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La Habitación de Ava
Un sueño inesperado 0

CAPITULO 12

Por Ava Tamsen @@ava_tamsen · On 10 mayo, 2016


Una semana y media después estaba tirada en mi cama mientras la voz de Bruno Mars inundaba la estancia.

A penas había probado bocado en todo el día, era sábado y me había tirado la mayor parte del día en el sofá hablando de nada en particular con mi hermano y Claudia. Ya habían hecho oficial que estaban conociéndose, aunque tras más de tres semanas durmiendo juntos creía que ya se conocían demasiado bien, pero me alegraba por ellos, y porque mi hermano hubiese conseguido cerrar el capítulo de su ex. Claudia a veces resultaba exasperante por su forma de comportarse, pero desde que estaba con mi hermano la veía más centrada, hasta tenía una prueba la semana siguiente para trabajar de camarera en el Abama. Tras darle el número de Carlos, éste la entrevistó y después me llamó a mí. Recuerdo que me dijo que le venía genial el puesto, que era muy bonita y simpática, y que le daría una oportunidad. Yo por mi parte me encargué de informarle de quién era su actual pareja para no dejar cabos sueltos.

Volviendo al día en cuestión. Eran las ocho y cuarto y tenía menos de una hora para arreglarme. Me levanté de la cama y me di una ducha rápida. Con el pelo húmedo y una toalla anudada al cuerpo abrí el armario, no podía quejarme de la ropa que había adquirido gracias a mi pequeño fondo monetario durante mi independencia, pero en ese momento todo me parecían trapos. O muy recatado o demasiado fresco, y esa noche no quería parecer ni una cosa ni otra.

Me dejé caer de nuevo en la cama y resoplé frustrada.

-¿Qué pasa por aquí? –preguntó Sofía abriendo la puerta de mi habitación.

-No sé qué ponerme –contesté haciendo un puchero.

-Entonces llego en el mejor momento.
Se acercó a mi armario y empezó a esparcir mi ropa por la cama, tanto que tuve que levantarme para dejarle sitio, mientras decía para sí misma esto no… esto puede… esto ni de coña…

-Oh! Esto me encanta, pero para mí.

Me reí y se lo quité de las manos. Era un precioso vestido negro ceñido al cuerpo por encima de las rodillas, tenía una pequeña apertura en la parte trasera de la falda y un pequeño escote en pico. Era de media manga y tenía un pequeño cinturón de diminutas tachuelas brillantes incrustadas en la tela justo bajo el pecho.

-No está mal –dije.

-¿Estás de coña? Es perfecto. No vais a llegar al postre –dijo mi amiga sonriendo con malicia.

-No seas perversa –le recriminé. A esas alturas y después de toda la semana no tenía claro si quería llegar al postre, o prefería que el postre fuera Enzo.

-Voy a darme una ducha. Yo también tengo planes –dijo Sofía dándome un beso en la mejilla antes de salir de mi habitación.

Volví a pensar en Enzo, como ya era costumbre.

Tras devolverle el beso aquella tarde en su consulta se había dedicado toda la semana a mandarme mensajes cuando sus guardias en el hospital se lo permitían. Sus mensajes habían sido dulces, halagadores y algo picantes. ¿O quizás esto último habían sido mis respuestas? No sé qué me pasaba pero me sentía como en una nube de la que no quería bajar. Me había dedicado de lleno a trabajar para que los días se me pasaran más rápidos.
El fin de semana anterior no pudimos vernos porque él tenía guardia en el hospital, por lo que yo había optado por trabajar también ese fin de semana para adelantar faena, y cuando Ricardo, y la fructuosa relación de Sofía con Víctor me lo permitían, me enganchaba al teléfono para poder contestarle.

El lunes siguiente, una semana después de aquel beso, me mandó al despacho una docena de rosas blancas con una tarjeta que me estremeció: “El olor de las rosas me recuerda a tu fragancia, y el tacto de sus pétalos al roce de tus labios. Cuento los días para volver a besarlos.”

Me sentía como una quinceañera en su primera relación. Decidí ponerle imaginación, cogí una rosa de las que me había regalado y me encaminé al cuarto de baño de la oficina. Allí saqué de mi bolso un pintalabios rojo que no me ponía desde hacía mucho tiempo y me pinté. Cuando estaba lista, posé mis labios en uno de los pétalos de esa rosa y volví a mi mesa, recorté un trozo de las carpetas que utilizábamos para guardar los informes y escribí: “Para que no te olvides de su forma.”

Llamé a la empresa que teníamos para los envíos y, tras el tiempo que hacía que me conocían, me hicieron el favor de venir a recogerla. Una vez llegó el mensajero, salí a la puerta a recibirlo y le entregué en un papel la dirección del hospital y el nombre por el que tenía que preguntar.

Una hora después recibí un mensaje en mi teléfono.

“Me estás volviendo loco, pelirroja.”

Y por fin llegó el sábado. Ahí estaba yo, indecisa por la ropa con la que vestirme para nuestra primera cita. Esa cena que tanto había insistido él por conseguir, por fin iba a realizarse y yo quería impresionarle. Además de otras muchas cosas.

Al final había optado por el vestido negro y unos zapatos de tacón. Estábamos casi en pleno invierno, pero en Valencia no helada con fuerza, así que me decanté por una blazer roja, y un pequeño bolso negro a juego con los zapatos. Me había recogido el pelo en un moño bajo con mechones entrecruzados y sujeto por unas horquillas. Había dado color a mis párpados con un tono oscuro y un toque de brillo a mis labios. Ya estaba lista, mirándome por cuarta vez en el espejo de mi habitación cuando el timbre de la puerta sonó.

En ese momento todas las dudas revolotearon a mí alrededor y sentí un millón de hormigas recorrer mi cuerpo.

¿Qué estás haciendo? ¿Crees que es lo correcto? Te vas a complicar la vida…

La cabeza me daba mil vueltas y acabé apoyándome en el resquicio de la puerta para no caerme al suelo. Poco a poco fui controlando mi respiración hasta que oi la voz de mi hermano que me llamaba desde el salón.

-Ya salgo –grité. Me di un último vistazo en el espejo y cogí mis cosas dispuesta a afrontar la noche.

Álvaro silbó cuando me vio aparecer y Enzo, que estaba de espaldas, se giró hacía mí. No dijo nada, se dedicó a recorrer mi cuerpo con su mirada de los pies a la cabeza mientras que en mi afloró una inseguridad que desconocía y que me hizo pensar que no había acertado con el atuendo. Al final reparó en mi mirada. Nos miramos fijamente sin decir nada, y yo no podía estar más tensa, quería volver sobre mis pasos y meterme en la cama, pero entonces ocurrió. Sus labios se curvaron en una sonrisa, esa sonrisa que empezaba a ser constante en mi cabeza, y se aproximó a paso decidido hasta mí.

Acercó su boca a mi oído y rozándolo me susurró:

-Estás preciosa, pelirroja.

Yo pronuncié, un escueto: “gracias” y acto seguido Enzo me dio un leve y suave beso en la mejilla.

-¿Nos vamos? –preguntó mirándome de nuevo a los ojos.

Asentí con la cabeza y maldije para mis adentros mientras nos encaminábamos hacia la puerta. O empezaba a comportarme como una mujer adulta y habladora o iba a pensar que tenía un problema mental. Aunque pensándolo bien, en donde me estaba metiendo no creía que fuera muy desencaminado en sus pensamientos.

Cuando nos introducimos en su coche no pude esconder mi asombro, no me percaté de lo increíble que era el día del accidente. Por fuera era todo negro, un negro elegante y por dentro toda la tapicería y asientos eran de color beige.

-Que pasada –dije en voz alta.

-¿Te gusta?

-¿Estás de broma? ¿Esto es cuero? –pregunté pasando mi mano con delicadeza por el asiento.

-Sí.

-Creo que me he equivocado de carrera.

-¿Por qué dices eso? –me preguntó.

-Porque viendo esto, –dije haciendo un círculo con mi dedo al coche en general- está claro que los médicos cobráis mucho más.

Soltó una carcajada que hizo que lo mirase ensimismada.

-¿Eres abogada, no?

-En realidad no, –resoplé –tengo la carrera de derecho, pero soy secretaria en el bufete.

-¿Y porque no ejerces?

-Porque no tengo los contactos ni la economía suficiente para montarme mi propio despacho.

-Todo es proponérselo.

-Sí. Si me he propuesto ahorrar para hacerlo realidad pero mira por donde cuando voy de compras me olvido de mi futuro.

-Si persigues tu sueño, se hará realidad.

-Que profundo te ha quedado eso.

-Fue un consejo de un buen hombre.

-¿Tu padre?

-Mi abuelo. Gracias a él soy lo que soy.

-Tendrá carácter el hombre. –Enseguida que lo dije me mordí el labio. A veces era una bocazas.

Lo miré esperando una mala contestación que no llegó, sin embargo se aproximó a mí y me dio un casto beso en los labios.

-¿Y esto? –pregunté desconcertada.

-He llegado a la conclusión de que es más fácil callarte con un beso que dialogando.

-Eso es un golpe bajo.

-¿Quieres otro?

-Ten cuidado que ya empieza a salirte la vena arrogante medicucho.

Volvió a reírse de nuevo y esta vez me contagió.

-¿Nos vamos? –preguntó al fin.

-Sí –asentí con la cabeza.- ¿Dónde vamos a cenar?

-Deja de ser tan curiosa, pelirroja. Déjate llevar –me contestó y pulsó un botón en su volante.

De pronto, la música de Bruno Mars inundó el coche. Se trataba de su canción “Treasure”, la misma canción que sonaba en mi casa aquella noche.

¿Coincidencia? Decidí no preguntar y dirigí mi mirada hacía la ventanilla para disfrutar del paseo mientras tarareaba en voz baja la canción.

-Ya hemos llegado –me dijo al fin, y puso el intermitente hacía la izquierda para aparcar.

El camino no había sido muy largo gracias al tráfico fluido de esa noche, y a pesar de que no habíamos hablado durante el trayecto, no había sido un silencio incómodo. Al menos para mí que me había dedicado a tararear todas las canciones de Bruno Mars, que sonaban por los altavoces del vehículo.

-Vale –contesté. Me moría por saber dónde íbamos a cenar pero no iba a preguntarle una segunda vez.

-Es ahí –señaló con el dedo hacía mi derecha, una vez aparcado el coche. Giré mi cabeza en dirección hacia el otro lado de la calle y vi el letrero de un restaurante. “La fragola.”

-¿Italiano?

-Desde que nací.

Me giré para mirarlo.

-¿Eres italiano?

-¿Decepcionada?

-No, para nada. Me encanta la pasta. –dije sintiéndome estúpida. –Imaginaba que no eras de aquí por tu pronunciación.

-¿Y de dónde creías que era?

-No me había parado a pensarlo.

-Vaya. Ahora el decepcionado soy yo.

-¿Porqué?

-Porque no te hayas parado a pensar en mi –y curvó de nuevo sus labios en una sonrisa.

-¿Tienes respuestas para todo?

-Contigo ensayo antes de encontrarnos.

-Eres exasperante –le dije sin poder ocultar mi sonrisa.

-Me lo tomaré como un cumplido pelirroja. ¿Cenamos?

-Me muero de hambre.

Dicho esto, ambos salimos del coche y cruzamos la calle en dirección a la puerta del restaurante.

-Ciao Enzo. Col passare del tempo. –le saludó un hombre bajo y rechoncho, con el pelo y la barba blancos como la nieve.

-Ciao Enrico. Tutto Bene?

-Mia mamma questa ragazza è molto carina –dijo el mismo hombre dirigiéndose a mí.

-Enrico te presento a Carolina. Es española.

-Mis disculpas signora. Un nombre y una mujer muy bonitos –me dijo a la vez que cogía mi mano para darme un pequeño beso en los nudillos.

-Gracias –contesté sonrojada por el gesto tan caballeroso.

-¿Nuestra mesa? –preguntó Enzo.

-Seguidme –contestó mirándome a mí.

Supuse que había captado la idea por mi cara al principio que yo no tenía ni idea de italiano, y por eso ahora hablaba en castellano y me miraba constantemente.

Una vez nos acomodamos en un reservado mis ojos se agrandaron contemplando el lugar. Había una pequeña lámpara de araña en el techo que alumbraba lo justo, dando un ambiente acogedor y privado. En la mesa había un pequeño jarrón con margaritas frescas y a cada lado, un candelabro con una vela.

Que romántico –pensé.

-¿Todo bien? –me preguntó Enzo una vez nos quedamos a solas.

-Esto es precioso. Nunca había venido a un sitio así.

-Espera a probar la comida. Te encantará.

Asentí con la cabeza y acto seguido un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando noté la mano de Enzo sobre mi mano que descansaba en la mesa.

Miré primero nuestras manos y después a él.

-Estás increíble esta noche.

Le sonreí agradecida y me precipité a contestar cuando caí en la cuenta de que igual no había reparado en mi gesto debido a la escasa luz que había en nuestro reservado.
–Tú también estás muy guapo.

-Gracias –me contestó y empezó a acariciar la palma de mi mano haciendo círculos con su pulgar.

-Háblame de ti –le dije para distraerme.

-¿Qué quieres saber?

-¿Cuánto tiempo llevas en España?

-Bastantes años.

-Podrías ser más preciso –le dije un tanto molesta.

-Nací en la Toscana y me críe a las afueras de la provincia de Lucca. Cuando tenía catorce años mis padres decidieron emigrar a España, puesto que mi padre era de aquí. A los dieciocho años yo empecé a estudiar la carrera de medicina cuando ellos tuvieron un accidente y murieron.

-Lo siento –dije dando un respingo en mi silla sobrecogida por la noticia.

-Gracias –asintió y continuó- yo decidí quedarme aquí y seguir con mis estudios, pero mi hermano Paolo, tenía quince años entonces y volvió a Italia con mis abuelos. Siempre que puedo y el trabajo me lo permite voy a visitarlos. Y eso es todo. –concluyó.

-Vaya. –fue lo único que dije.
Demostraba mucha entereza por su parte habiéndose quedado aquí solo.

-¿Y tú que pelirroja? –me preguntó.
Parecía no darle importancia a lo que acababa de contarme, sin embargo yo, me moría por saber más y más cosas de él.

-Yo me críe en un pueblecito de Castellón. A mi hermano ya lo conoces y ya te he contado a que me dedico, mi madre vive en el pueblo y mi padre murió de cáncer hace unos años.

-Por tu expresión, tuvo que ser muy duro para ti.

-Para todos en general.

En ese momento llegó un camarero con la carta y cortó el silencio que amenazaba con instarse entre ambos.

-¿Quieres ver la carta o te dejas aconsejar por mí? –me preguntó Enzo.

-Me gusta todo, así que te dejo elegir.

-Buena elección pelirroja –dijo guiñándome un ojo. Mi visión ya se había acostumbrado a la tenue luz y podía ver el rostro y las expresiones de Enzo con mucha más claridad.

Permanecí en silencio mientras lo oía pedir las comandas al camarero en italiano. Su voz sonaba tan varonil y sensual al mismo tiempo que noté como se me erizaba el vello de la nuca.

Una vez terminamos de cenar, le di las gracias por la comida tan exquisita que había elegido, aunque el momento se truncó cuando se negó a dejarme pagar mi parte y casi volvimos a enzarzarnos en una discusión. Al final me convenció. Como me dijo, había insistido él en invitarme a cenar en repetidas ocasiones, y si le dejaba pagar, me prometía dejarse invitar por mí en otra ocasión, lo que suponía que habría otra cita.

No pude evitar alegrarme porque fuéramos a repetir la noche, al fin y al cabo, nos habíamos portado bien el uno con el otro. Todo había sido tan distinto de los encontronazos del hospital y yo seguía queriendo conocerlo más.

Una vocecita en mi cabeza me gritaba que estaba cometiendo un error y que si seguía volando tan alto, el golpe después sería mayor, pero por esa noche cerré esos pensamientos bajo llave y me dejé guiar por la comodidad de estar junto a él. No sabía si sería el vino que habíamos probado durante la cena, el momento, o Enzo en general, pero me sentía tan a gusto allí con él que deseaba con todas mis fuerzas detener el tiempo.

-¿Qué quieres hacer ahora? –me preguntó sacándome de mi ensoñación.

Consulté el reloj de mi muñeca y comprobé que eran las doce pasadas.

-Vaya que rápido ha pasado el tiempo. –dije en voz alta.

-Dicen que eso ocurre cuando se está a gusto.

-Eso será –le contesté con una media sonrisa.- ¿Quieres ir a tomar una copa?

-Me parece bien. ¿Conoces algún local que esté bien?

-Hay uno pub-karaoke en esta zona que ha abierto hace poco. Son unos clientes de mi jefe y pintaba bien cuando me lo comentaron.

-¿Vas a cantar algo?

-¿Yo? Ni loca. Solo canto en privado o ebria.

-Entonces esperaré a que estemos en privado para que me deleites con alguna canción –me dijo inclinándose sobre la mesa para aproximarse a mí.

-Tendrás que ganártelo –le contesté en broma.

-Lo haré –concluyó mientras me acariciaba la mejilla con su dedo.

Noté como me ruborizaba y cambié de tema para que él no se diera cuenta.

-¿Nos vamos?

-Perfecto –contestó y se incorporó de su asiento para marcharnos.

El local estaba en la otra parte de la avenida donde habíamos cenado y esa noche no hacía tanto frío, por lo que decidimos dejar el coche y acercarnos dando un paseo.

Íbamos muy pegados el uno con el otro, tanto que nuestros brazos se iban rozando de vez en cuando.

Desde el beso en el coche, no había vuelto a besarme y me ponía nerviosa pensando en porque no lo habría hecho más, igual esperaba que fuese yo la que se aproximase a él, pero estaba siendo tan perfecta la noche que tenía miedo a hacer algo y estropearla.

¿Qué me pasa? –me pregunté a mí misma. ¿Desde cuándo tenía estas inseguridades? Yo siempre había sido decidida, no sabía que tenía Enzo que anulaba mis actos y lo único que deseaba era estar entre sus brazos.

Estaba sumergida en la discusión con mi yo interior cuando al detenernos en un semáforo, Enzo cogió mi mano. Un millón de hormigas recorrieron mi cuerpo y cuando me giré y lo miré, él me devolvió la mirada con una sonrisa.
Lo que estaba sucediendo era tan especial que no tenía que ser bueno.

-¿En qué piensas? –me sorprendió.

-En nada –mentí.

-No mientas. No conozco mujer que pueda estar callada y no pensando en algo.

-Eso ha sonado muy machista –le dije haciendo una mueca.

-No era mi intención, al contrario, valoro la mente de una mujer, puede estar en mil sitios a la vez.

Entrecerré los ojos al mirarle porque sentí que se estaba cachondeando de mí y me di cuenta que se aproximaba hacía mi boca. Cuando ya estaba a escasos centímetros me percaté que el semáforo había cambiado de color y decidí vengarme dando un paso adelante para ponernos en marcha, con lo que me solté de su mano mientras le decía demasiado alto: –Ya podemos cruzar.
Disimulé una sonrisa triunfal cuando vi su cara de desconcierto por haberle dejado plantado, pero mi victoria duró poco, pues cuando estaba a medio camino del paso de cebra me atrapó, rodeó mi cintura con su brazo, venció mi cuerpo hacía un lado, y pegó sus labios a mi boca. Entrelazó su lengua con la mía mientras estábamos en medio de la calle con varios coches y transeúntes como espectadores. Algunos vitoreaban, hacían sonar el claxon e incluso oí algún comentario picante sobre nuestro acto. Sabía que me estaba sonrojando pues notaba arder mis mejillas, pero era tan intenso el beso que empecé a notar arder otras partes de mi cuerpo.

Cuando el beso terminó y volvió a ponerme en posición vertical su mirada me penetró en lo más hondo de mi ser y a mí me costaba respirar con normalidad por la situación en general.

-No vuelvas a privarme de un beso tuyo si yo te lo quiero dar –sonó autoritario y rudo, tanto que no pude evitar asentir como una idiota ante su orden.

En seguida cambió su expresión y me sonrió, y yo seguía descolocada y analizando lo que acababa de pasar, mientras él cogía mi mano de nuevo y tiraba de mí porque el semáforo había vuelto a cambiar.

Cuando llegamos al Abama seguía confundida por lo que había pasado minutos antes, pero decidí esperar a pedir una copa para preguntarle.

Estábamos en la barra mientras una señora subida a la tarina nos deleitaba, por desgracia para todos los oídos de la sala, con la canción de “Juntos” de Paloma San Basilio.

Enzo estaba a mi lado pidiendo dos gin-tonics al camarero cuando noté a mi espalda que alguien me levantaba por la cintura.

Di un respingo y me volví para encontrarme con un sonriente Carlos.

-Preciosa te he visto de lejos. Me alegro que hayas decidido venir.

-Gracias Carlos. Con lo bien que habíais promocionado el sitio no he podido evitar pasar a hacer gasto -contesté con el educación que me habían inculcado.

-Estás estupenda con ese vestido –me dijo cambiando de tema y cogiéndome de las manos a la par que me apartaba para verme mejor.

Fue entonces cuando noté la mano de Enzo con fuerza en la curva de mi espalda. Me giré para mirarlo y hacer las presentaciones oportunas cuando su mirada fría hacía Carlos no pasó desapercibida para mí.

-Carlos, te presento a Enzo.

-Enzo esté es Carlos. Uno de los dueños del local –le dije con una sonrisa forzada a fin de que cambiase su expresión. Era inútil.

Carlos levantó su mano soltando un «¿Qué tal tío?», pero Enzo parecía no reaccionar y yo me sentí muy incómoda. Acto seguido estrechó su mano y con los labios apretados en una fina línea murmuró un escueto encantado. Carlos por el contrario no le dio importancia y se volvió hacía mí dejando a Enzo en un segundo plano mientras yo me moría por salir de allí.

-Bueno preciosa, que no me entere yo que pagas ninguna copa. Diles que eres del bufete y te servirán lo que pidas.

Asentí agradecida y me congelé cuando Carlos acercó su boca a mi cara y me dio un baboso beso en la mejilla, mientras yo, sin saber por qué buscaba a Enzo con la mirada pero éste estaba mirando hacia otro lado.

Cuando por fin se fue solté el aire contenido y me giré hacía mi acompañante.

-¿Nos sentamos en una mesa? –pregunté restando importancia a la situación tan tensa que acabábamos de vivir y que tampoco entendía muy bien porqué.

-¿Te acuestas con él?

-¿Perdón? –pregunté sorprendida a la par que ofendida.

-No me he expresado con claridad. ¿Te lo estás follando?

-Tú eres idiota o ¿qué?

-No has contestado a mi pregunta.

-Será porque me han enseñado a no perder el tiempo respondiendo gilipolleces.

No me contestó y lo oí blasfemar por lo bajo. Cuando volvió a mirarme sus ojos tan negros me daban miedo. Su mirada era fría como el hielo, y su expresión me hizo dar un paso involuntario hacía atrás. Me cogió del brazo fuerte y sin importarle las copas llenas que estaban sobre la barra me sacó del local de un tirón.

-¿Qué narices te crees que estás haciendo? –le grité una vez fuera, apartándome bruscamente de él.

-Estoy esperando una respuesta.

-No. No me acuesto con él. ¿Contento?
Estaba sumamente cabreada y me entraron ganas de abofetearlo.

No me miraba. Fijó su mirada en la parada de autobús que había a pocos pasos de nosotros.

Yo tampoco dije nada más esperando una respuesta por su parte que no llegó y al final el silencio me venció.

-¿Quién te crees que soy? No me voy enrollando con el primer hombre que se me cruza por el camino –maldije para mis adentros nada más decirlo. Me sentía estúpida dándole explicaciones en ese momento que tan cabreada estaba.

-Te llevo a casa –me soltó sin volver a mirarme.

Volvieron a mí las ganas de cruzarle la cara pero me contuve.

-Ni te molestes. Cogeré un taxi.

-He dicho que te llevo a casa
Ahora si me miraba y en ese momento preferiría que no lo hubiera hecho. Nunca nadie me había mirado con tanta dureza como lo estaba haciendo él. Me sentía como un cachorro al que su dueño estaba riñendo, pero yo no había hecho nada malo.

-Y yo te digo que cogeré un taxi.

-No me repliques.

-Vete a la mierda.

-Carolina… Por favor –dijo suavizando el rostro –Te voy a llevar a casa.

-No voy a malgastar más saliva contigo. Lárgate que se cuidar de mi misma.

Me miró… Lo miré… Volvíamos a desafiarnos con la mirada.

-Haz lo que quieras –me espetó y se dio media vuelta. Sin volverse ni una sola vez, me quedé allí plantada viéndolo alejarse por la calle.

Me entraron unas incontrolables ganas de llorar pero las retuve. No iba a dejarme manejar por Enzo ni por ningún tío.

Respiré hondo varias veces hasta que me serené un poco y me encaminé hacía la parada de taxi más cercana. Era una avenida concurrida por lo que no tardaría en subirme a uno y volver a casa. Así fue, cinco minutos después alzaba la mano para detener un taxi con el piloto en verde pero mi mano se congeló en la manivela de la puerta cuando reconocí el coche de Enzo pasar a toda velocidad por el otro lado.

Subí al vehículo cuando oí al conductor blasfemar algo sobre conductores temerarios y accidentes, pero decidí no entrar en la conversación, le di la dirección de mi casa y me acomodé en el asiento. Eché la cabeza hacía atrás y sin poder contenerme más, mis lágrimas silenciosas recorrieron mis mejillas mientras mi cabeza me bombardeaba a preguntas sin respuesta sobre Enzo y sus cambios de humor.

 

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