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La Habitación de Ava
Un sueño inesperado 0

CAPITULO 7

Por Ava Tamsen @@ava_tamsen · On 3 marzo, 2016


Se me pasó el día volando. Mi jefe quiso vengarse de que me fuese antes de tiempo la noche del sábado y se dedicó todo el santo día a mantenerme ocupada, informe tras informe, que según él corrían mucha prisa y tenían que estar terminados al acabar la jornada.

No tuve tiempo de pensar en nada que no fuera laboral. No me despegué del ordenador en todo el día, aunque Irene intentase en más de una ocasión, llevarme a la cocina a tomar un café.

Sobre las diez de la noche llegué a casa reventada y me alegré muchísimo al ver a mi hermano tirado en el sofá con la pierna escayolada sobre un cojín. Sofía no estaba por ninguna parte, sin embargo Claudia estaba preparando algo en la cocina.

-¿Qué huele también? –pregunté cuando mi estómago rugió debido a que solo había tomado un sándwich en todo el día.

-Estoy haciendo raviolis rellenos de carne y salsa de bacón y nata.

Mis ojos se abrieron de par en par.

-¿Y desde cuando tú sabes cocinar?

-¡EH! –me reprendió. -Eso es un ataque muy bajo.

-Perdone usted -dije levantando las manos. -Pero desde que vivimos juntas nunca te he visto pasar al otro lado de la barra.

-Porque siempre os adelantáis tú o Sofía para cocinar.

-Quizás sea porque nunca has mencionado que cocinases, y encima que huela genial.

-Eso es porque cocina para tu hermanito –contestó Álvaro desde el sofá.

Fugazmente vi enrojecerse las mejillas de Claudia y por un segundo dudé. ¿Claudia encaprichada por mi hermano? No podía ser cierto…

-Bueno… ¿Y a ti cuando te han soltado?

-Joder periquita, ni que venga de la cárcel.

-No me has llamado para que fuera a recogerte.

-Tranquila, Enzo se prestó a traerme a casa, su turno terminaba justo cuando me daba el alta.

-¿Enzo ha estado en casa? –pregunté horrorizada.

-No te preocupes. No le he permitido entrar en la leonera que tienes por habitación.

Levanté mi dedo corazón a modo de contestación.

-Yo estaba aquí cuando han llegado este mediodía y la verdad Carol, no sé porque te cae tan mal, es un hombre encantador.

Dirigí mi mirada hacía mi amiga que seguía cara a los fogones.

-¿Te cae mal hermanita?

-No me cae simplemente.

-¿Porqué? –insistió.

-Porque no.

-Porque fue con él con quién tuvo el accidente de coche.

Mi hermano soltó una carcajada y yo entrecerré los ojos.

-¿Se puede saber que te hace tanta gracia?

-Ahora lo entiendo.

-¿El qué?

-Que Enzo me haya dicho que te convenza para que te compres un coche nuevo –dijo entre risas.

-¡¡Pero será imbécil!! –grité furiosa.

-No te enfades Carol, en el fondo tiene razón, deberías plantearte pasar el micra a mejor vida.

-Dejad en paz el tema. Me lleva y me trae. No necesito más, y os recuerdo que fue él quien se estampó contra el culo de mi coche.

-Venga no discutáis. La cena ya está lista. ¿Te unes a nosotros Carol?

De pronto mi móvil pitó. Había recibido un mensaje.

Lo abrí extrañada, pues no conocía al remitente.

“Te invito a cenar el viernes.”

¿Quién será?

Decidí ignorar el mensaje y metí de nuevo el teléfono en mi bolso. Sólo pensaba en sentarme y saborear por primera vez lo que había cocinado Claudia.

La velada fue entretenida, mi hermano no paró de contar chistes y en más de una ocasión hizo que nos fuera difícil digerir cada bocado por culpa de la risa que nos provocaba.
Cuando terminamos con los raviolis estaba tan agotada que me fui directa a mi habitación para acostarme. Llevaba tres días sin dormir bien y con el día que había tenido en la oficina, tenía que conseguir descansar.

Me extrañé que Sofía no hubiese vuelto todavía y busqué mi móvil para llamarla.

Tenía tres mensajes más.

“¿No me vas a contestar?”

“¿Ni siquiera para darme una negativa?”

“Mira que eres maleducada”

El tercer mensaje me cabreó, así que escribí un mensaje en contestación:

“No sé quién eres ni me importa tampoco. Vete a molestar a otra y déjanos a mí y a mi educación tranquilas. “

Me quedé diez minutos con el móvil en la mano esperando una respuesta que no llegó. En ese tiempo oí la puerta de la entrada abrirse y la voz de Sofía inundó la casa. Ya tranquila porque hubiese llegado, coloqué el móvil en la mesita que había junto a la cama, me puse el pijama y me metí dentro. Caí rendida al momento y conseguí recuperar el sueño acumulado.

Pasó la semana y el viernes me desperté con las pilas cargadas. Había dormido todos esos días de un tirón, sin sueños perturbando mi mente, y con la faena justa en el despacho para mantenerme entretenida, por lo que estaba de buen humor para afrontar el último día de la semana.

Me levanté con tiempo por lo que pensé con detenimiento que ponerme y me decanté por una falda de tubo blanca que iba desde bajo el escote hasta encima de las rodillas, con una camisa roja por dentro y unos zapatos de bastante tacón a juego con la camisa. Decidí plancharme el pelo concienzudamente y me maquillé lo necesario.

Cuando llegué a la oficina mi jefe no estaba allí, y con una sonrisa en los labios Irene me dijo al verme que Ricardo había llamado unos minutos antes, para decir que hoy no vendría al despacho. Si no fuera porque la arpía de Julia estaba mirándonos, me habría puesto a dar saltos de alegría.

-Hoy presiento que va a ser un gran día -le dije a Irene.
-Siempre lo son cariño, sólo hay que saber mirar el lado bueno de las cosas -contestó guiñándome un ojo.

A mitad de mañana decidí darme un respiro, pues mi jefe a pesar de su indigestión, según me había informado en un correo electrónico, no había dejado de freírme a e-mails para que hiciera mil llamadas que él debió hacer durante la semana, y como siempre las había aplazado hasta tal punto que ahora las tenía que devolver yo.

Cogí mi bolso para llamar a mi hermano y me encontré un mensaje nuevo. Desde el lunes no había vuelto a recibir ninguno.

“¿Porque no eres valiente y me dices eso a la cara esta noche?”

-Serás imbécil –le grité a mi móvil.

-¿Todo bien? –me preguntó Irene que al oírme se había acercado a mi mesa.

-Si tranquila. He recibido un mensaje de alguien con una vida aburrida que se dedica a hacerme perder el tiempo de la mía.

-¿Y quién es?

-No lo sé.

-¿Cómo que no lo sabes? -preguntó horrorizada.

-Es de un número que no tengo en mi lista de contactos.

-Ay mi niña. ¿Y si es un psicópata?

-Irene no digas tonterías. Será alguien que se aburre mucho.

-No te lo tomes a la torera Carolina. Podría ser alguien peligroso. Si no. ¿Por qué no se presenta?

-No te preocupes Ire. Si se sobrepasa haré algo al respecto. De momento, como decía mi padre, no hay mayor desprecio que no hacer aprecio.

-¿Cómo no me voy a preocupar? Una niña tan bonita como tú. Y tan sola…

-Irene estoy sola porque quiero estarlo. No tengo tiempo para perderlo con niñatos.

-Pero algún día necesitarás una estabilidad. No puedes pasarte la vida sola. No es bueno.

-No estoy sola. Tengo a mis dos alocadas compañeras de piso. A mi hermano Álvaro y a mi madre.

-Ya sabes a que me refiero Carolina.

Decidí no seguir con la conversación y me levanté de mi silla.

-Venga vamos a tomar un café.

Irene entendió que no quería hablar más del tema y asintiendo con la cabeza, ambas nos dirigimos a la cocina.

Mientras ella preparaba sendos cafés, yo decidí llamar a mi hermano.

-Hola hermanita -contestó nada más descolgar.

-¿Cómo te encuentras hoy?

-Bien, Claudia está siendo una enfermera excelente.

-¿Claudia?

-Sí. Como tú trabajas, ella se está encargando muy bien de mí.

-Álvaro cuidadito que nos conocemos.

-¿Por qué dices eso periquita? –preguntó con voz dulzona.

Decidí posponer esa conversación para otro momento que estuviéramos cara a cara.

-Bueno me alegro que estés bien. Hoy llegaré pronto a casa.

-Perfecto. Tengo una sorpresa para ti.

-¿Una sorpresa?

-Ajá.

-Miedo me dan tus sorpresas.

-Está te gustará. Tengo que colgarte. Luego nos vemos. Un beso.

Álvaro colgó sin darme tiempo a despedirme y me quedé mirando el móvil.

-¿Cómo está tu hermano?

-Bien, supongo.

-¿Por qué dices eso?

-No sé… Si no fuera porque es imposible, diría que entre mi hermano y Claudia se está cociendo algo.

-¿Imposible porque? Conozco a tu hermano y a Claudia y podrían hacer muy buena pareja.

Miré a Irene sorprendida.

-Pero si son opuestos.

-¿Y qué? ¿Nunca te han dicho que los polos opuestos se atraen?

-Eso es física Irene.

-Y lo de tu hermano y tu amiga puede ser química también. Lo tienen todo. No parece tan imposible.

-No sé.

-Además, ¿no dices que estás harta de que tu hermano no olvide a su ex?

-Sí. Pero…

-No seas negativa niña. El amor puede surgir cuando uno menos lo espera. Algún día tú también lo encontrarás.

Solté una carcajada.

-De momento, el mío que se quede escondidito como hasta ahora.

-Ay niña. Que poco romántica eres…

Mi móvil pitó con un nuevo mensaje.

“Ya me extrañaba a mí que tuvieras agallas.”

Le enseñé el mensaje a mi compañera de trabajo.

-Te está provocando.

-¿Porqué?

-¿De verdad no sabes quién puede ser?

-No. La gente que conozco no es tan prepotente.

De pronto, el médico cruzó mi mente. Irene tuvo que notármelo porque me miró y preguntó:

-¿En quién piensas?

-En nadie. Es absurdo. No puede ser él.

-¿Él?

-El médico con el que tuve el choque.

-¿Y porque iba a ser él?

-Porque es el único prepotente que consigue con una sola frase sacarme de mis casillas, y porque fue el médico que atendió a Álvaro.

-¿Qué me dices? Omitiste esa parte cuando me contaste el otro día lo de tu hermano.

-Te conté lo de Álvaro en un e-mail porque en toda la semana no he podido despegar mi culo de la silla. Y te conté solo lo importante. Él médico no era algo esencial en la conversación.

-Qué casualidad tan bonita.

-Otra. ¿Pero qué os pasa a todas? ¿Y a que le llamáis casualidad bonita?

-Ay niña. Esto es cosa del destino. Que os encontréis en situaciones comprometidas, que hayas pensado en él cuando recibes un mensaje de un número que no conoces…

-No digas tonterías Irene. Deja de ver películas de comedia romántica que te nublan la realidad.

-¿A ti te gusta?

-No.

-¿Seguro?

-Mucho.

Me bebí el café de un trago para volver a mi mesa lo antes posible.

-Vamos a trabajar que quiero volver a casa.

-No me cambies de tema.

-No lo hago. No hay tema del que hablar. Mi hermano me ha dicho que tiene una sorpresa para mí cuando llegue a casa y quiero irme pronto.

-Está bien. Por hoy lo dejamos.

Esa última frase decía mucho de la personalidad de Irene. Era una mujer muy insistente cuando algo se le metía en la cabeza. Sabía que iba a tener tema Enzo para unos días.

Cuando terminó mi jornada recogí mis cosas y me despedí. Camino del coche, no pude contenerme y saqué mi móvil del bolso. Pulsé la tecla de responder y tecleé:

“Si tienes narices ven tu a buscar mis agallas”.

Sonriente me introduje en mi coche y me dirigí a casa sin saber que mi gran día podía volverse contra mí.

 

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