• Inicio
  • Sobre mí
  • Relatos Cortos
  • Un sueño inesperado
  • El mundo de Ava
  • Contacto
La Habitación de Ava
Un sueño inesperado 2

CAPITULO 2

Por Ava Tamsen @@ava_tamsen · On 2 febrero, 2016


Pasados unos minutos salí de la ambulancia con la cara lavada y un inmenso apósito en la ceja. Le prometí al tal Rubén que me pasaría por el hospital lo antes posible, para que me diesen unos puntos. ¡Unos puntos! Solo de pensarlo me entraban náuseas. Nunca en mis treinta años me habían dado un solo punto. No sabía qué se sentía, pero fijo que dolía horrores. Si solo de entrar en un hospital y notar en la nariz ese olor a enfermo, ya se me revolvía el estómago. ¡UF! Pero sabía que si no me lo curaban en condiciones, a la larga lo lamentaría.

Si Ricardo no me tenía hasta las tantas trabajando como cada día podría pasarme por allí.

Cuando me acerqué a mi coche algo se revolvió en mi interior al no ver al médico ni a su deportivo.

¿Pero qué me pasaba? Me había sacado de quicio y sin embargo parecía que necesitaba volver a verlo.

Decidí desechar el pensamiento de mi mente y me introduje en el coche. Llamé a Irene, mi compañera del despacho, y nada más descolgar me gritó:

‑ ¿Se puede saber que te ha pasado? Ricardo está como loco danzando de un lado para otro, sin dar pie con bola y maldiciendo a todo el que se le acerca.

Suspiré.

Irene era de armas tomar. Con un carácter muy fuerte con todo el mundo, aunque a mí me acogió desde el primer día como si fuese una más de sus tres hijas biológicas. Era la única que conseguía que mis días en el despacho fuesen más agradables. Rozaba los cincuenta y la consideraba como mi segunda madre, dada la distancia que me separaba de la primera.

‑He tenido un accidente con el coche. Nada grave –le contesté.

Como era de esperar me avasalló a preguntas. ¿Cómo estás? ¿Ha sido grave? ¿Qué ha pasado? ¿Cómo ha sido? ¿Pero tú estás bien?

‑Irene tranquilízate –conseguí que me escuchase al fin y se callase. –Estoy bien. Un golpe en la cara que me ha partido una ceja. Nada grave. Pero me ha salido mucha sangre y me he manchado.

La oí estremecerse al otro lado de la línea.

‑De verdad Irene, que estoy bien. Voy camino del despacho pero necesito un favor.

‑Lo que sea mi niña, ya lo sabes, pide por esa boquita –me dijo con cariño.

Adoraba a esta mujer. Cuando yo entré a trabajar ella ya llevaba siete años en el bufete como secretaria de Pedro. Un abogado laboralista más joven que Ricardo y socio de éste. La noche y el día. Y sin embargo, amigos desde la infancia.

‑Necesito que te acerques a la botique de la esquina y me compres una camisa y unos vaqueros.

‑Claro cariño. En cuanto llegues lo tienes todo aquí. ¿Pero seguro que estás bien? ¿Te ha visto un médico?

¿Qué si me ha visto…? El rostro de Enzo se reflejó en mi mente.

Respiré hondo.

‑Estoy bien. Ahora nos vemos. Ah! Y una vez más, muchas Gracias Ire –le dije antes de colgar.

Arranqué el coche, cogí aire en mis pulmones y lo expulsé despacio. Ya estaba preparada para dirigirme al despacho.

La oficina donde trabajaba estaba situada en un edificio de nueve plantas en plena Plaza de España. Era un Edificio repleto de despachos de distintas empresas. La mía, que se llamaba Ricardo y Pedro Asociados, estaba situada en la cuarta planta. Era como una vivienda de 80m2. En la entrada estaba Julia, una recepcionista delgada y poco agraciada que resultaba ser como un buitre, siempre al acecho y a la que no se le escapaba una. Se dedicaba a buscar bronca con Irene y conmigo, como si aspirase a ocupar nuestro puesto de trabajo y no pasarse la vida atendiendo llamadas y limándose las uñas.

Justo a su izquierda había una pequeña sala con un sofá de dos plazas, cuatro sillas y un revistero. La sala estaba acondicionada para que pasasen las visitas previas de Ricardo y Pedro. Al otro lado había un largo pasillo donde se encontraban los baños. También había una pequeña cocina donde Irene y yo solíamos refugiarnos varias veces al día. Tenía un pequeño fregadero y armarios empotrados con lo necesario para picar entre horas. Lo mejor que había era una cafetera que molía el café, y que salía bastante bueno para mis dosis diarias. Además disponíamos de una nevera, una pequeña mesa y varias sillas. Pasado el pasillo, en lo que en un vivienda sería el salón, estaba la mesa de Irene, y justo detrás de ella, la puerta del despacho de Pedro. Enfrente de ella estaba mi mesa y a mano derecha el despacho del insoportable de mi jefe. Era un sitio acogedor y bonito, de paredes blancas y lisas con muebles modernos. Todo muy minimalista. Lo que daba a entender que no había sido mi jefe él que había decorado la oficina.

Como era de esperar, cuando llegué al despacho minutos después, tenía una bolsa encima de mi mesa. En cuánto me acerqué para cogerla Irene apareció por el pasillo y al verme se echó las manos a la cabeza.

‑Pero mi niña. ¿Seguro que estás bien? –me dijo acercando su mano al apósito de mi frente. Se frenó a mitad de camino y dirigió la mirada a mi ropa‑ ¡Cuánta sangre! –me miró atónita de arriba abajo.

‑Estoy bien –le dije sonriendo. –Voy a cambiarme y a ver a Ricardo. Luego tomamos un café y te cuento –le di un beso en la mejilla y cogí la bolsa para dirigirme al cuarto de baño y poder quitarme la ropa manchada.

Cuando entré en el despacho de mi jefe, lo vi sentado en su silla modular de piel negra, de espaldas a la puerta. Involuntariamente resoplé al saber que no se había percatado de mi presencia. Solo él podía generar un ambiente tan agobiante.

Como si oyera mis pensamientos se giró y entrecerró los ojos al verme. Se estaba despidiendo de la persona con la que hablaba por el teléfono.

‑Dichosos los ojos Carolina –me espetó con sarcasmo.

Señor dame paciencia…

‑Buenos días Ricardo. Tú café –le entregué una taza que había preparado minutos antes de entrar.

‑Ya lo he tomado. He tenido que pedirle a Irene que me preparase uno dado que tú no estabas aquí‑. Hizo hincapié en la última frase y yo apreté los puños. Tenía que frenar las inevitables ganas para no mandarlo a la mierda. –Siéntate –me ordenó, señalando la silla que había al otro lado de su escritorio.

Media hora después salía de su despacho de muchísimo peor humor del que había entrado. A todo eso se sumaba que tenía un intenso dolor de cabeza. Lo que ya no sabía era si el dolor se debía a la cantidad de copas que bebí la noche anterior, el golpe con el coche o por el bombardeo de faena con el que me había cargado mi jefe para esa mañana.

Decidí no agobiarme y cogiendo una aspirina del cajón de mi mesa me acerqué hacía donde mi compañera estaba sentada.

‑ ¿Tomamos un café?

Ella me miró y asintió levantándose de su silla. Con dulzura me cogió del brazo y nos acercamos a la pequeña cocina.

Irene estaba poniendo a punto la cafetera mientras yo me servía un vaso de agua. Necesitaba tomarme la aspirina, pero me quedé con la mano a medio camino, cuando me percaté que mi compañera estaba mirándome con con expresión extraña.

‑Me tienes muy preocupada cariño.

‑ ¿Por qué lo dices?

‑Mírate cielo. Llevas un ritmo de locos y encima hoy lo del accidente -me tendió la taza humeante.

‑Estoy bien Ire. No tienes por qué preocuparte. Lo de hoy ha sido un pequeño contratiempo y mi ritmo ya sabes quién lo causa –le contesté moviendo la cabeza en dirección a la puerta. No le costó entenderme. Justo en ese momento se abrió y apareció Ricardo. –Hablando del rey de roma -dije a Irene en voz baja.

‑ Por fin te encuentro.

Ni que esto fuera muy grande…

‑ ¿Qué ocurre Ricardo? -me limité a preguntar.

‑Necesito que vengas a mi despacho ya –alzó la voz con la última palabra y volvió a desaparecer por donde había venido. No pude evitarlo y puse los ojos en blanco.

‑Que hombre más exasperante –comentó mi compañera.

‑Que me vas a contar –suspiré.- En fin, me tomaré el café después. –Me tragué la aspirina y vertí el contenido de mi taza en el fregadero.

Cuando llegué al despacho los hermanos Soriano se encontraban sentados frente a mi jefe. En seguida Carlos y Julián se levantaron y me tendieron la mano. La estreché a modo de cortesía y bordee la mesa hasta la silla de Ricardo.

‑Carolina, los hermanos Soriano no entienden el informe redactado. ¿Podrías explicárselo mientras yo atiendo una llamada que me ha pasado Irene? –me preguntó levantándose de la silla.

Que morro tiene cuando quiere. Como el informe se lo he redactado yo… Se escaquea. Pierdo mi tiempo escribiendo folios y folios, y no se digna ni a leerlos antes de una reunión. Alucinante.

‑Claro Ricardo. Yo me encargo –le contesté mientras él se excusaba de la visita y salía de su despacho.

Una vez hube tomado asiento en la silla modular de mi jefe me dirigí a los hermanos que tenía delante.

‑ ¿Qué sucede?

‑Verás –empezó Carlos.  –No entendemos por qué nuestra hermana Paula se lleva mayor parte del dinero que nosotros dos.

Estaba irritado. Así que respiré hondo antes de comenzar. Los temas hereditarios siempre eran un arduo trabajo y nunca contentaban a ninguna de las partes.

‑ Veréis señores. Su hermana Paula lleva más de seis años cuidando de vuestra otra hermana, la señorita Micaela.

‑Esa no es hermana nuestra –me cortó Julián.

‑Déjeme terminar por favor -rogué alzando mi mano.

Pude ver la mirada de advertencia que le echó Carlos a su hermano, antes de que ambos, volvieran a centrarse en mí y por un momento los contemplé.

Carlos tenía 40 años, vestía informal, con unos vaqueros y una camisa blanca. Era más alto que su hermano y tenía unos ojos cálidos. A simple vista parecía una buena persona, o al menos eso me trasmitía. Mientras tanto su hermano Julián era arena de otro costal. Tenía 45 años, medio calvo y una mirada ruda. Vestía trajes caros, o eso aparentaba. Se creía el amo de todo lo que tocaba y pisaba. Era prepotente y egocéntrico. Para los meses que lo había tratado, no me extrañaba que estuviera divorciado. Si yo solo con unos minutos o una hora a lo sumo, ya me desquiciaba, imaginarme convivir con él era para amargarse.

‑Cuando su padre volvió a casarse, después del fallecimiento de vuestra madre, nació Micaela. Y al faltar años después la madre de ésta, su padre quiso incluirla en el testamento a partes por igual, pues los cuatro eráis hijos suyos. Dado que Micaela fue incapacitada por su enfermedad, pasó a ser tutelada por vuestro padre, y durante años ha sido vuestra hermana la que se ha encargado de ella. Ya que vuestro padre con su enfermedad, no disponía de medios para ello. Por lo tanto, la tutela de Micaela pasa a vuestra hermana Paula. Y es por ello, que ella recibe su herencia y la de vuestra hermana. Fue la voluntad de vuestro padre. Nosotros nos limitamos a dejar constancia ante un notario.

Ambos hombres me miraron por un minuto sin decir nada. Ya empezaba a ponerme nerviosa cuando Carlos por fin habló:

‑No entiendo porque Paula quiso hacerse cargo de esa… esa…

‑Porque es muy lista y así rascaría más dinero. Ya sabes que su marido está en el paro. -Había tal desprecio en las palabras del hermano que hasta escupió al hablar.

Estaba quedándome atónita con la falta de tacto y sensibilidad de esos dos hombres. Hablaban de sus hermanas, su propia familia, y aun así las repudiaban. A una por no ser hija de la misma madre y a la otra, por acoger a esa pobre enferma que encima ahora, se había quedado huérfana.

‑En fin señores. Si no quieren aceptarlo pueden ir a juicio, pero ya les digo de antemano que no podrán ganar.

‑Ya lo veremos –me cortó Julián al tiempo que se levantó de la silla dispuesto a marcharse sin despedirse.

Le entregué una carpeta con toda la documentación al otro hermano que con educación se había puesto en pie y me miraba.

‑Gracias por todo señorita Sánchez.

Asentí y estreché la mano que me tendía.

Poco después de irse entró mi jefe de muy malos modos.

‑ ¿Se puede saber que les has dicho? Don Julián decía algo de una demanda cuando me lo he cruzado en el pasillo.

‑Ricardo, yo me he limitado a decirles la voluntad de su padre, si no la quieren aceptar no es problema mío.

‑ ¿Cómo va el informe de esta mañana? –me preguntó cuándo ya estaba a punto de salir del despacho.
Respiré hondo. Este hombre tenía una capacidad increíble, de las veces que me hacía respirar hondo, para no sacar mi pronto y soltarle alguna frase más que merecida.

‑Ahí está. Ahora que vuelvo a mi mesa lo terminaré. Con esta pequeña reunión no he tenido tiempo.

‑Date prisa. Lo quiero en mi mesa antes de comer para leerlo.

Ja! Leerlo dice…

Miré el reloj que marcaba la una menos cuarto y no dije nada más. Me limité a cerrar la puerta al salir.

Relacionado

Compartir Tweet

Ava Tamsen

También Te Puede Interesar

  • Un sueño inesperado

    CAPÍTULO 16

  • Un sueño inesperado

    CAPITULO 15

  • Un sueño inesperado

    CAPITULO 14

2 Comentarios

  • Mary dice: 4 febrero, 2016 at 5:12 pm

    No tardes en poner komo sigue no seas malaaa..jajajaja

    Responder
    • Ava Tamsen dice: 4 febrero, 2016 at 10:46 pm

      Jejeje. Me alegro que te guste. Intentaré poner el 3° en breve. 😉

      Responder

    Responder Cancelar respuesta

    Redes sociales

    Follow @@ava_tamsen

    Suscríbete al blog por correo electrónico

    Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir notificaciones de nuevas entradas.

    Últimas Entradas

    • Dolor…

      1 febrero, 2021
    • Pretérito imperfecto…

      26 enero, 2021
    • Que reactiven el mundo, que yo me subo!

      25 enero, 2021
    • CAPÍTULO 16

      18 octubre, 2018
    • SELFIES PELIGROSOS

      16 octubre, 2018

    Encuéntrame en Facebook

    • Contacto
    • Sobre mí

    Sobre La Habitación de Ava

    La habitación de Ava es ese pequeño rincón en nuestra cabeza donde se juntan la vida real con la imaginaria, donde los pensamientos se pasean a su antojo, donde nos creemos más fuertes y a veces, muy débiles. Donde nacen los personajes para contar su historia.

    Categorías

    • El mundo de Ava
    • Relatos Cortos
    • Sin categoría
    • Un sueño inesperado

    Últimas Entradas

    • Dolor…

      1 febrero, 2021
    • Pretérito imperfecto…

      26 enero, 2021
    • Que reactiven el mundo, que yo me subo!

      25 enero, 2021
    • CAPÍTULO 16

      18 octubre, 2018
    • SELFIES PELIGROSOS

      16 octubre, 2018

    Buscar en el sitio

    © 2015 lahabitaciondeava.com - Todos los derechos reservados