras mi madre emocionada me contaba cómo empezó su historia.
Había estado ayudando a Paco unos días en el bar cuando su hija había decidido irse a estudiar fuera, y se había visto atado sin cocinera. Me contó que desde el primer momento fue muy atento con ella y con que no le faltase de nada, hasta que una noche cerraron pronto el bar y decidieron cenar. Paco le confesó que siempre había estado atraído por ella, desde que mi padre la llevó al pueblo, y que él creía en todo ese rollo de: «La vida te da segundas oportunidades para ser feliz.» Que él había sido muy feliz con su mujer, pero hacía mucho tiempo que había fallecido y él necesitaba vivir y no ser un muerto en vida.

-Me besó Carolina -relataba mi madre.
-Mamá por favor, ahórrate las escenas no aptas para hijas que todavía se están acostumbrando a tu nueva situación sentimental.
-No seas angustias que ya eres mayorcita.
-Para según qué temas aún puedo tener pesadillas.
-Mira que eres borde

Me eché a reír y la abracé.
-Me alegro de verte así.
-Gracias hija -se ruborizó.
-¿Bueno y tú cuando me vas a presentar a tu novio?
-Yo no tengo de eso -dije rascándome el brazo exageradamente, como si tuviera urticaria.
-Carolina por favor céntrate. Ya tienes una edad para formar una familia.
-Ya tengo una mamá y te aseguro que tengo bastante.
-Tienes que formar la tuya propia.
-¿Para qué? ¿Porque lo hace todo el mundo?
-Que poco convencional eres hija.
-De eso se trata mamá.
-Bueno pero con el chico ese, el médico que me contaste ayer, ¿vais en serio?
-Directamente no vamos. O mejor dicho vamos en dirección opuesta.
-Pero a ti te gusta. Lo noté según me ibas contando vuestros encuentros.
-Me atrae sí, pero hemos discutido más veces de las que nos hemos hablado bien.
-Pero eso es bonito hija, no todo es regalarle los oídos, hay que librar batallas para después reconciliarse.
-Prefiero que nos saltemos la parte en la que me cuentas tu última reconciliación.

Mi madre se echó a reír mientras veía como se encendían sus mejillas.

Me dolía, me dolía muy en el fondo que mi madre hubiera rehecho su vida, pero no podía ser egoísta y obligarla a estar siempre sola. No era justo para ella, aunque yo sentía que estaba traicionando a mi padre. Por ella iba a tragarme mis sentimientos y a tragar con su nueva relación. Yo sabía que si se lo pedía mi madre dejaría a Paco, pero ¿qué iba a conseguir con eso? Mi padre ya no iba a volver jamás y mi madre se merecía ser feliz, aunque su felicidad a mí me costase mucho digerirla. Lo que si tenía claro era que a mi vuelta iba a tener una larga conversación con mi hermano. Me había sentado muy mal que en estos días no me hubiera contado nada, aunque tampoco él sabía que iba a ir el fin de semana al pueblo, si no igual se habría dado prisa en ponerme al día para evitarle a mi madre nuestro primer enfrentamiento.

Después de nuestra profunda conversación, fuimos a la Pacheca a tomar un café y a darle mi apoyo a Paco, el cual me agradeció con un efusivo abrazo que por poco me dejó sin respiración.

Por la noche me acosté temprano. Quería volver pronto al día siguiente y no había nada como el aire puro y el sonido de los grillos para coger el sueño profundo.

Y tan profundo…

Estaba tumbada de espaldas en mi cama mientras Enzo recorría cada centímetro de mi cuerpo con su lengua. Yo jadeaba a la par que arqueaba mi cuerpo ardiendo de deseo por él. Quería que me hiciera suya, fundir nuestros cuerpos hasta que el orgasmo nos alcanzase de lleno. Cada vez estaba más excitada. Me volvía loca como succionaba mi cuello mientras introducía dos dedos en mi interior. Ya no podía más, necesitaba sentirlo en mi interior, así que me giré hacía él para instarle a cambiar de postura…

Solté un taco tan fuerte que me incorporé de golpe cuando mis ojos contemplaron el rostro de mi jefe en el lugar donde tenía que haber estado el médico.

Cuando mi respiración volvió a su estado pausado, bastante rato después, pues entre el sueño y el susto final, creía que mi corazón no iba a volver a latir con normalidad, me dejé caer de nuevo en la cama con frustración y ya no pude pegar ojo hasta que los rayos del sol aparecieron por la ventana.

Mi vida se estaba convirtiendo en un viaje en coche, sin frenos y cuesta abajo.

Llegó el domingo y con el mi vuelta a la rutina. Tras despedirme de mi madre y de su novio, agotada puse rumbo a Valencia de nuevo.

 

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