Casi una semana había pasado desde mi cita con Enzo, y aunque no iba a negar que los primeros días estuve hecha un desastre mentalmente, a medida que se había ido acercando el fin de semana empezaba a volver a ser yo misma. Había aguantado unas cuantas broncas de Ricardo por no dar pie con bola en la oficina, pero en la mañana del viernes, empezaba a verlo todo con otros ojos. No sabía si sería porque esa noche íbamos los tres al Abama a apoyar a Claudia en su primer día de trabajo o porque comenzaba a cicatrizar la pequeña herida de Enzo, fuera lo que fuese, ese día volvía a sonreír. Estaba dispuesta a ver las pequeñas cosas de la vida y a charlar largo y tendido con Irene mientras nos tomábamos nuestro pequeño descanso en la cocina con un buen café.
-Así que está noche te vas a emborrachar.
Me reí.
–Es difícil predecirlo, pero con Álvaro y Sofía siempre se sabe cómo acaban las salidas nocturnas.
La que se rio fue ella.
–Algún día tengo que dejar a mi marido con los críos e irme con vosotros de marcha.
-Si lo haces, igual ya no ves tú rutina conyugal con los mismos ojos.
Nos reímos las dos hasta que la puerta se abrió.
-Carolina –me llamó mi jefe -¿Podrías atender tu teléfono que no para de sonar?
-Perdona, creía que lo había puesto en silencio –mentí y salí disparada hacía la mesa.
El móvil se me cayó de las manos cuando lo cogí. Tenía dos llamadas de Enzo y un mensaje.
“Lo siento. Necesito hablar contigo.”
Lo recogí del suelo y di un respingo cuando comenzó a sonar de nuevo. Era él. Apreté un botón lateral para que dejase de sonar la música pero sin cortar la llamada, no sabía qué hacer. Me desplomé en la silla y resoplé mirando la pantalla parpadear. Mi fantástica mañana se nublaba por momentos. La llamada finalizó y acto seguido recibí otro mensaje.
“Dame la oportunidad de explicarme.”
-Tú oportunidad ya la has perdido –le dije al móvil como si él pudiera oírme. Maldije para mis adentros y apagué el teléfono metiéndolo en el bolso.
–Se acabó –dije en un susurro.
-¿Importante? –preguntó Irene.
-¿El qué? –contesté algo irritada.
-La llamada –puso los ojos en blanco como si fuese obvio. -¿Estás bien? –preguntó apoyando las manos en la mesa, y acercándose a mí.
-Sí, sí. Todo genial –dije mostrando una sonrisa falsa.
-Era el médico, ¿verdad?
A veces el sexto sentido de mi compañera de trabajo me asustaba. Asentí con la cabeza sin atreverme a mencionarlo en voz alta.
Me miró.
-¿Qué? –pregunté
-¿Me lo vas a contar o tengo que registrarte el móvil?
-Quiere darme una explicación y me pide perdón.
-¿Y tú que le has contestado?
-He apagado el teléfono.
-Sí, eso también se considera una respuesta, supongo.
No apartaba los ojos de mí.
-¿Qué? –volví a preguntar incómoda. Tenía esa mirada tan característica que utilizaba mi madre cuándo hacía algo malo de pequeña.
-¿Te vas a rendir?
-Yo no me rindo a nada, porque no hay nada por lo que luchar.
-¿Estás segura?
-¿Qué quieres decir?
-Se trata de luchar por tu felicidad.
-Yo ya era feliz antes de conocerlo.
-No me mientas niña. Nunca te he visto más sonriente y con ese brillo en la mirada que cuándo recibiste las rosas.
-Te equivocas.
-Y una mierda.
-Iré –le recriminé por hablarme así.
-A ver niña, que son muchas horas al día juntas y que cuándo tú vas yo ya he vuelto dos veces. Que soy más mayor que tú y sé lo que es sentir eso que llaman amor y por desgracia también el desamor.
-Yo a esos dos no los conozco.
-A veces eres exasperante Carolina.
Solté una carcajada.
-¿De qué te ríes ahora? –preguntó mi compañera completamente confundida.
-Si supieras las veces que Enzo me ha descrito con ese adjetivo.
-Vaya, mira por donde no lo conozco y ya me cae bien.
-¿Acaso no recuerdas todo lo que te conté el lunes?
-¿Quién no ha tenido un mal día?
-Eso no fue un mal día. Era el puñetero Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Tan cariñoso y de pronto tan… tan… No me salen ni las palabras –dije malhumorada.
-Carolina –tomó aire -se sensata de una vez y piensa en ti. Quieres verlo, es más te mueres por conocer esa explicación. Deja de negarte la felicidad a ti misma.
-¿Y quién te dice a ti que vaya a ser feliz con él?
-Tus ojos al hablar de él. Un hombre al que acabas de conocer y tanto has llorado por él en tan poco tiempo.
-Claro. Yo que creía que la felicidad era eso, –me recosté en la silla -ser feliz y no ser un trapo andrajoso con los ojos hinchados y con ojeras por pasarme las noches en vela entre lágrimas.
-El que más te quiere más te hará llorar.
-Los refranes no van conmigo.
-Deja de ser tan cabezota. No insisto más. Consúltalo con la almohada, y mañana te decides, pero hazte un favor y no lo consultes con tu compañera de piso.
-¿Por qué?
-Porque a veces las amigas se extralimitan con protegerse. Y una joven que pierde el norte por un hombre recién separado no puede aconsejarte para que te olvides de un chico que parece que busca el momento de encontrarse contigo –concluyó y se volvió hacia su escritorio.
Mi cabeza volvía a estar en punto muerto, estaba en estado de shock. Enzo y su posible explicación no dejaba de flotar por mi mente mientras el despacho se cerraba en torno a mí. Tenía la vista fija en la mesa pero lo único que veía era a él, sonriéndome.
Conforme iba pasando la mañana no me concentraba en nada. Una hora antes de la salida le pedí a Ricardo irme antes con una mala excusa sobre mi supuesta indisposición.
El resto del día deambulé por casa haciendo de tripas corazón para que ninguno de los que vivían allí, se percatasen de mi desasosiego. Tras darme una ducha, salí del baño con las pilas recargadas. Escogí un vestido azul eléctrico ceñido al cuerpo que realzaba mi figura y unos tacones grises a juego con mi bolso. Decidí alisar mi pelo caoba y sujetarme hacía atrás un par de mechones con unos ganchos plateados. Maquillé mis ojos con un azul intenso que le pegaba bastante al vestido, y me di un toque de brillo en los labios. Esa noche iba a disfrutar, y ya tenía claro que a emborracharme. Si a la mañana siguiente me lo permitía la resaca, decidiría que hacer en torno a Enzo.
Unas horas después, llegamos al pub los tres con un par de botellas de vino en el cuerpo tras la cena. Nada más entrar nos dirigimos a la barra y tras animar a Claudia diciéndole lo bien que lo iba a hacer en su primer día, pedimos y nos encaminamos a una mesa vacía al fondo del local.
-Desde aquí no vemos la tarima –dije desanimada.
-Para lo que habrá que ver –contestó Sofía.
-No seas mala. No todo el mundo canta mal.
-Por regla general en karaokes así, suele venir gente algo dura de oído.
-Pues yo voy a cantar –dije envalentonada.
-Siempre hay una excepción –intervino mi hermano sonriendo.
-No te atreverás –me retó Sofía.
-Bueno, –dije levantando mi copa –si me tomo unas cuantas más de estas, igual me animo a subir ahí.
-Vamos bébete lo que te queda que voy a por otra ronda –dijo mi hermano levantándose de la mesa.
Sofía y yo nos echamos a reír.
No recuerdo el tiempo que pasó, pero llevaba tanto alcohol en las venas que a pesar de querer cantar a pleno pulmón, la pequeña parte de mi subconsciente que aún no estaba dañado por los cubatas, opinaba razonablemente que no iba a saber coger el micrófono por el lado correcto. Así que decidí que si podía evitar hacer esa noche el ridículo sería lo mejor.
Me encontraba en la pista de baile dándolo todo con Sofía, contoneando nuestras caderas al son de Shakira y Pitbull, cuando cortaron la música y anunciaron una nueva entrada al karaoke.
-Genial –gritó Sofía con sarcasmo. –Voy a vomitar -me dijo al oído cuando empezamos a oír a través de los altavoces los primeros acordes de una canción de Pablo Alborán.
Estábamos de espaldas a la tarima cuando una jauría de lobas se apelotonaron y nos empujaron para ser el centro de visión de quién estuviese en lo alto del pequeño escenario.
Mi curiosidad era tal, que me giré para ver quién era el causante de los gritos de esas locas que estaban a punto de desabrocharse los sujetadores para lanzarlos en su dirección.
Me quedé petrificada. Los gin tonics que me había tomado esa noche amenazaban con salir por mi boca, el estómago se me contrajo y no era consciente de los tirones de brazo que me pegaba Sofía hasta que me gritó en la oreja:
-Es Enzo.
La miré sin mediar palabra y volví a centrar mi atención en él. Llevaba unos vaqueros desgastados y por dentro, una camisa azul cielo con unas líneas finas y definidas. El pelo engominado e iba afeitado. Estaba increíblemente guapo, era un adonis y disparaba masculinidad con cada movimiento. Por no hablar de su voz, tan varonil y afinada.
Debía estar soñando y mi alarma iba a sonar de un momento a otro, pero no, no sonaba.
Enzo tenía la mirada puesta en mí y no solo me miraba, me estaba pidiendo disculpas a través de una canción tan bonita como era “Te he echado de menos”.
El pulso se me aceleró cuando lo vi bajar del escenario, y abriéndose paso entre las mujeres que se morían por tirarse a su cuello se aproximó hasta mí.
-“Te he echado de menos todo este tiempo...He pensado en tu sonrisa y en tu forma de caminar. Te he echado de menos.
He soñado el momento de verte aquí a mi lado, dejándote llevar…”
Involuntariamente solté un suspiro mientras era consciente de que todas las miradas se centraban en nosotros dos. Las mujeres lo miraban a él con lujuria, sin embargo a mí… Si las miradas matasen, bueno, ya estaría más que muerta en ese instante.
Terminó la canción y todo el local rompió en aplausos, pero nosotros dos no éramos conscientes de ello.
Me miró…
Le miré…
No sabía si era por el alcohol que viajaba libremente por mi cuerpo, o por el influjo que producía ese hombre cuando lo tenía cerca de mí, pero tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano por no tirarme a sus brazos.
Se aproximó a mí y no dijo ninguna palabra, solo me miraba fijamente a escasos centímetros de mi cuerpo, esperando mi reacción.
-A la mierda –susurró y sin esperarlo, pasó un brazo por alrededor de mi cintura y me atrajo hacía él.
Me devoró la boca con devoción, su lengua encontró la mía y sentí mis piernas flojear mientras él me sujetaba con fuerza contra su cuerpo.
A lo lejos pude oír los vítores y silbidos de algunos asistentes al pub, pero no me importaba nada. Me había rendido a él definitivamente y a medida que me besaba con más pasión, sentía en mi interior que ya no había marcha atrás.
Se separó de mí y yo solté un quejido.
Torció la boca en una media sonrisa y retirando un mechón de pelo detrás de la oreja me susurró:
-Te he echado de menos.
Mis piernas se convirtieron en goma y agradecí internamente seguir sujeta a su brazo porque si no, posiblemente me habría ido de bruces contra el suelo.
Le lancé una sonrisa ebria, porque era incapaz de articular palabra.
Volvió a atraerme hacía su cuerpo y me besó con más posesión si cabía. Noté su entrepierna endurecerse en mi vientre y mi cuerpo reaccionó impulsivamente. Rodeé su cuello con mis brazos para atraerlo más hacía mí cuando se separó con un gruñido:
-Nos vamos.
Tiró de mí hacía la salida y entonces fui consciente de que no estaba sola en el Abama.
-Espera –le dije soltándome de su mano.
El miedo se reflejó en su rostro.
-Tengo que coger mi bolso y despedirme –dije sonriendo.
Asintió con la cabeza a la par que relajaba su expresión y me cogió de la mano en dirección a la mesa donde estaban mi hermano y Sofía.
¿Cómo lo sabe? Me pregunté, pero decidí no hacer hincapié, estaba ansiosa por irme con él donde quisiera llevarme.
-Chicos me voy –me despedí, una vez llegamos a la mesa.
-Pasarlo bien –soltó mi hermano levantando el pulgar a modo de aprobación.
-Disfruta con moderación –me dijo mi amiga al oído tras incorporarse de la silla y entregarme el bolso.
Sin tiempo a nada más, Enzo volvió a tirar de mí hacía la salida del local.
Una vez en la calle, me empotró contra la puerta del copiloto de su coche y cogiéndome de la nuca volvió a atraerme hacía él para besarme.
Debería molestarme sus gestos posesivos pero era consciente de que nuestros actos estaban más influenciados por la necesidad que por la autoridad
Se separó de mí y pareció leer mis pensamientos cuando habló:
-Quiero recuperar el tiempo perdido.
Solté una carcajada y acto seguido fui yo la que estirando de su camisa, lo acerqué para besarlo con fervor.
-Joder Carol –gruñó cuando nos separamos. -Mete tu precioso culo en el coche, o nos denunciaran por escándalo público.
Me reí y giré para abrir la puerta, rozando con mi trasero su entrepierna hinchada.
Soltó un bufido y corrió hacía la otra puerta.
Arrancó con brusquedad y nos introducimos en el tráfico de Valencia. No sabía a dónde nos dirigíamos, ni siquiera le había preguntado, pero tampoco me importaba en absoluto. Lo único que quería era que siguiera besándome, a ser posible por cada centímetro de mi cuerpo.
Sin darme cuenta, aminoró la velocidad y tomó una paralela de la Av. de Francia, accionó un pequeño mando a distancia y la puerta de un garaje se abrió, por el que descendía una rampa. Mi boca estaba abierta de par en par, cuando segundos antes vislumbré el edificio que se alzaba en dicho garaje.
-¿Vives aquí o tienes una plaza alquilada? –pregunté sin esconder mi asombro.
Se rio.
-¿Es un sí? –insistí.
Aparcó el coche en una plaza del semisótano y aproximó su cara a la mía.
-En seguida saldrás de dudas –me dijo antes de darme un casto beso en la punta de la nariz.
Salimos del vehículo y me rodeó la cintura para dirigirnos hacía los ascensores.
Una vez dentro, introdujo una llave y tras girarla, pulsó el botón del último piso.
-¿El último? –Me había fijado bien antes de entrar al garaje y el edificio era uno de los más altos de la Avenida, por no decir el único.
Ignoró mi pregunta de nuevo y con un movimiento rápido me empotró contra una de las paredes del Ascensor para comenzar a devorarme la boca otra vez.
Segundos después, las puertas del ascensor se abrieron y Enzo me impulsó hacía arriba, rodee su cintura con mis piernas y sin apartar su boca de la mía nos aproximó a una puerta blanca al final del pasillo.
Despegó sus labios de los míos, y sujetándome de las nalgas con una sola mano, utilizó la que tenía libre para abrir la puerta. Empujó despacio para abrirla y volvió a sujetarme con ambas manos para después cerrar de un portazo ayudado por el pie.
Ni me fijé en el piso. Los besos de Enzo cada vez ardían con más fuerza en mi fuero interno y lo que mi cuerpo deseaba en ese momento no era pedirle que me enseñase la casa. Mi parte pequeña de cordura me decía que debería pedirle una explicación por lo del otro día antes de rendirme, pero había notado tanto su ausencia que necesitaba un poco de él antes de coger fuerzas para escuchar sus disculpas.
Subimos un par de escalones y me asombraba sobremanera la fuerza que tenía para cargar conmigo sin soltar ni un suspiro.
De pronto, me sentí desprotegida cuando me dejó caer en la cama. Una cama enorme con sábanas blancas. Apoyé la cabeza contra el colchón y un suave olor a limpio y menta inundó mis fosas nasales.
Enzo estaba de pie al final de la cama mirándome. Se quitó los zapatos y se agachó para quitarme los míos, que los dejó con delicadeza en el suelo de la habitación. Volvió a incorporarse y entonces me di cuenta que tenía una mirada de lujuria que hacía vibrar mi cuerpo.
Empezó a desabrocharse la camisa sin apartar los ojos de mí. Mi cuerpo reaccionó por voluntad propia y me incorporé colocándome de rodillas en el borde de la cama.
Todavía no sé si fue el alcohol o el frenesí que ese hombre había despertado en mí, pero detuve lo que estaba haciendo.
Me miró extrañado y yo sonreí con perversión, retiré despacio sus manos del segundo botón y me coloqué de pie en la cama para poder llegar a su altura.
Lentamente empecé a desabrocharle la camisa sin dejar de mirarle. Una vez abierta introduje mis manos por sus pectorales y solté un suspiro. Acaricié sus hombros y noté sus músculos definidos, mientras dejaba caer la camisa por sus brazos hacía el suelo, entonces volví a arrodillarme y dirigí mis manos hacía el botón de su pantalón. Llegados a ese punto, fue él quien me detuvo a mí, me atrajo hacía él y me devoró la boca. Sus manos empezaron a subir por la cara interna de mis muslos y se entretuvo con la seda de mi tanga.
Me estremecí.
Retiró la mano y me agarró de la cintura para ponerme de pie a su lado. Encontró la cremallera de mi vestido y la bajó con facilidad.
Recorrió mi cuerpo lentamente con su mirada…
Volví a estremecerme.
Debería sentirme incómoda en ropa interior delante de un hombre como él, pero su mirada destellaba tanta pasión que me hacía sentir sexy.
-Bellísima –susurró
-Gano más desnuda.
No me podía creer que yo le hubiese dicho eso. El médico nublaba mis sentidos y mi coherencia. ¿Habré sonado vulgar? -me pregunté.
-No voy a esperar más para comprobarlo.
Volvió a traerme hacía él y me besó mientras desabrochaba mi sujetador. Deslizó sus manos por mi vientre y fue ascendiendo hasta llegar a mis senos.
Al llegar se detuvo y los masajeó, separó su boca de la mía y descendió para darme un pequeño mordisco en cada pezón. Cada vez estaba más excitada. Quería tenerlo dentro de mí y lo quería en ese preciso instante. Volví a acercar mis manos al botón de su pantalón y lo desabroché, deslicé la cremallera hacía abajo intentando concentrarme en mis movimientos, pues Enzo había decidido dejar mis pechos para adentrarse en el interior de mi tanga. Mientras yo hacía funcionar mi cerebro para dictarle a mis manos que le bajase el pantalón, él tenía un dedo introducido en mi interior, mientras con el pulgar hacía círculos alrededor de mi clítoris. Estaba a punto de perder la cordura.
Conseguí bajar el pantalón, llevando tras de sí los bóxer de color negro y él se movió para quitárselo con maestría levantando cada pie.
No pude evitar sorprenderme al encontrarme con su miembro duro mirando hacia mí. Con un movimiento rápido estaba tumbada de nuevo en la cama y Enzo estaba encima de mí. Se aproximó a la mesita de noche y cogió un preservativo del cajón. Se lo colocó y empezó a recorrer mi cuerpo haciendo círculos con su lengua, desde la barbilla, hasta mí bajo vientre. Se detuvo justo cuando yo deseé que continuase con su descenso, y sin esperarlo, introdujo con suavidad su pene en mi interior.
Gemí.
Comenzó a entrar y salir de mi cuerpo con movimientos lentos.
Volví a gemir de placer.
-Eres perfecta Carolina.
Se movía con maestría, salía despacio hasta casi el final y de pronto empujaba hasta el fondo de mi interior.
Clavé mis uñas en sus hombros y arquee la espalda para sentir lo máximo de él.
De pronto, cambio el ritmo de las embestidas a más y más rápidas, por mi parte levanté mis piernas y las enrollé a su cintura. Estaba a punto de llegar al clímax.
-No pares –le dije sumida en el limbo, hasta que solté un grito cuando llegué a la cumbre. Mi cuerpo recibió una descarga de placer que me hizo encoger hasta los dedos de los pies.
Dos embestidas más y Enzo llegó también al orgasmo. Soltó un gruñido mientras echó la cabeza hacia atrás, y seguidamente se dejó caer encima de mí, sudoroso mientras su cuerpo se convulsionaba en mi interior.
Fue increíble.
Salió de mí y se encaminó hacía una puerta al fondo de la habitación que imaginé, sería el lavabo.
No sabía si para él había sido un polvo más, o si querría que me largase a mi casa después del sexo que habíamos tenido, pero decidí tentar a mi suerte, me incorporé y levanté la sábana para cubrirme con ella. Las copas y Enzo me habían dejado exhausta, miré un pequeño reloj que había en la mesita y vislumbré que eran las 4 de la madruga.
Me giré y cerré los ojos. Aún no me había dormido cuando noté que la cama se hundía y sin abrir los ojos, los brazos de Enzo me rodearon y me atrajeron hacía él. Volví a darme la vuelta y hundí mi cara su pecho.
Sin más, dejé que el sueño me venciera.










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